El gato de Marisol y las mil doscientas millas hasta El Paso

—¡Abuela, don Refugio metió al gato en un costal y se lo llevó en la troca!

La puerta de tela metálica de la casa de don Refugio Salcido no cierra bien desde el verano pasado. El resorte se zafó cuando él la empujó con el hombro porque traía las dos manos ocupadas con cubetas de agua para las gallinas. Desde entonces la puerta cuelga chueca, y cuando sopla el viento del desierto por las noches, golpea contra el marco como si alguien tocara sin decidirse a entrar.

Don Refugio ya ni la oye. Se acostumbró a eso y a casi todo lo demás. Se acostumbró a que su esposa Chonita se le fue hace tres años, de un infarto, mientras colgaba ropa en el patio. Se acostumbró a que su hijo Beto llama los domingos desde Amarillo y la llamada no pasa de cinco minutos, casi siempre con la tele de fondo y algún niño gritando. Se acostumbró a que el jardín se le llenó de hierba porque la espalda ya no le aguanta agacharse, y contratar a alguien para que lo ayude es aceptar que ya no puede solo.

El gato llegó en septiembre. Gris, con una mancha blanca en el pecho y una oreja mordisqueada, como si hubiera perdido una pelea hace tiempo. Se sentó en el porche de bloques de cemento de don Refugio y se quedó mirando la puerta. No maulló. No se restregó contra sus piernas. Nada más se sentó, como quien llega a una cita y espera su turno.

Don Refugio salió, lo miró y le dijo:

—Ni yo tengo qué comer, pues.

El gato no se movió. Él entró, sacó del refrigerador un pedazo de filete de tilapia que le había sobrado, lo puso sobre una bolsa de Walmart abierta y lo sacó al porche. El gato se lo comió, se lamió las patas y volvió a sentarse en el mismo lugar.

—Pos siéntate ahí entonces —le dijo don Refugio.

Para octubre el gato ya vivía adentro. No porque don Refugio lo hubiera invitado, sino porque una mañana abrió la puerta de su cuarto y lo encontró dormido sobre el tapete de la entrada. Cómo se metió, no tenía ni idea: la puerta principal había quedado con seguro. Después se dio cuenta de que la ventana de la cocina, la que da al callejón, no cerraba del todo. No la mandó arreglar.

El niño Ismaelito vive dos casas más allá, sobre la misma calle sin pavimentar del lado sur de la colonia. Tiene nueve años, va en cuarto grado en la primaria bilingüe, y todas las tardes pasa frente a la casa de don Refugio de regreso de la escuela, porque cortar por ese callejón le ahorra dos cuadras. Siempre mira hacia el patio —no por curiosidad, sino porque atrás de la casa hay un mezquite viejo, y en tiempo de vainas caídas, Ismaelito las juntaba para hacerle burla a su prima, que les tenía asco. Ya no hay vainas ahora, en septiembre. Pero la costumbre de mirar se le quedó.

Ese jueves —Ismaelito lo recordaría siempre como el jueves del costal— va llegando de la escuela con la mochila de Spider-Man todavía puesta y ve a don Refugio parado junto a su troca, una Chevrolet Silverado del 98, color arena, con más óxido que pintura en las puertas. Trae un costal de lona en las manos. El costal se mueve.

Ismaelito se detiene junto a la cerca de alambre. El costal se sacude entre las manos de don Refugio, y adentro algo raspa, sordo, como uñas contra madera. Don Refugio no lo ve. Camina hacia la troca, abre la puerta trasera, mete el costal en el asiento y regresa a la casa.

Ismaelito se queda parado. El corazón le late como si hubiera corrido, aunque no se ha movido ni un paso.

Él ha visto al gato de la mancha blanca sentado en la ventana de esa casa, mirando hacia la calle. Una vez le hizo así con la mano, saludándolo, y el gato ladeó la cabeza, como si no entendiera el saludo.

Un costal. Un gato metido en un costal. Ismaelito sabe lo que eso significa. Su tío Chuy, que trabajaba en un rancho por Fabens antes de cruzarse para acá, le contó una vez que allá ahogaban a los gatitos en la acequia cuando nadie los quería. Se lo dijo tranquilo, como quien habla del clima, y esa noche Ismaelito no pudo dormir hasta pasada la medianoche, pensando en un costal hundiéndose en agua oscura.

Don Refugio sale otra vez. Ahora trae una caja de cartón. La pone en el asiento trasero, junto al costal, se sube a la troca y le da vuelta a la llave. El motor tose, escupe humo negro por el mofle, y la Silverado sale del patio por el portón abierto. Ismaelito se pega a la cerca para que no lo rocen las llantas. Don Refugio pasa a su lado sin voltear.

El niño corre a su casa.

Su mamá, Marisol, está en la cocina picando cebolla para el caldo de res. Tiene los ojos rojos, pero no de llorar, sino de la cebolla. Ismaelito entra corriendo, con los tenis todavía puestos, y suelta desde la puerta:

—¡Mamá, don Refugio metió al gato en un costal y se lo llevó en la troca!

Marisol deja el cuchillo sobre la tabla.

—¿Cuál gato?

—¡El gris, el de la mancha blanca! ¡Vivía con él! Lo metió en un costal y se lo llevó a la troca?

—Ismael, quítate los tenis. Vas a dejar todo el piso…

—¡Mamá! Se lo llevó pa' ahogarlo. O a tirarlo al desierto.

Marisol se seca las manos en el trapo de cocina y mira a su hijo. Trae la mochila colgando de un solo hombro, la chamarina abierta, y el labio de abajo le tiembla. No está llorando, pero está a nada.

—Ismael, siéntate. No sabemos a dónde se lo llevó. A lo mejor lo llevó al veterinario.

—¡Al veterinario no se lleva en costal! ¡Se lleva en jaula!

Y ahí Marisol no encuentra qué responder, porque su hijo tiene razón. Al veterinario no se lleva a nadie en un costal de lona.

—Está bien —dice ella—. Voy a hablar con don Refugio en cuanto regrese.

—¿Y si ya es tarde?

—Ismael.

—¿Y si ya es tarde, mamá?

Marisol no contesta enseguida. Se queda con el trapo en las manos, mirando por la ventana de la cocina hacia la casa de don Refugio, con la puerta de tela metálica todavía colgando chueca. Algo en el pecho le dice que su hijo tiene razón en preocuparse, aunque no quiera admitirlo frente a él.

—Vámonos —dice al fin, y cuelga el trapo del horno—. Vamos a buscarlo.

Suben a la camioneta de Marisol, una Ford Explorer del 2011 con la calcomanía de la primaria pegada en el parabrisas trasero, y salen tras la Silverado. No es difícil adivinar el rumbo: hacia el sur, por la carretera que lleva al desierto, hacia los lotes baldíos donde la gente a veces tira los animales que ya no quiere. Marisol maneja despacio por el camino de terracería, con el corazón encogido, pensando en cómo va a consolar a su hijo si llegan tarde.

La encuentran a tres millas, estacionada junto a un rancho pequeño con corrales de madera desvencijada. Don Refugio está parado junto a su troca, hablando con una mujer de unos sesenta años que Marisol no conoce. El costal ya no está en el asiento. Está abierto en el suelo, vacío, y de la caja de cartón sale un maullido chillón, distinto al del gato gris: es un maullido de cría.

Ismaelito se baja de la camioneta antes de que Marisol apague el motor y corre hacia la cerca.

—¡Está viva!

El gato de la mancha blanca está ahí, en los brazos de la mujer desconocida, ronroneando. Y en la caja, cinco gatitos recién nacidos, ciegos todavía, se apilan unos contra otros.

Don Refugio voltea, sorprendido de ver a Marisol y a su hijo parados junto a la cerca, agitados como si hubieran corrido las tres millas.

—¿Qué hacen ustedes por acá?

—Ismael lo vio meter al gato en un costal —dice Marisol, con la voz todavía entrecortada—. Pensamos que…

Don Refugio se queda callado un momento. Después suelta una risa corta, casi avergonzada, y se rasca la nuca.

—La gata parió hace tres días, debajo de mi cama. Cinco crías. Yo no sé nada de gatos recién nacidos, ni de cómo cuidarlos. Le hablé a mi comadre Beatriz, que tiene rancho aquí y sabe de estas cosas —señala a la mujer—. El costal era pa' no rasguñarme cargando a la gata, que andaba nerviosa por las crías. La caja era pa' los gatitos, forrada con una cobija.

Beatriz asiente, todavía con el gato en brazos.

—Los gatos recién nacidos hay que tenerlos calientitos las primeras semanas. Yo tengo una caja con lámpara de calor, allá en la casa. Él nomás me los trajo pa' que los ayudara a salir adelante.

Ismaelito se queda mirando la caja, mudo, con la boca entreabierta. El alivio le sube por el cuerpo tan rápido que casi se marea.

—Yo pensé que usted la iba a ahogar —dice, en voz baja, casi para sí mismo.

Don Refugio lo mira, y algo en su cara cambia. Se agacha —le cruje la rodilla— hasta quedar a la altura del niño.

—¿Por eso corriste hasta acá con tu mamá? ¿Pa' salvar al gato?

Ismaelito asiente, sin decir nada.

—Pos mira nomás —dice don Refugio, y le pone una mano en el hombro—. Nadie me había defendido así en mucho tiempo, m'ijo.

Marisol se acerca, y entre los tres arman, ahí junto a la cerca, un plan que ninguno había pensado antes de esa tarde: Beatriz se queda con la gata y las crías hasta que estén listas para el destete, dentro de ocho semanas. Después, Ismaelito se puede quedar con uno de los gatitos, si su mamá lo permite. Marisol, viendo la cara de su hijo, no tiene corazón para decir que no.

Esa noche, de regreso en su casa, don Refugio manda arreglar la ventana de la cocina y también la puerta de tela metálica: paga sesenta y cinco dólares por un resorte nuevo en la ferretería de la calle Alameda. La puerta deja de golpear con el viento.

Ocho semanas después, un sábado de noviembre, Ismaelito cruza el callejón cargando una caja de zapatos con agujeros para el aire, y adentro va un gatito gris con una manchita blanca en el pecho, idéntica a la de su madre.

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