La noche estaba fría como el cemento bajo los pies. Una neblina subía desde el canal, y en el estacionamiento del centro comunitario de Pilsen, en Chicago, dos postes de luz se balanceaban con el viento. Julia Domínguez tenía once años, la ropa cubierta de lodo negro y ni una gota de energía. Cuando cruzó el último letrero que decía "META", el reloj de la puerta marcaba las 11:47 de la noche. Se convirtió en la persona más joven en completar el Comando 24, la carrera de obstáculos de veinticuatro horas.
Seis meses antes, en el vestidor de la escuela, el maestro de educación física, el señor Ramírez, le había soltado en la cara:
—Tú no naciste para el deporte. Métete al club de ajedrez, ahí no hace falta fuerza.
Julia no lloró. Se quedó parada, viendo cómo el señor Ramírez cerraba su casillero. En ese entonces medía cuatro pies con dos pulgadas y pesaba cincuenta y nueve libras. Los niños del salón le decían "Palillo". Se reían cuando no podía hacer ni una dominada en la barra. Pero ahí, en ese vestidor, algo se le encendió por dentro.
Una semana después, en la laptop de la sala, encontró un video. Comando 24: una competencia inspirada en el entrenamiento de las fuerzas especiales. Arrastrarse bajo alambre de púas, escalar cuerdas, meterse a un estanque de agua helada, cruzar pantanos, superar muros tres veces más altos que ella. Muchos adultos musculosos se rendían a la mitad. Lo vio tres veces seguidas y le dijo a su papá:
—Papi, yo voy a hacer eso.
Su papá, que manejaba el autobús de la ruta 21 de la CTA, la miró como si estuviera loca. Su mamá, que trabajaba en la caja de una tiendita de abarrotes sobre la 18, se sirvió más café y suspiró:
—Julia, eso no es un juego.
Nadie le prometió que sería fácil. Pero Julia ya se había levantado de la mesa y andaba buscando sus tenis viejos en el clóset de la entrada.
Empezó a entrenar al día siguiente, a las cinco de la mañana, antes de que la ciudad despertara. Corría por el paseo del río, cerca de la fuente, pasando la panadería de pan dulce, hasta el puente viejo del ferrocarril. Después hacía lagartijas en la parada del camión, porque ahí había un pedazo de banqueta seca. Por las tardes, después de clases, iba a la alberca del centro recreativo y nadaba de pared a pared hasta que las manos se le arrugaban como pasas. Seis días a la semana, tres horas diarias. El vecino de abajo, don Chelo, quería quejarse con el administrador del edificio porque el techo le temblaba cada vez que Julia brincaba la cuerda. El perrito del apartamento de al lado, un chihuahua llamado Bombón, aullaba cada vez que la niña bajaba corriendo las escaleras en pants.
En noviembre llegó el camión de los organizadores. La ruta cruzaba bosques, campos de maíz y un antiguo terreno militar cerca de Joliet. En la junta informativa dijeron que el límite era de veinticuatro horas, y quien no terminara regresaba a casa con un brazalete que decía DNF. A Julia le tocó el número 84.
Su mamá se quedó en la línea de salida con un vaso de café desechable, temblando de frío.
—Regresa si de verdad se pone feo —le dijo.
Julia se ajustó los guantes.
—Voy a regresar, pero con la medalla.
Arrancaron a las diez de la mañana. Las primeras horas fueron casi un chiste. Se corre por un camino de terracería, con una mochila de agua a la espalda. Después empieza a llover, y pasando el kilómetro veinte ya no hay sendero, solo barro y raíces. Julia se hunde hasta la cintura en un charco, y el agua sabe a lodo. Escupe y sigue caminando.
Cerca de las diez de la noche, después de doce horas, pierde el ritmo. Las piernas le duelen, algo le chapotea dentro del zapato. Se sienta en un tronco y se quita el calcetín. Sangre, ampollas, arena. A lo lejos se oyen gritos de adultos que se rinden en el puesto de hidratación. Se levanta y sigue hacia la oscuridad.
El peor momento llega a las tres de la madrugada, en la hora diecisiete. Frente a ella hay un muro de cuerdas, mojado y resbaloso. Un intento, dos, tres. Los dedos se le hinchan, no agarran bien. Alguien a su lado maldice. A Julia se le corta el aire. Tiene ganas de sentarse en el lodo y ya no levantarse. En ese momento se detiene junto a ella un hombre flaco con una lámpara de cabeza roja, Ricardo, de San Antonio. Le extiende la mano y dice:
—No veas todo el muro. Agarra una sola cuerda y cuélgate de ella. Lo demás va a fluir solo.
Se cuelga. Encuentra apoyo. Trepa. Arriba se voltea a mirar hacia abajo, pero Ricardo ya desapareció entre los árboles.
Los últimos kilómetros pasan por zanjas de concreto, tubos y lodo con agua helada. A las 11:44 de la noche Julia entra corriendo al estacionamiento frente a la meta. Ve a su mamá, a su papá y al señor Ramírez con una flor en la mano. El maestro había ido porque no podía creer que una niña de su clase hubiera llegado tan lejos. Julia pasa junto a ellos sin decir nada. Todavía queda una zanja más, una tabla, un salto, arrastrarse. Se levanta y con el último impulso cruza la meta.
Silencio, y luego un grito. Su mamá llora, su papá le toma una foto, y el señor Ramírez parece querer que se lo trague la tierra.
Al día siguiente, en la escuela, en el primer receso, Julia toma una pluma y una hoja de cuaderno. Escribe una carta para la directora: "Solicito permiso para dar entrenamientos gratuitos de acondicionamiento físico para los grados 1 a 3, los jueves a las 3:30 de la tarde, en el gimnasio chico. Sé cómo animar a los niños a moverse. Julia Domínguez, quinto grado, salón C." La directora la lee, levanta una ceja y firma.
El primer jueves llegan siete niños. El segundo, catorce. En la tercera semana, en el pasillo, el señor Ramírez le hace una seña con la cabeza y le dice:
—Señorita Domínguez, ¿usted cree que yo también podría venir?
Julia le pasa una cuerda de saltar.
—Entrene, a ver de qué es capaz.
Bombón se sienta junto a la puerta del gimnasio y mueve la cola. El poste de luz de la calle 18 por fin quedó arreglado. Y en el escritorio de su papá hay un portarretrato con la foto de la meta. Al reverso, con pluma azul, está escrito: "36 millas, 4 millas nadando, 26 obstáculos, 23 horas 47 minutos. Edad: 11 años. Sí se puede."












