Adiós, número catorce

La primera vez que la vi fue un martes de octubre, en el refugio Segunda Oportunidad, en las afueras de San Antonio, Texas. Yo trabajo ahí de voluntaria los fines de semana desde que me jubilé de la fábrica de conservas, y créanme, en cinco años he visto de todo. Gente que quiere un cachorro para regalarlo en Navidad y lo devuelve en enero. Gente que pregunta si el perro "suelta pelo" antes de preguntarle el nombre. Pero a esta señora la recuerdo distinto, porque fue la primera vez que alguien me pidió, así, sin rodeos: el perro más viejo que tengan.

Se llamaba Rosario Peña. Yo estaba limpiando las jaulas del pasillo B cuando la vi parada frente al mostrador, con una bolsa de tela de esas que dan en el mercado de pulgas de Flea Mart los domingos. Chaparrita, delgada, con el pelo canoso amarrado en una cola que ya se le estaba safando por un lado. Traía unos tenis Skechers gastados, de esos que ya perdieron la forma, y una chamarra verde olivo con las costuras deslavadas. No sonreía, pero tampoco se veía nerviosa. Tenía esa cara de quien ya sabe exactamente lo que vino a hacer y no necesita que nadie se lo confirme.

La voluntaria de turno, una muchacha que le dicen Yesenia, fue a buscar a la encargada, la señora Dolores Reyes, que en ese momento estaba en la cocina del refugio partiendo pollo hervido para la cena de los perros con artritis, los que ya no pueden masticar croqueta dura. Yo andaba cerca, fingiendo que acomodaba las correas en el gancho, pero la verdad es que estaba oyendo todo.

—Doña Dolores, hay una señora allá afuera. Dice que quiere el perro más viejo que tengamos.

—¿Más viejo? —Dolores dejó el cuchillo sobre la tabla—. ¿Cómo que más viejo?

—Eso dijo. Que entre más viejo, mejor.

—Qué raro. Dile que pase.

Y ahí fue cuando me metí a la oficina con la excusa de llevar unas toallas limpias, nomás para ver.

Doña Rosario se sentó en la silla plegable frente al escritorio de Dolores, con la bolsa sobre las piernas y las manos entrelazadas encima. Tenía las manos secas, con los nudillos algo agrietados, manos de alguien que trabaja con ellas todo el día: lavando trastes, tallando ropa, quizás cargando cubetas. Por la ventana de la oficina se veía el patio trasero con las jaulas alineadas y, más allá, la cerca de malla ciclónica pegada al freeway 410, que a esa hora zumbaba sin parar.

—Señora Peña, usted entiende que un perro viejo necesita cuidados especiales —le dijo Dolores, con ese tono suave que usa cuando quiere asegurarse de que la gente no se está metiendo en algo que no puede sostener—. Gastos de veterinario, comida especial, casi siempre problemas crónicos. Artritis, riñones, corazón. No es fácil ni es barato.

—Lo sé.

—¿Tiene experiencia cuidando animales?

—Sí.

—Cuénteme, si no le molesta.

Doña Rosario se quedó callada un segundo. Volteó hacia la ventana, hacia las jaulas, como buscando algo ahí afuera antes de contestar.

—Ahorita tengo a Conde. Tiene catorce años. Es mezcla de labrador con no sé qué de pelo largo. Lo saqué de la perrera del condado de Bexar hace dos años, cuando ya lo iban a dormir porque tiene artritis en las patas traseras y nadie lo quería. Antes de Conde tuve a Chispas, otro mestizo, ciego de los dos ojos, cataratas ya muy avanzadas. Me lo llevé cuando tenía once años. Vivió conmigo año y medio. Antes de Chispas, Reina, una pastora alemana vieja con displasia de cadera. Reina estuvo conmigo ocho meses.

Los iba nombrando tranquila, sin drama, como si leyera una lista del súper. Pero cada nombre lo decía un poquito más despacio que las demás palabras. Como si le estuviera regalando un segundo extra de existencia a cada uno.

Dolores soltó la pluma y se quitó los lentes.

—Entonces usted busca perros viejos a propósito.

—Sí.

—¿Puedo preguntarle por qué?

Doña Rosario la miró de frente. Ojos grises, tranquilos, sin reto y sin ganas de justificarse ante nadie.

—Porque a esos ya no los quiere nadie más. Todos piden cachorro, o perro joven, máximo de tres años. Y el viejo se queda ahí, en la jaula, esperando. Sin entender por qué. Se pasó toda su vida queriendo a alguien, durmiendo a los pies de alguien, esperando en la puerta a que alguien llegara. Y de repente amanece aquí. El dueño se murió, o se mudó, o nomás decidió que ya no quería más al perro. Y a ese animal le queda, a lo mejor, un año, a lo mejor dos. Yo no quiero que ese año se lo pase encima del cemento.

Se quedó un silencio en la oficina. Se oía, del otro lado de la pared de tablarroca, a uno de los perros ladrando bajito, con ritmo, sin coraje. Puro sonido de tristeza.

—Véngase —dijo Dolores, levantándose—. Le voy a enseñar algo.

Yo me quedé parada con las toallas en la mano, sin saber si me tocaba seguirlas o no. Dolores me hizo una seña con la mano, como diciendo "tú también", y las tres cruzamos el patio hacia la última fila de jaulas, la que está pegada a la barda, la que casi nadie visita porque queda lejos de la entrada y ahí es donde ponen a los perros que llevan más tiempo esperando.

Al fondo, en la jaula catorce, había un pastor mezclado, canoso alrededor del hocico, echado sobre una cobija vieja del ejército. Se llamaba, según la tarjeta pegada con cinta adhesiva en la reja, "Comandante", once años, entregado por su dueño porque "ya no lo podía cuidar por problemas de salud". Llevaba ocho meses ahí. Ninguna familia lo había ni siquiera sacado a caminar en visita.

Doña Rosario se agachó frente a la reja, despacio, con el cuidado de quien sabe que las rodillas ya no perdonan como antes. No metió la mano de golpe. Se quedó ahí, en cuclillas, esperando a que el perro decidiera acercarse o no. Comandante levantó la cabeza, olfateó el aire, y después de un rato largo —lo suficientemente largo para que Yesenia, que se había asomado desde la puerta de la cocina, se quedara viendo sin moverse— se arrastró hasta la reja y apoyó el hocico contra los dedos de la señora.

—Este —dijo doña Rosario, sin voltear a ver a Dolores—. Este es.

—Le va a costar dinero, señora Peña. La consulta con el veterinario, los antiinflamatorios, quizás una cirugía de cadera si empeora.

—Yo trabajo limpiando casas tres días a la semana en el norte de la ciudad, por Stone Oak. Cobro sesenta dólares por casa. No es mucho, pero me alcanza. Y lo que me sobra, se lo doy a él.

Firmó los papeles esa misma tarde. Le cobraron cuarenta dólares de cuota de adopción, que ella pagó en efectivo, sacando los billetes de un sobre que traía guardado hasta el fondo de la bolsa de tela. Cuando Dolores le preguntó si quería que le explicaran la dieta especial para las articulaciones, doña Rosario ya se sabía de memoria las marcas de comida para perro senior, las dosis de glucosamina, hasta el nombre del suplemento de aceite de pescado que se vende en el HEB de Bandera Road.

Yo la ayudé a subir a Comandante a su carro, un Buick viejo, color champaña, con el asiento trasero forrado con una sábana floreada y una rampa plegable de madera que ella misma había armado, según me contó, con tablas que le sobraron de cuando arregló la cerca de su patio. El perro subió despacio, con las patas traseras temblando, y se acomodó sobre la sábana como si ya conociera el lugar.

—Doña Rosario —le dije, porque para entonces ya me había acercado y hasta le había dado la mano—, ¿no le da tristeza? Digo, saber que se le van a ir pronto.

Ella cerró la puerta del carro con cuidado, para no asustar al perro, y se quedó un momento con la mano apoyada en el metal caliente por el sol de octubre.

—Me da más tristeza pensar en los que se quedan sin nadie —dijo—. A mí, cuando se van, me queda el consuelo de que no se fueron solos. Eso ya es bastante.

Volví a verla como año y medio después. Fue en el mismo refugio, un sábado de marzo, con ese calorcito que ya empieza a apretar en San Antonio antes de que llegue el verano de verdad. Yo estaba en el mostrador cuando entró, con la misma bolsa de tela, un poco más deshilachada, y los mismos tenis, ya casi sin suela.

—Vengo por otro —dijo, nomás, sin saludo de por medio.

Dolores, que salió de la oficina al oír su voz, se le quedó viendo un segundo.

—¿Y Comandante?

—Se fue hace tres semanas. De noche, dormido, en su cama, junto a mí. No sufrió.

Lo dijo sin que le temblara la voz, pero hasta entonces yo no me había fijado en que traía puesto, debajo de la chamarra verde olivo, un collar de perro anudado como pulsera en la muñeca izquierda. Uno rojo, desteñido, con una placa de metal que ya no se alcanzaba a leer bien.

Ese día se llevó a una perrita labrador, ciega, de trece años, que llevaba diez meses en la jaula sin que nadie ni siquiera se acercara a verla. Se llamaba Canela. Doña Rosario le cambió el nombre a Estrella, porque, según dijo, "a esta le toca empezar de nuevo, aunque sea nomás por un ratito".

Yo sigo trabajando los sábados en el refugio. Y cada vez que llega alguien pidiendo cachorro, pidiendo que sea de raza, que no ladre mucho, que sea bonito para las fotos, me acuerdo de doña Rosario Peña y de esa muñeca con el collar rojo desteñido, contando calladamente cuántos ya se le han ido, y de la jaula catorce, que para cuando yo me fui ese sábado de marzo, ya tenía puesta una tarjeta nueva con un nombre distinto.

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Adiós, número catorce