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La iglesia de la Misión de San José, en pleno corazón de San Antonio, olía a nardos y a madera húmeda
La noche en Brickell olía a jazmín y ambición. Bajo las lámparas doradas del salón privado de un restaurante
La señora Elena Gable permanecía inmóvil en la mesa de la defensa. Con las manos temblando.
Valeria sonreía junto a Daniel, pero su mirada se escapaba una y otra vez hacia el fondo del salón.
Mariana se quedó mirando la lluvia contra el asfalto desde la ventana de la sala. Tres noches seguidas
Lucía soltó la maleta en el suelo polvoriento y se quedó quieta junto a la cerca de madera.
Lucía soltó la maleta en el suelo polvoriento y se quedó quieta junto a la cerca de madera.
Carmen dejó la bolsa del mercado en el rellano y se agachó junto a su viejo gato pelirrojo.
El Cobertizo que No se Debía Tumbar El capataz llamó a las siete de la mañana y soltó una sola palabra: perra.
El precio de la ingratitud El frío le mordía los huesos. Doña Elvira se ajustó el raído reboso sobre









