Valeria apagó la cafetera con más fuerza de la necesaria. El ruido seco retumbó en la cocina vacía. Eran las once y cuarto de la noche y Andrés seguía sin levantar la vista del maldito celular.
—Andrés.
—Dime.
—¿Me quieres?
Él soltó un bufido, sin despegar los ojos de la pantalla.
—Claro que te quiero. ¿Qué clase de pregunta es esa?
—Una pregunta fácil. ¿Me quieres?
—Te quiero. Siguiente pregunta.
Ella se quedó mirando el perfil de su marido. Trece años juntos. Dos hijos. Una hipoteca en Kendall. Y esa sensación de ser un electrodoméstico más en la casa. Confiable. Útil. Que no necesita mantenimiento.
—Entonces demuéstramelo —dijo ella.
—¿Cómo?
—No sé. Tráeme algo bonito. Un detalle. Lo que sea.
Andrés bajó el teléfono. La miró con esos ojos de ingeniero que calculaban costo-beneficio hasta en la sopa.
—¿Algo bonito? ¿Como qué?
—No sé, Andrés. Flores. Un chocolate. Algo que no se enchufe a la corriente eléctrica.
Él se encogió de hombros, se puso de pie, agarró las llaves del carro y salió.
Valeria se quedó de pie junto a la estufa, sintiéndose ridícula. Había pedido cariño como quien pide un presupuesto. Y él había ido a comprarlo como quien va a la ferretería.
Treinta y cinco minutos después, Andrés regresó con una bolsa del Publix. La dejó sobre la mesa con un gesto triunfal.
—Ahí tienes. Algo bonito.
Valeria abrió la bolsa despacio. Adentro había una batidora KitchenAid. Roja. Reluciente. De trescientos cincuenta dólares.
Se hizo un silencio tan denso que se podía cortar con el accesorio para masas.
—Es de las buenas —dijo él—. La que querías para hacer el pan de plátano.
—Te pedí un detalle romántico, Andrés.
—Eso es un detallazo. Llevas meses diciendo que la tuya ya no sirve.
—Una batidora no es un detalle romántico.
—¿Y qué querías? ¿Flores? Las flores se mueren en tres días, Valeria. Esto te dura diez años.
Ella cerró la bolsa. La empujó hacia el centro de la mesa.
—Llévatela.
—¿Cómo que me la lleve?
—Que la devuelvas. O que la uses tú. Yo quería flores.
—No entiendo a las mujeres —masculló él.
—Ya lo sé.
Esa noche durmieron dándose la espalda. El perro, un labrador viejo llamado Toto, se quedó echado en el pasillo, como si supiera que era mejor no tomar partido.
Dos días después, Andrés se fue a un proyecto en San Antonio. Dos semanas supervisando una obra. Antes de irse, paró en la puerta con la maleta en una mano y el casco de trabajo en la otra.
—Nos vemos en catorce días.
—Que te vaya bien.
—¿Sigues enojada por lo de la batidora?
—No estoy enojada. Estoy cansada.
—Es lo mismo.
—No. No es lo mismo.
Él suspiró. Se fue sin besarla.
La casa se quedó en silencio. Bueno, en el silencio que permiten un niño de diez años, una niña de siete y un perro que le ladra a las lagartijas del jardín.
El primer mensaje de WhatsApp llegó a las nueve de la noche.
Andrés: “Llegué. El hotel es un asco. Huele a cloro y a tristeza.”
Valeria: “Qué poético.”
Andrés: “Lo heredé de ti.”
Valeria: “No te hagas el gracioso.”
Andrés: “No me hago. Estoy sentado en una cama que cruje y pensando en que me equivoqué.”
Ella leyó el mensaje tres veces antes de contestar.
Valeria: “¿Con la batidora?”
Andrés: “Con todo.”
El segundo día, él mandó una foto del desayuno. Huevos revueltos aguados. Tocino quemado. Un café que parecía petróleo.
Andrés: “Esto es incomible. Tus huevos son mejores.”
Valeria: “Suelo ponerles amor en vez de aceite de motor.”
Andrés: “¿Me enseñas cuando vuelva?”
Valeria: “Te enseño. Pero presta atención.”
El tercer día, él escribió a las tres de la mañana.
Andrés: “No puedo dormir.”
Valeria: “Yo tampoco. Toto se subió a la cama y ocupa mi lado.”
Andrés: “Ese perro siempre me ha odiado.”
Valeria: “No te odia. Solo piensa que eres un inquilino temporal.”
Andrés: “¿Y tú? ¿Tú qué piensas?”
Valeria: “Que es tarde. Duérmete.”
Andrés: “No me evadas.”
Valeria: “Pienso que me haces falta. A veces. Cuando no estás comprando electrodomésticos.”
Él no contestó enseguida. Pasaron cinco minutos. Luego:
Andrés: “Estoy viendo una foto tuya. La que tienes en la sala, con el vestido amarillo. El que usaste en la boda de tu prima.”
Valeria: “Esa foto tiene como ocho años.”
Andrés: “Tú tienes la misma cara. Los mismos ojos de cuando te conocí. Yo he envejecido.”
Valeria: “Los dos hemos envejecido.”
Andrés: “Pero tú lo haces bien. Yo me estoy volviendo un viejo amargado que compra batidoras.”
Ella sonrió en la oscuridad del cuarto. Toto levantó la cabeza, la miró y volvió a echarse.
Valeria: “Andrés.”
Andrés: “Dime.”
Valeria: “¿Por qué me compraste una batidora?”
Andrés: “Porque soy un idiota.”
Valeria: “Eso ya lo sé. ¿Por qué de verdad?”
Andrés: “Porque quería que tuvieras algo que durara. Algo que no se muriera. Como las flores. Como… no sé.”
Ella apagó la pantalla. Se quedó mirando el techo. A su lado, Toto roncaba.
Al cuarto día, Valeria estaba recogiendo la mesa después de la cena cuando el teléfono vibró.
Andrés: “Hoy fuimos a inspeccionar una estructura cerca del River Walk. Y en eso, pasó una señora vendiendo rosas. Las metía en cubetas de plástico, todas apretadas. Y pensé en ti.”
Valeria: “¿Por una cubeta de plástico?”
Andrés: “Por las rosas. No me interrumpas.”
Valeria: “Perdón. Sigue.”
Andrés: “Pensé: si Valeria estuviera aquí, me haría comprarle una. Y yo se la compraría. Pero no estás, y no te la compré. Y me arrepentí.”
Valeria: “¿Te arrepentiste de no comprar una rosa de cubeta?”
Andrés: “Me arrepentí de no haberte comprado flores cuando me lo pediste.”
Valeria dejó el plato que estaba secando. Se apoyó contra la encimera.
Valeria: “¿Estás tomando?”
Andrés: “Estoy sobrio. Peligrosamente sobrio. Y solo. Y pensando.”
Valeria: “Eso es peligroso.”
Andrés: “Lo sé. Por eso nunca lo hago.”
Esa noche hablaron hasta la una de la mañana. De cosas tontas. Del trabajo de él. De que al niño le salió una muela. De que la niña aprendió a silbar. Del perro que se comió una media y hubo que llevarlo al veterinario.
Pero debajo de las cosas tontas había otra conversación. Una sin palabras. Como un río subterráneo.
El quinto día, Valeria encontró un sobre en el cajón de las ollas. Letra de Andrés. “Para Valeria”. Lo abrió. Adentro había un papel doblado con una sola frase: “Te debo doscientas rosas. Una por cada mes que no te las di.”
Ella se rio. Luego lloró un poco. Luego se rio otra vez.
Valeria: “Encontré tu nota. ¿Doscientas rosas? ¿En serio?”
Andrés: “Hice las cuentas. Trece años son 156 meses. Y añadí 44 por los que vienen.”
Valeria: “Eres contador, no poeta.”
Andrés: “Soy contador haciendo poesía. Es lo más romántico que puedo ofrecer.”
Valeria: “Es lo más ridículo que has hecho.”
Andrés: “Gracias. Me esforcé.”
El sexto día, él no escribió. Pasaron las horas. Las ocho. Las diez. La medianoche. Valeria llamó dos veces. Nada. Mandó mensajes. Nada. Empezó a imaginar accidentes, derrumbes, hospitales. Se puso el vestido amarillo sin saber por qué. Como un amuleto.
A la una de la mañana, una videollamada.
Andrés apareció en la pantalla. Despeinado. Con ojeras. Detrás de él se veía una sala de espera con sillas de plástico naranja.
—¿Qué pasó? —preguntó ella, con la voz quebrada.
—Nada grave. Me caí en la obra. Una tarima suelta. Me abrí la ceja.
—¿Te llevaron al hospital?
—Urgencias. Cinco puntos. Nada del otro mundo.
—¿Y por qué no me avisaste antes?
—Porque no quería que te preocuparas.
—¡Andrés!
Él sonrió. Una sonrisa torcida, con un ojo medio hinchado y un parche blanco en la ceja.
—¿Sabes qué fue lo primero que pensé cuando me caí?
—¿En la hipoteca?
—En ti. Pensé: si me muero aquí, Valeria nunca va a saber que le compré las flores.
Ella se tapó la boca con la mano. Las lágrimas corrían sin pedir permiso.
—No digas tonterías.
—No es tontería. Te debo doscientas flores. Y pienso pagártelas.
—Vuelve a casa. Con eso me basta.
—Mañana salgo. Llego a Miami a las cuatro. ¿Me recoges?
—Con el vestido amarillo.
—Te quiero, Valeria.
—Yo también te quiero, animal.
Llegó el día trece.
El aeropuerto de Miami olía a café y a aire acondicionado. Valeria esperaba junto a la cinta de equipajes, con el vestido amarillo, los niños pegados a las pantallas y un ramo de girasoles en la mano. Se los había comprado ella. “Por si a él se le olvida”, pensó.
Andrés apareció por la puerta corrediza con la ceja vendada, la maleta arrastrando y una caja de cartón bajo el brazo.
Se acercó. La miró de arriba abajo. Los girasoles. El vestido. Los niños que corrían a abrazarlo.
—Llegaste —dijo ella.
—Llegué.
—Traes cara de boxeador.
—Y tú traes flores.
—Por si acaso.
Él le extendió la caja de cartón.
—Ábrela.
Valeria rasgó la cinta adhesiva. Dentro había un jarrón. De vidrio soplado. Azul profundo. Con una tarjeta pequeña pegada al cuello.
“Para que pongas las flores que te debo. — A.”
—Es muy bonito —dijo ella.
—Lo compré en San Antonio. En una tienda de artesanías. La señora que lo hizo me preguntó si era para mi esposa. Dije que sí. Me preguntó cómo te llamabas. Dije Valeria. Dijo que era un nombre bonito. Le dije que tú eras más bonita todavía.
—¿Eso le dijiste?
—Y me creyó.
—Pues la engañaste.
—No. La engañé cuando compré la batidora.
Ella se rio. Se puso de puntillas y lo besó. Un beso largo, de esos que hacen que la gente en el aeropuerto voltee y sonría.
—¿Sabes qué? —dijo ella.
—¿Qué?
—Nunca devolví la batidora.
—¿La tienes?
—Está en la cocina. La usé ayer. Hice pan de plátano.
—¿Y qué tal?
—Quedó perfecto.
Andrés le pasó el brazo por los hombros y caminaron hacia la salida. Los niños iban delante, peleándose por cargar la maleta. Afuera, el sol de Miami golpeaba fuerte.
—Sigo sin entender a las mujeres —dijo Andrés.
—Lo sé.
—Pero te quiero.
—Yo también. Aunque compres batidoras.
—No vuelvo a comprar una en mi vida.
—Cómpralas. Solo ponles un moño.
Esa noche, en la cocina de la casa, el jarrón azul estaba en el centro de la mesa con un solo girasol. El que Valeria no le había dado a Andrés.
Toto dormía en el sofá. Los niños en sus cuartos. Y Andrés, con su ceja vendada y cara de cansado, miraba a su esposa como si acabara de conocerla.
—¿En qué piensas? —preguntó ella.
—En que me equivoqué.
—¿En qué?
—En lo de la batidora. En no escribirte antes. En tardarme trece años en decirte que me gusta cómo te tomas el café.
—¿Cómo me lo tomo?
—Con los ojos entrecerrados. Como si cada mañana fuera una sorpresa.
Ella sonrió. Apagó la luz de la cocina. Se quedaron en la penumbra, con el perro roncando y el zumbido lejano de la nevera.
—Buenas noches, Andrés.
—Buenas noches. Y, Valeria…
—Dime.
—Mañana compro más flores.
—Me debes doscientas.
—Lo sé. Empiezo mañana.











