Trabajo en la tienda de dulces del Hershey's Chocolate World desde hace nueve años, en el turno de la tarde, y créanme, uno ve pasar de todo por ese mostrador. Familias enteras cargando bolsas de Kisses para las fiestas, adolescentes gastando su mesada, abuelas comprando barras de un dólar con veinticinco centavos como si todavía fueran los años noventa. Pero hay un tipo de cliente que nunca olvido: el que se detiene frente a la pared de fotos históricas, cerca de la caja registradora tres, y se queda ahí más tiempo del que debería, bloqueando el paso, mirando la imagen de un hombre mayor arrodillado junto a un niño.
Esa tarde de octubre, con el aire ya oliendo a canela por las velas que ponemos en octubre y noviembre, entró una mujer con un abrigo verde botella y una niña de unos ocho años tomada de la mano. La niña quería una barra de chocolate con almendras, la mamá quería que se apurara porque el estacionamiento cobra por hora. Normal. Lo que no fue normal es que la niña se paró frente a esa foto y preguntó: "¿ese señor es Santa Claus?"
La mamá se rió, pero yo, que ya había escuchado esa pregunta unas quinientas veces en nueve años, aproveché para contarles lo que sé. No soy historiadora ni trabajo para la fundación, solo llevo tiempo suficiente aquí como para haberme aprendido la historia de tanto repetirla, casi como un guion que ya no necesito leer.
Le expliqué que ese hombre se llamaba Milton Hershey, y que antes de construir el imperio del chocolate más famoso de Pensilvania, fracasó dos veces. No una. Dos. A los treinta años se quedó sin un centavo, con deudas que no podía pagar, y tuvo que volver a vivir con su familia en un pueblito rural porque no tenía otro lugar adónde ir. La mayoría de la gente, en su lugar, hubiera tirado la toalla. Él no. Volvió a intentarlo, y para 1900 ya tenía una compañía que generaba millones.
Con ese dinero construyó algo que pocos empresarios harían: un pueblo entero alrededor de su fábrica, con casas decentes para los trabajadores, parques, un sistema de transporte propio. La ciudad de Hershey, Pensilvania, literalmente existe porque él la levantó de la nada.
La niña seguía mirando la foto. Yo seguí hablando, un poco porque me gusta contarlo y un poco porque ya sabía cómo terminaba y quería llegar a esa parte.
Milton se casó con Catherine, la mujer de su vida. Tenían todo lo que uno podría desear, menos una cosa: no podían tener hijos. Y en vez de resignarse a esa ausencia, decidieron llenarla de otra forma. En 1909 fundaron una escuela residencial para varones que no tenían padres o vivían en situaciones de pobreza extrema. No era un orfanato cualquiera, de esos que mandan un cheque una vez al año y se olvidan. Milton y Catherine conocían a cada uno de esos chicos por su nombre. Se sentaban a comer con ellos. Los visitaban.
Cuando Catherine murió joven, todos en la junta directiva de la empresa asumieron que Milton cerraría el proyecto, que el dolor lo iba a apagar. Pasó lo contrario.
En 1918 hizo algo que dejó mudo a todo el mundo de los negocios en Estados Unidos: transfirió el paquete de acciones que controlaba su compañía chocolatera —que en ese momento valía sesenta millones de dólares, una fortuna inimaginable para la época— a un fideicomiso a nombre de esa escuela. No donó una parte. No prometió un porcentaje de las ganancias futuras. Entregó el control entero de la empresa.
Sus socios pensaron que había perdido la cabeza. Y él contestó, según cuenta la historia que nos enseñan a los empleados en la capacitación inicial, algo como: "si hubiera querido construirme un monumento, lo habría hecho hace tiempo. Pero prefiero construir un futuro para los chicos que no tienen uno."
En ese punto la niña ya había soltado la mano de la mamá y tenía la nariz casi pegada al vidrio que protege la foto.
Le conté que Milton murió en 1945, en una habitación de hotel bastante sencilla para alguien con su fortuna, y que no dejó palacios ni mansiones a ningún heredero de sangre, porque sus herederos terminaron siendo los chicos que más lo necesitaban.
La mamá, que ya se había olvidado del parquímetro, me preguntó si la escuela seguía funcionando. Le dije que sí: hoy la Milton Hershey School educa a más de dos mil estudiantes, varones y mujeres, de familias de bajos recursos o en situaciones familiares difíciles. Todo —los libros, el alojamiento, la atención médica, hasta las becas para la universidad— es completamente gratis para ellos. El fondo del fideicomiso, gracias al negocio del chocolate, hoy supera los diecisiete mil millones de dólares. Más de once mil egresados de esa escuela son hoy médicos, ingenieros, empresarios, gente que sirvió en las fuerzas armadas.
Le señalé a la niña que en el campus de la escuela hay una estatua de Milton, pero no está parado con traje de magnate ni con cara de jefe. Está de rodillas, a la altura de los ojos de un niño, con la mano apoyada en su hombro.
La niña se quedó callada un rato —lo cual, para una niña de ocho años frente a un mostrador lleno de dulces, ya es bastante decir— y después miró a su mamá y preguntó si podían comprar dos barras en vez de una: una para ella y otra "para los niños de la escuela". Tuve que explicarle, con cuidado, que no funciona exactamente así, que el dinero de las ventas va a la empresa y de ahí, a través del fideicomiso, sostiene a la escuela, pero que en el fondo tenía razón: cada barra que se vende, sin que uno lo piense, termina ayudando a pagar la cama, la comida o los estudios de algún chico en Hershey, Pensilvania.
La mamá pagó las dos barras. Metió una en el bolso para después. Y antes de irse, se dio la vuelta y le sacó una foto a la niña parada junto a la imagen de Milton arrodillado.
Yo me quedé detrás del mostrador, acomodando las cajas de Reese's que se habían movido, pensando que llevo nueve años contando la misma historia y todavía, cada vez, alguien se detiene un poco más de la cuenta frente a esa pared.












