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El otoño comenzó con un pastel. Yo todavía no lo sabía, pero esa tarde, en nuestra cocina de Albuquerque
El zumbido del aire acondicionado era lo único que se oía en la joyería Torres aquella tarde de agosto.
El brindis iba por la quinta copa de champán cuando mi padre golpeó la mesa con el anillo de sello que
El sol de las tres de la tarde caía como plomo derretido sobre la autopista I-45, a la altura de Houston.
El anillo de compromiso salió volando por la ventana del juzgado y fue a rebotar contra un Cadillac estacionado
— Bájalas. Por favor, las manos debajo de la mesa. Rogelio me clavó los ojos mientras lo decía.
Andrés llegó al andén con la transportadora en una mano y un billete de autobús arrugado en la otra.
— Si pones un pie en esa casa, puedes dar por muerta a tu madre, Juan Pablo. Por muerta, ¿me oyes?
La mansión de Gustavo Alvarado brillaba como un diamante en la noche de Palm Beach. Cuatro valets estacionaban
El día que cumplí setenta y dos años me casé con Álvaro Montero, el primer hombre que me robó un beso









