Los Seis Gatos de Marcela

El verano ya había terminado, pero en el grupo de WhatsApp del edificio seguía la guerra. La gente mandaba fotos de sus jardines, de sus viajes a Orlando, de sus cenas en South Beach. Y yo todo el tiempo pensando en Marcela, la vecina del 3B, que llevaba tres años sin publicar nada. Ni un "feliz cumpleaños" a nadie.

Una noche bajé a buscar la correspondencia y me encontré el pasillo del tercer piso con olor a lejía y a gato. No a un gato. A gatos. Marcela estaba sacando una bolsa de basura, pero en el marco de la puerta había dos pares de ojos brillando. Uno naranja, otro gris. Y detrás, en la penumbra del apartamento, se veía la punta de una cola negra sobre el sofá.

—Buenas noches, ¿todo bien? —le pregunté, porque la bolsa era grande y ella venía arrastrándola como si pesara cuarenta libras.

—Bien, bien —me dijo, y la voz le salió finita, como si la tuviera guardada debajo de la lengua—. Nada más estoy limpiando.

No era asunto mío. Cada quien con su vida. Pero el basurero estuvo lleno a la mañana siguiente, y a la otra mañana también. Y al tercer día, cuando el camión de la basura se fue, vi a Marcela por la ventana de la lavandería. Llevaba tres bolsas al contenedor y regresaba mirando para atrás, como si alguien la fuera a detener en el estacionamiento.

Yo no quería meterme. De verdad que no. Pero en este país la gente no se habla, y de pronto una mujer sola con seis gatos y una bolsa de basura a medianoche te despierta algo. Le toqué a la puerta un viernes con una excusa tonta: que si no me prestaba una extensión eléctrica.

Me abrió a media ranura, con el celular en la mano. Al fondo se oía la televisión —el noticiero de Univision— y un plato con comida de gato en el suelo. Marcela me miró como si yo fuera el dueño de la extensión y me la tuviera que arrebatar.

—No tengo —dijo, sin preguntar para qué la quería—. Lo siento, de verdad.

—No importa, no te preocupes.

En eso se oyó un trueno. No, era un portazo de un apartamento de arriba. Y Marcela cerró la puerta. Nunca le vi la cara completa ese día. Solo la cadena de seguridad moviéndose contra la madera.

La semana siguiente todo se descompuso. La administradora del edificio mandó un comunicado: las cuotas de mantenimiento iban a subir veintidós dólares al mes. Junta extraordinaria el miércoles a las siete. Asistencia obligatoria.

Yo llegué tarde, como siempre, y me quedé parado junto a la máquina de café. El salón estaba lleno. Y ahí estaba Marcela, sentada al fondo, con un suéter gris y una carpeta morada sobre las piernas. La administradora —la señora Ivette, dominicana, con unas uñas larguísimas— empezó a leer los gastos del trimestre.

—Y además tenemos una denuncia presentada por el apartamento 3A —dijo Ivette, y se acomodó los lentes—. Según la denuncia, en el 3B se están alojando animales en exceso. Hay olores. Y ruidos.

Nadie volteó a ver a Marcela. Eso fue lo peor. Todo el mundo se quedó mirando el papelito de la administradora como si ahí estuviera escrito el nombre del culpable.

Marcela no alzó la voz. Se paró, puso la carpeta sobre la silla y dijo:

—Cuatro años. Cuatro años pagando la cuota completa. Y ahora me salen con esto.

—Señora Marcela, entiendo su molestia —dijo Ivette, con la calma de quien ha leído el mismo libreto en cinco edificios—, pero la denuncia existe. Y el reglamento es claro: máximo dos mascotas por unidad. Firma, no pelear.

—Yo no tengo dos.

—Ah, pues entonces no hay problema. ¿Cuántos tiene?

Marcela se tocó el anillo que ya no usaba en la mano izquierda, en ese gesto de quien se quita un seguro invisible.

—Cinco.

En el salón se oyó una risita suelta. Un muchachito de la junta se tapó la boca, pero la risa ya se le había escapado. Marcela lo miró de frente y el muchachito se puso rojo y se metió en el celular.

—Pues va a tener que reubicar a tres de ellos —dijo Ivette, como si estuviera hablando del pago del agua—. Y desinfectar la unidad. La inspección llega el viernes.

Marcela agarró la carpeta, se la puso bajo el brazo y salió. Caminó despacio, sin tropezar, sin nada. Pero en la puerta se le cayeron las llaves. Las recogió sin agacharse del todo, como si le doliera la espalda. Eso me quedó grabado.

A la mañana siguiente, sábado, me la encontré en el estacionamiento. Estaba metiendo una jaula vacía en la cajuela de su Honda Civic del 2011. La jaula era de las que se usan para gatos. Adentro tenía una toalla celeste y un platito de plástico.

—¿Y eso? —le pregunté, porque uno tiene la maldita costumbre de hablar de más.

—Voy a llevarlos a la casa de mi hermana en Austin —dijo ella, sin voltear—. Dice que tres no le quedan bien, que mejor cuatro.

—¿Y tú aquí sola?

—Necesito tiempo. Para organizar el apartamento.

Eso fue un martes. El viernes, el día de la inspección, yo estaba en el estacionamiento lavando el carro y vi llegar a Ivette con el inspector. Un tipo de camisa blanca y una tablet. Subieron. Yo me quedé abajo, pasándole una esponja al capó sin necesidad, nada más para no entrar al edificio.

Nunca pensé que una inspección durara diecisiete minutos. Los conté en el reloj del carro. Diecisiete minutos y el tipo salió solo, con la tablet bajo el brazo. Ivette se quedó en la puerta del edificio, con los brazos cruzados. El inspector movió la cabeza y se fue.

Yo subí por las escaleras, por no esperar el elevador. El pasillo del tres olía a limpiador de pisos y a gato, como siempre. La puerta del 3B estaba entreabierta. No me asomé. Me quedé en el rellano, haciéndome tonto con el celular. Y ahí oí la voz de Marcela.

—Mira, Arturo. Entiende. —Estaba hablando en voz baja, pero el pasillo era un condenado túnel de eco—. No te estoy pidiendo permiso. Te estoy avisando que la casa de la abuela se rentó. El primer piso estaba vacío, y el de arriba ya tiene inquilinos. El neto será para tu hija, como debe ser. Pero con lo que salga de la renta, yo ya no toco nada.

Un silencio. Y luego, más bajo:

—Tú te quedaste con el negocio. Yo me quedé con los gatos. Ahora la casa responde por mí.

No entendí bien hasta que la vi salir con el teléfono en una mano y en la otra una llave con un llavero rosado. No era la llave del apartamento. La casa de la abuela, la renta, Arturo… Eso era dinero que alguien creía suyo.

Marcela se asomó al pasillo y me vio. No le dije nada. No había nada que decir. Ella se pasó la mano por el cabello, no para arreglarse, sino para quitarse el sudor de la nuca. Luego sonrió. Una sonrisa chiquita, como de quien acaba de soltar una bolsa que llevaba cargando años.

—¿Sabes qué le dije al inspector? —me preguntó.

—No.

—Le mostré los papeles de la casa. Le dije: "Usted quiera o no, a mis gatos y a mí nos va a costar mucho trabajo caber en una caja de zapatos." Y le enseñé la jaula vacía. La que tengo en la cajuela.

El inspector, eso me enteré después, le dio un plazo de dos semanas, pero no por los gatos. Por una fuga en el fregadero. Una fuga que Marcela arregló al día siguiente con un plomero cubano que cobra barato y con un gato naranja mirando todo desde la encimera.

La denuncia del 3A se cayó. El 3A era un apartamento de Airbnb, de los que cambian de gente cada fin de semana. La queja había llegado en un correo electrónico, sin nombre, sin firma, desde un huésped al que le molestó el olor a lejía. Ivette lo supo después, y no volvió a hablar del tema en junta.

A Marcela la vi un domingo por la mañana, sentada en la parada del autobús con una mochila de lona vieja. Iba con una pila de papeles y un termo de café. Me quedé viéndola subir al 37, y por un momento pensé que iba a Austin, a dejar a los gatos. Pero no. A la hora, la vi bajar en la misma esquina. De la mochila sacó un recibo y lo revisó contra el sol, como si el peso del papel le confirmara algo.

No supe si la casa de la abuela se vendió, si Arturo la llamó de vuelta, si la hija recibió el neto. Solo sé que un viernes por la noche, antes de que prendieran las luces de Navidad en los balcones, escuché maullidos en el tercer piso. Seis maullidos distintos, contados a través de la puerta del 3B. Y después, la voz de Marcela, cantando un bolero viejísimo, de los que ponen en la estación de AM a la medianoche.

Bajé a la calle por la escalera de emergencia, por no toparme con ella. En la puerta del estacionamiento había una caja de cartón desarmada, de las que se usan para los envíos de Chewy, y junto a ella, una hoja de papel escrita a mano: "Se buscan adoptantes para cinco amores de gato. Solo hogares donde no cobren cuota de mantenimiento."

La levanté. Pesaba poco, pero me pesó. La puse en el tablón de anuncios del pasillo, junto al comunicado de la administradora. Y subí a mi apartamento, cerré la puerta y me senté en el sillón a oír el bolero de abajo, sin atreverme a subirle al volumen.

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