Llevo veintitrés años como asistente de gerencia en la misma distribuidora de repuestos en Passaic, Nueva Jersey, y créanme que uno cree que ya lo ha visto todo hasta que le toca ver algo así, de cerca, dos escritorios más allá del mío.
La chica se llamaba Yolanda. Tenía veintiséis años, recién salida de Kean University con su título de contabilidad, y llegó a la oficina un lunes de septiembre con esa energía de quien todavía cree que el trabajo va a ser exactamente lo que dice el anuncio. Yo llevaba el café de la mañana —siempre lo mismo, un café con leche de la bodega de la esquina, porque la máquina de la oficina sabe a cartón— y fui quien la recibió el primer día, quien le mostró dónde estaba el baño y le explicó que el aire acondicionado del tercer piso nunca funciona bien en agosto.
El gerente regional se llamaba Ramón Aguilar. Cuarenta y cuatro años, casado con Deborah desde hacía diecinueve, dos hijos —un varón que jugaba fútbol americano en la secundaria y una niña que todavía andaba en bicicleta con rueditas de entrenamiento, según la foto que él tenía pegada con cinta adhesiva al monitor. Yo conocía esa foto de memoria porque llevaba tres años entregándole los reportes de ventas ahí mismo, junto a ese monitor.
Al principio no noté nada raro. Yolanda trabajaba en cuentas por cobrar y Ramón supervisaba toda la oficina, así que se cruzaban todo el tiempo, como se cruzan todos con todos en un espacio de ese tamaño. Pero después de un tiempo —no sabría decir exactamente cuándo, quizás noviembre, quizás diciembre— empecé a notar los silencios. Ella se quedaba parada frente a la fotocopiadora más tiempo del necesario cuando él pasaba por el pasillo. Él, que normalmente hablaba con todo el mundo en la sala de descanso mientras se servía su Coca-Cola de la máquina, de pronto se ponía serio cuando ella entraba, casi formal, como quien se cuida de algo.
Yo salía a fumar mi único cigarrillo del día en el estacionamiento de atrás, junto al contenedor de basura, y desde ahí se veía perfectamente la ventana de la sala de juntas del segundo piso. Los asignaron juntos a un proyecto grande —la migración del sistema de inventario a una plataforma nueva— y empezaron a quedarse hasta tarde. Yo los vi, más de una noche, con la luz del monitor como única iluminación en esa oficina, los dos inclinados sobre la misma pantalla, hablando bajito. Nunca vi nada impropio, entiéndame. Nunca los vi tocarse ni nada por el estilo. Pero hay una forma de estar cerca de alguien que uno reconoce aunque no quiera reconocerla, sobre todo después de veintitrés años observando gente en un mismo edificio.
Una noche de febrero, un jueves, yo me había quedado tarde terminando la nómina porque al día siguiente era día de pago y el sistema se había trabado dos veces. Salí a buscar mi abrigo al perchero que está cerca de la sala de juntas y los escuché. No estaba espiando, para que quede claro: la puerta estaba entreabierta y las voces se colaban por el pasillo vacío.
—No digas eso —oí decir a Yolanda, con una voz que yo nunca le había escuchado, como quebrada.
Y él respondió, bajito pero claro:
—Me gustas. Demasiado. Y eso está mal.
Me quedé congelada ahí, con el abrigo a medio poner, sin saber si entrar o desaparecer. Opté por lo segundo. Bajé las escaleras en lugar de esperar el ascensor, que hace un ruido metálico horrible, y me fui manejando a casa con la radio apagada, pensando en mis propios asuntos, la verdad, porque a esa hora yo lo único que quería era llegar y quitarme los zapatos.
Las semanas siguientes, la oficina se puso rara. Fría. Yolanda, que antes se quedaba charlando conmigo en la cocineta sobre su hermana que vivía en Union City o sobre la nueva pizzería que habían abierto en la Main Avenue, empezó a comer sola en su escritorio, con los audífonos puestos. Ramón se metía en su oficina y cerraba la puerta, cosa que antes casi nunca hacía.
Un mediodía de marzo la vi salir de la sala de descanso con los ojos rojos. Le pregunté si estaba bien —porque uno pregunta, aunque sepa que la respuesta va a ser "sí, estoy bien"— y ella me dijo que sí, que solo era alergia, que el polen ya andaba fuerte esa temporada. Yo no insistí. No era mi lugar.
A finales de marzo llegó el sobre a Recursos Humanos: su carta de renuncia. Se corrió la voz por toda la oficina en cuestión de una hora, como se corre siempre. Yo estaba llenando el dispensador de agua cuando vi a Ramón caminar directo hacia el escritorio de Yolanda, algo que casi nunca hacía —normalmente la llamaba a su oficina. Se paró ahí, y aunque yo estaba a diez pies de distancia fingiendo revisar el filtro del dispensador, escuché lo suficiente.
—¿Por qué te vas? —le preguntó él.
—Razones personales —contestó ella, cortante.
—¿Es por mí?
Ella no dijo nada. El silencio duró tanto que hasta el zumbido del refrigerador de la cocineta se hizo notorio.
—No te vayas —insistió él—. Trabajas bien aquí. Este es un buen empleo.
—No puedo quedarme —dijo ella al fin, con la voz apretada—. No puedo verte todos los días sabiendo que…
No terminó la frase. Él se quedó parado un momento, se pasó la mano por el pelo, y entonces —esto lo vi con mis propios ojos, porque para ese momento ya ni fingía estar ocupada— se sentó en la silla vacía del escritorio de al lado, la de un vendedor que estaba de vacaciones.
—A mí también me cuesta —le dijo, más bajo—. Pero yo elegí a mi familia hace mucho tiempo. No la voy a romper por un sentimiento que… a lo mejor se me pasa.
—¿A lo mejor? —repitió ella, con algo entre rabia y tristeza.
—No estoy seguro de nada. Pero sé que tengo dos hijos, una esposa, una casa que construimos entre los dos durante años. Y eso no lo voy a abandonar.
Yolanda se quedó quieta un momento, las manos apoyadas sobre el teclado sin tocar ninguna tecla.
—Perdóname —le dijo ella entonces—. No fue mi intención. Simplemente pasó.
—Yo también lo siento —contestó Ramón—. Debí mantener la distancia desde el principio.
Dos semanas después, Yolanda ya no estaba. Le hicieron una despedida con un pastel de la panadería dominicana de la Avenida Broadway y una tarjeta que todos firmamos, y ella se fue con una caja de cartón donde llevaba su planta, su taza con el logo de Kean University y un marco vacío que nunca supe qué foto tuvo adentro.
Con el tiempo dejé de pensar tanto en el asunto. La oficina volvió a su ritmo normal, Ramón siguió siendo el mismo de siempre —puntual, correcto, con su foto familiar pegada al monitor— y yo seguí sirviendo café y llenando reportes.
El verano pasado, casi año y medio después, me tocó ir al Costco de Wayne un sábado por la tarde, cosa que hago cada dos semanas para el abastecimiento del mes. Ahí, entre los pasillos de productos congelados, me la encontré. Yolanda empujaba un carrito junto a un hombre alto que le llevaba las bolsas, riéndose de algo que él le había dicho. Se veía distinta: más suelta, con el pelo más corto, sin esa tensión que le conocí en sus últimos meses en la oficina.
Me reconoció y se acercó a saludarme con un abrazo de verdad, de esos que duran un segundo más de lo normal. Me contó que trabajaba en una firma de contadores en Clifton, que le iba bien, que el hombre del carrito se llamaba Brandon y llevaban ocho meses saliendo.
—Es distinto —me dijo, sin que yo le preguntara nada—. Sin secretos. Sin estar escondiéndome de nada.
Le pregunté, casi sin querer, si había vuelto a ver a Ramón alguna vez. Me contó que sí, una sola vez, meses atrás, caminando por la Main Avenue: él con Deborah y los dos niños, comiendo helado de la heladería de la esquina, riéndose los cuatro de algo. Él la vio, la saludó con la cabeza. Ella le devolvió el saludo y siguió caminando.
—No me dolió —me dijo, mientras metía una bolsa de vegetales congelados al carrito.
Yo no supe qué contestarle más que "me alegro por ti, mija", y ella se despidió con otro abrazo antes de perderse entre los pasillos, con Brandon un paso detrás cargando las dos bolsas más pesadas. Yo terminé mis compras, pagué en la caja de siempre, y manejé de regreso a Passaic por la Route 46 con el tráfico del sábado, las bolsas de Costco deslizándose un poco en el asiento de atrás cada vez que frenaba, y la radio puesta en la estación de siempre, bajita, casi de fondo.












