# El baile de graduación

Un par de personas se rieron. Después se hizo un silencio disparejo, peor que la risa, porque en ese silencio se notaba quién callaba por vergüenza y quién por estar de acuerdo.

Brandon no soltó la silla. Se dio la vuelta hacia la voz — era Kevin, de la otra sección de último año, el mismo que se pasó todo el año tomando fotos para el anuario y poniéndoles chistes de mal gusto. Brandon no alzó la voz.

—Ya elegí —dijo—. Estoy bailando con la mejor bailarina de este salón. ¿Tú quieres pasar a la fila?

Kevin no contestó. Alguien le dio un codazo para que se sentara.

Pero Melissa no esperó a que Brandon terminara de hablar por ella. Agarró los aros de las ruedas, giró la silla un cuarto de vuelta, hasta quedar de frente al salón, a Kevin, a todos los que seguían mirando.

—¿Quieres ver cómo bailo? —dijo, y su voz no se quebró, aunque yo veía temblarle la mano sobre el aro—. Pues mira. Porque yo estoy aquí, y en un año tú ni te vas a acordar de mí.

Nadie se rió. Alguien desde el fondo empezó a aplaudir, despacio, como probando si estaba permitido, y después el aplauso corrió por todo el salón como una ola. El DJ, que sintió el momento, cambió a una canción más movida. Brandon le sonrió a Melissa, agarró el respaldo de la silla y la hizo girar tan rápido que el tul de su vestido se enredaba en las ruedas. Las chicas que antes se hacían a un lado en el baño ahora se acercaron, una de ellas, la del fleco, estiró la mano y le pidió a Melissa el siguiente baile, cuando Brandon parara a descansar.

Yo estaba parada junto a la pared con el teléfono en la mano, porque faltaban menos de dos horas para la medianoche y todavía no había hecho la transferencia. Tenía las manos frías por estar en ese pasillo, buscando señal, porque adentro del salón no entraba nada. Marqué el número de cuenta de la compañía de sonido por tercera vez, me equivoqué por segunda, y al final sostuve el teléfono con las dos manos como algo que se me podía caer. La confirmación llegó a las once y cincuenta y cuatro de la noche. Seis minutos antes de la medianoche. Leí el monto en la pantalla —cinco mil ochocientos dólares, el saldo de la cuenta del comité de padres quedó en cero— y solo entonces me permití sentarme en el borde de la ventana del pasillo, porque las piernas me temblaban más que durante toda la llamada con el banco.

Cuando volví al salón, Melissa ya estaba bailando con la chica del fleco, las dos se reían, y la tiara de tul que su madrina le había cosido a último momento se le había resbalado hacia un lado de la cabeza. Nadie se la acomodó. Nadie tuvo que hacerlo.

Me senté en la mesa donde estaba la bolsa con la cobija y el concentrador de oxígeno —la lucecita seguía en verde, todavía quedaban tres horas de batería. Melissa se acercó a mí justo antes de la una, sudada, con el delineador corrido en el párpado, exactamente como habíamos practicado en octubre.

—Mami, ¿viste? —preguntó.

—Vi todo —le dije, y era verdad: vi los seis minutos antes de la medianoche, vi a Kevin salir a fumar y no volver al salón, vi a Brandon traerle a Melissa un vaso de agua antes de que ella se lo pidiera.

Don Ramiro nos esperó afuera de la escuela hasta la una y media, con el motor del carro prendido en neutro para que estuviera calientito adentro cuando subiéramos. Mientras yo la ayudaba a meter la silla en la cajuela, Melissa dijo una sola frase que voy a recordar más que toda esa noche:

—Ahora sí sé lo que se siente que te inviten a bailar.

No supe qué contestar. Le abroché el cinturón, revisé que la lucecita del concentrador siguiera en verde, y manejamos por las calles vacías de San Antonio de vuelta a casa.

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