Trabajo en un refugio de animales en San Antonio, Texas. Llevo siete años allí, desde que llegué de Brownsville con una maleta rota y una deuda de dos mil trescientos dólares con la clínica dental. No soy veterinaria. Me encargo de la recepción, de calmar a la gente que viene a dejar un perro llorando, de revisar que los papeles estén en orden, de anotar qué animal come y cuál lleva dos días sin probar bocado. He visto de todo en ese mostrador. Pero hay una visita que no se me olvida.
La mujer llegó un martes a las tres y cuarto de la tarde. Yo estaba tomando un café frío que había comprado en el H-E-B de la Culebra, ese que está antes del puente. Afuera hacía un calor de esos que doblan el asfalto, y el ventilador del techo sonaba como un motor descompuesto al que nadie quiere arreglar. Ella entró sin prisa, con una bolsa de tela negra colgada al hombro y una carpeta beige apretada contra el pecho. Tendría unos cuarenta y tantos. El cabello recogido con una liga morada, las uñas mordidas, un anillo de matrimonio que le bailaba en el dedo. Se sentó en la silla de plástico que está junto a la puerta y se quedó mirando el piso un rato largo.
—¿En qué le puedo ayudar? —le pregunté.
Tardó en responder. Sacó un teléfono de la bolsa, miró la pantalla, lo guardó otra vez. Luego se inclinó hacia el mostrador y dijo lo que muchas dicen, pero con una voz que no les había escuchado antes.
—Mi esposo dice que es asqueroso dejar que el perro duerma en la cama.
Lo dijo así. Sin presentarse, sin rodeos. Como si esa frase le hubiera estado dando vueltas en la boca desde la mañana y no pudiera guardársela ni un minuto más.
—Es un labrador viejo —siguió—. Se llama Max. Mi suegra lo trajo a la casa hace once años, cuando todavía vivía con nosotros. Se murió en 2019. El perro se quedó. Usted sabe cómo es eso.
Yo sabía. En el refugio, detrás del mostrador, hay un pizarrón blanco donde anotamos los nombres de los animales que llegan. La dueña del refugio, la señora Castillo, dice que nunca hay que borrar un nombre sin decirlo en voz alta. Dice que los animales se van, pero no se olvidan. Algo así.
—Anoche —continuó la mujer—, mi esposo me dijo que si no sacaba al perro del cuarto, se iba a dormir al sofá. Le dije que el sofá era suyo, que nadie se lo estaba quitando. Pero no era eso. Me dijo que una mujer de mi edad no debería andar durmiendo con un animal. Que qué van a pensar sus hijos. Que es antihigiénico. Que la casa entera huele a perro. Y sabe qué fue lo peor.
La miré. La mujer tenía las manos enlazadas sobre la carpeta, y los nudillos se le pusieron blancos, como si estuviera apretando algo que no se veía.
—Lo peor —dijo— es que Max no se sube a la cama. Nunca. Él duerme en su colchoneta, al pie de mi lado. Lo que a mi esposo le molesta es que yo le hable antes de dormir. Que le cuente el día. Que lo deje quedarse en el cuarto, nomás. Eso es todo.
Se quedó callada. El ventilador siguió dando vueltas. Desde el patio trasero se oía a un chihuahua ladrar, y a la señora Castillo pedirle a alguien que cerrara la jaula de los gatos.
—No vine a dejar al perro —aclaró de golpe—. Si eso es lo que está pensando. Vine porque necesitaba decírselo a alguien que no me fuera a contestar con las mismas cosas de siempre. A mis hermanas ya no les cuento nada. Una me dice que le haga caso a mi esposo para no pelear, y la otra me manda versículos por mensaje de texto. Como si el perro fuera un pecado.
Abrió la carpeta. Adentro había papeles de una clínica veterinaria, comprobantes de vacunas, una foto de Max con un moño rojo de Navidad y un papel doblado en cuatro. Lo desdobló con cuidado y me lo puso delante.
—Es una carta que le escribí a mi suegra hace años —explicó—. Después de que ella murió. Nunca se la pude dar. Se la leí al perro una noche que no me podía dormir, delante de mi esposo, y desde ahí me dijo que yo ya no estaba bien de la cabeza.
No supe qué contestar. Tomé la carta con las dos manos, porque hay papeles que pesan más que un animal enfermo. No la leí. La doblé otra vez y se la regresé.
—¿Usted cree que sea asqueroso? —me preguntó, y me di cuenta de que no estaba buscando mi opinión. Estaba buscando un lugar donde esa palabra no significara lo que le habían hecho creer.
Esa tarde no pasó nada más. Me agradeció, guardó la carta en la carpeta, se acomodó la bolsa en el hombro y salió al estacionamiento. La vi a través del vidrio: se subió a una camioneta gris, le dió el aire al mango, se quedó un rato con las manos en el volante, respirando. Luego arrancó y se fue por la Culebra, rumbo al oeste.
Tres semanas después, la misma camioneta apareció otra vez en el estacionamiento. Eran casi las seis, yo estaba por cerrar la caja registradora y ya había guardado las llaves del refrigerador de las vacunas. La mujer entró con un contenedor de plástico con tapadera azul y lo puso sobre el mostrador.
—Le traje algo a la señora Castillo —dijo—. Es pollo con mole, de la receta de mi suegra. Hice de más.
Me contó que ya no dormía en el cuarto grande. Que ahora Max y ella dormían en el cuarto de las visitas, que está al fondo de la casa, junto al patio. Dijo que su esposo le había dicho que era una exageración, que no era para tanto, que volviera a la cama. Ella le contestó que de asquerosa sería, pero que las noches eran suyas, y que si el perro no podía dormir en paz, entonces dormirían los dos en paz en otra parte.
—¿Y él? —pregunté.
—Está viendo que ya no le queda nadie a quien decirle asquerosa —dijo—. La semana pasada me invitó a cenar. Yo le dije que no, que el jueves era día de bañar al perro. No le gustó. Pero ya no me habla de la cama.
Se fue dejando el contenedor sobre el mostrador. Cuando la señora Castillo salió y lo abrió, el olor a mole se regó por toda la recepción. Afuera estaba cayendo una lluvia lenta, de esas que no avisan. La camioneta gris se alejó por la calle y yo me quedé parada en la puerta, pensando que hay palabras que entran a la casa como perro sin dueño y ya no se quieren ir. Y que a veces lo único que puedes hacer es darles de comer, abrirles la puerta del cuarto de atrás, y dormir donde nadie te diga que lo que sientes da asco.











