El sofá viejo

El otoño comenzó con un pastel. Yo todavía no lo sabía, pero esa tarde, en nuestra cocina de Albuquerque, mi vida empezó a doblar hacia una carretera que yo no había planeado tomar. Me había pasado la mañana entera batiendo crema, preparando capas de frambuesa y rallando chocolate belga que guardaba para ocasiones especiales. Era nuestro aniversario de bodas. Diecinueve años.

Gustavo llegó del taller pasadas las siete. Manos ásperas y oscurecidas por los químicos de la tintorería que heredó de su padre. Se sentó sin decir palabra, se sirvió un plato de mole que yo había dejado en la estufa y encendió el televisor a todo volumen. Coloqué el pastel frente a él con cuidado, como si fuera una ofrenda. No saqué velas. Hacía años que había aprendido que a él esas cosas le parecían «teatro ridículo».

—Gus —murmuré cuando ya iba por su segunda rebanada, con la mirada clavada en un partido de los Lobos—. ¿Sabes qué día es hoy?

—Martes —respondió sin voltear.

—Nuestro aniversario.

Asintió despacio, masticando ruidosamente.

—Ah… pues felicidades.

Envolví el pastel en papel aluminio y crucé la calle para dárselo a la vecina, doña Carmen. Ella lo recibió con los ojos brillantes y me enseñó un collar nuevo que su esposo le había traído de Santa Fe. «Dieciocho años y cada vez me consiente más», dijo. Yo le sonreí y comenté algo sobre tradiciones familiares. De regreso a casa, me quedé parada en la entrada, viéndolo dormir con la boca entreabierta y el control remoto sobre el pecho. No me dolía. Era peor que eso. No sentía nada.

Esa noche, antes de apagar la luz, susurré en la oscuridad: «Ya no voy a recordarte nada, Gustavo. Ni fechas. Ni sentimientos». No hubo respuesta. Tal vez ya dormía. Tal vez le importaba un carajo. Daba igual.

El fin de semana siguiente vino de visita nuestro hijo Santiago con su novia, Valentina. Vivían en Las Cruces y apenas se estaban instalando. Preparé enchiladas, arroz y un pay de nuez que siempre le había gustado a Santi desde niño. Gustavo, como siempre que teníamos público, se instaló en la cabecera de la mesa con ese aire de patriarca benevolente que se ponía cuando había testigos. Hablamos de los nuevos proyectos de Santi, de lo caro que estaba todo, de política local. Valentina casi no abrió la boca.

Todo marchaba en esa superficie plana que tanto trabajo me costaba mantener, hasta que Gustavo se recargó en la silla, se limpió la boca con la servilleta y lanzó una sonrisa de lado.

—Lo único que sabe hacer bien mi mujer es la cocina. No da para más. Como las viejitas del pueblo, que nomás a la cocina.

Santiago soltó una risita. Reflejo inmediato. Le salió sin pensar, como quien responde a un chiste que ha escuchado mil veces. Valentina endureció los hombros.

Sentí un golpe seco en el esternón. Pero en lugar de quedarme callada, dejé el tenedor sobre el plato con un golpecito metálico que detuvo todo.

—Con lo que gana esta viejita del pueblo, Santi, pagamos tres años de tu universidad y las mensualidades del Toyota.

Gustavo bufó.

—Ay, mujer, era una broma. No te pongas intensa.

—No es broma. Es nuestra realidad. Yo pago las cuentas.

Mi marido desvió la mirada hacia el televisor, que seguía encendido sin volumen, y murmuró algo sobre «lo sensibles que se ponen algunas». El tema se murió ahí. Pero no la incomodidad. Al lavar los platos, Valentina se quedó a mi lado y, sin mirarme, dijo con una voz muy bajita:

—Santiago también hablaba así cuando empezamos. Tuve que marcarle la línea muy clarito, doña Sofía.

—¿Y funcionó?

—Lo pensó un mes. Luego pidió disculpas. Pero la línea sigue ahí.

Esa noche tampoco dormí. Algo había hecho clic, como cuando por fin se alinea la combinación de una maleta vieja. La pregunta no era si me quería, sino cuándo había sido la última vez que él sintió algo genuino por mí que no fuera inercia.

La cena de Nochevieja la organizamos en nuestra casa. Vinieron Santiago y Valentina, doña Carmen y su esposo. Preparé lomo, tamales, una sopa de mariscos que me enseñó mi abuela en Veracruz y un pastel de tres leches que me tomó dos días. La mesa parecía de revista.

Gustavo sirvió tequila, contó anécdotas de su juventud y se comportó como el anfitrión perfecto. Hasta me tomó la mano un momento. Por un segundo me permití pensar que quizá las cosas estaban cambiando, que uno no bota diecinueve años así como así, que tal vez todas las familias tienen grietas.

Y entonces, con el cuarto caballito de tequila en la mano y los ojos ya un poco aguados, se recargó en la mesa, le dio un codazo a Santiago y soltó:

—¿Saben qué, muchachos? Yo a Sofía ya la quiero pura costumbre. Es como el sillón viejo ese que tienes en la sala. Ya todo vencido, pero te da flojera sacarlo a la calle.

Risa. Santiago también se rio. Valentina lo fulminó con la mirada. Carmen se quedó con la copa a medio camino. Su esposo se dedicó a examinar las servilletas como si estuvieran tejidas con hilo de oro.

Pero yo no me moví. Sentí una claridad fría y limpia que me recorrió la columna. Como si llevara años esperando este momento.

—Gracias, Gustavo.

Él parpadeó.

—¿Gracias de qué?

—Por ser sincero delante de todos. Así nadie puede decir que estoy exagerando.

El silencio en la mesa fue absoluto. Hasta el hielo en las copas dejó de tintinear.

—Mañana mismo voy al juzgado. Pido el divorcio y la división de bienes. La casa, el terreno de Taos, los ahorros del banco. Todo a la mitad, como manda la ley.

—Pero ¿qué dices, Sofía? ¡Era un chiste, por Dios!

—Diecinueve años de chistes, Gustavo. Ya me cansé de ser el sillón viejo de esta familia.

Me levanté despacio. Tomé mi copa, subí a nuestra habitación y cerré la puerta con llave. Abajo se oían murmullos y la voz alterada de Gustavo, que oscilaba entre la indignación y el desconcierto. Me miré en el espejo del tocador y por primera vez en mucho tiempo, la mujer que me devolvió la mirada no parecía cansada.

No me tembló el pulso cuando firmé los papeles en enero. Fui yo quien los llevó al juzgado del condado de Bernalillo. Nos repartimos las cuentas, vendimos la casa y cada quien se fue por su lado. Alquilé un departamento pequeño en el noreste de la ciudad, cerca del hospital donde empecé a trabajar en administración. Por las mañanas, antes de salir, me preparo café en una taza nueva que compré en Target y me siento junto a la ventana a ver los Sandías. Hay silencio. Un silencio limpio, sin rencor acumulado debajo de los muebles.

Gustavo llamó por semanas. A mí, a Santiago, a doña Carmen. Que era un malentendido. Que no era lo que quiso decir. Que le diera otra oportunidad. Santiago también me presionó: «No puedes tirar veinte años por una frase, mamá». No discutí. Quien quiere entender, entiende sin necesidad de PowerPoint.

En mayo, Valentina dejó a mi hijo y se fue a vivir con su mamá. Me escribió un mensaje breve: «No quiero terminar como usted, doña Sofía. Perdón, pero me quiero más». Le contesté que entendía, que la quería y que me avisara si necesitaba algo.

De vez en cuando nos juntamos a tomar café en el centro. No hablamos de los hombres que nos fallaron. Hablamos de lo que queremos construir ahora que el sillón viejo está en la calle y nadie va a recogerlo.

Rate article
El sofá viejo