El día que fui a su entierro, lo encontré vivo

El mensaje de voz de doña Lydia llegó un jueves a las once de la noche. Mireya estaba cerrando el turno en el restaurante de Bucktown, con los pies ardiendo dentro de los tenis y el pelo todavía oliendo a aceite de freidora. Se recargó contra la barra de la cocina y le dio play.

“Mireyita, soy yo, Lydia, la vecina de tu abuelo. Ay, mi niña, tengo que darte una noticia muy triste. Don Esteban… ya se nos fue. Amaneció muerto. El funeral es el sábado en la mañana. Ojalá puedas venir.”

El celular resbaló por su delantal mojado y cayó al suelo de concreto. El cocinero, que estaba sacando hielo de la máquina, la miró. Mireya no dijo nada. Se agachó, recogió el teléfono con la pantalla rota, guardó sus cosas y salió por la puerta trasera sin despedirse.

Afuera estaba nevando. Una nevada densa, sucia, de marzo en Chicago. Y ella pensó en el sol de Texas. En el calor que rebotaba contra la tierra seca de la propiedad de su abuelo. En el olor a toronjas maduras y a leña de mezquite.

Don Esteban la había criado desde los siete años, cuando su mamá los abandonó a los dos en aquella casa de madera en las afueras de El Mirador. Una mañana cualquiera, sin avisar. Mireya recordaba la mochila azul junto a la puerta, el olor a café, el portazo. Y a su abuelo sentándose a su lado, pasándole un plato de frijoles refritos y diciéndole con una calma total:

“No pasa nada, hija. Aquí estamos tú y yo. La vida sigue.”

Y la vida siguió. Entre surcos de cilantro y tomates, en una primaria rural donde los niños hablaban spanglish, bajo un ventilador de techo que rechinaba todo el verano. Él le enseñó a manejar la camioneta a los doce años, a distinguir una serpiente de cascabel de una inofensiva, a no tenerle miedo a la oscuridad del campo. Cuando Mireya cumplió dieciocho y dijo que quería irse al norte, a probar suerte, él le llenó una hielera con burritos de machacado y le contó dos mil dólares en billetes arrugados.

“Ponte lista, mi niña. No te dejes. Y si un día te va mal, aquí está tu casa.”

Al principio llamaba cada domingo. Luego cada quince días. Luego, una vez al mes, un mensaje de WhatsApp en lugar de una llamada. “Mucho trabajo, abuelo, luego te marco”. Y nunca marcaba. Después llegaron las disculpas de Navidad y los “feliz cumpleaños” por Facebook que ni siquiera eran en el muro de él porque su abuelo nunca tuvo Facebook. Habían pasado seis años sin verlo en persona. Seis años de propinas y turnos dobles, de un departamento compartido en Chicago y de un sueño que no terminaba de cuajar.

El viernes a las seis de la mañana, Mireya abordó un vuelo a McAllen. No llevaba maleta, solo una mochila, y dentro de la mochila, un vestido negro que había comprado de emergencia en un Walmart de la 47. Durante las tres horas de vuelo no lloró. Se quedó mirando por la ventanilla, viendo cómo la nieve daba paso a la tierra marrón, luego a las nubes blancas, luego otra vez a la tierra.

Rentó un auto en el aeropuerto y manejó hacia el oeste. El paisaje se volvió familiar: las carreteras rectas, los mezquites retorcidos, las cercas de alambre de púas, las águilas posadas sobre los postes de luz. Bajó la ventanilla y el aire caliente le golpeó la cara. Olía a polvo y a algo dulce. A casa.

Al llegar a El Mirador, el pueblo estaba igual que siempre. La gasolinera de los hermanos Peña, el mercado con el letrero de Corona despintado, la iglesia de San Martín con la puerta abierta. Mireya redujo la velocidad al pasar frente a la casa de doña Lydia, pero siguió derecho. Quería verlo. Quería ver la casa de su abuelo antes de que empezara todo el circo del velorio.

La propiedad estaba al final de un camino de grava. Cuando aparcó, notó algo raro: la camioneta roja del abuelo no estaba bajo el cobertizo habitual. En su lugar, había una lona azul extendida en el suelo y una escalera recargada contra la pared de la cocina. La puerta corrediza del taller estaba abierta. Y de la chimenea salía humo.

Mireya frunció el ceño. Se bajó del auto sin apagar el motor. Caminó hacia la entrada, sintiendo cómo las piedritas de grava se le metían en las sandalias. Antes de tocar, se asomó por la ventana de la cocina.

Ahí estaba.

Don Esteban, su abuelo, el hombre por el que había cruzado medio país para llorarlo, estaba sentado a la mesa de aluminio con un overol manchado de grasa, desarmando un carburador con la radio prendida a todo volumen. Tenía una Bud Light abierta junto al codo y cantaba desafinando con una de los Tigres del Norte.

La puerta de la cocina se abrió de golpe con el viento y el perro, un viejo labrador negro al que llamaban Oso, salió moviendo la cola. Don Esteban levantó la vista.

La vio.

Dejó la pieza metálica sobre la mesa. Se quitó los lentes de aumento. Entrecerró los ojos.

“¡Ah, caray!”, dijo, y su voz salió ronca pero entera. “Mire nomás quién vino. La muchacha de Chicago. ¿Se perdió, o qué?”

Mireya no podía moverse. Sentía el pecho como si le hubieran puesto un bloque de hielo y una plancha ardiente al mismo tiempo. Le temblaban las rodillas. El sonido de la radio le perforaba el cráneo.

“Abuelo…”, consiguió murmurar. “A usted… a usted me dijeron que se había muerto.”

Don Esteban soltó una carcajada breve, seca, y se rascó la nuca. Tomó la cerveza y le dio un trago.

“Ah, sí. Eso. Lo de doña Lydia.”

“¿Cómo que ‘lo de doña Lydia’?” La voz de Mireya se quebró. “Me dijo que amaneció muerto, que el funeral era el sábado. ¡Vengo desde Chicago directo al entierro, abuelo! ¡Gasté mis ahorros en el boleto! ¡Compré un vestido negro!”

Él dejó la lata en la mesa y se puso de pie, limpiándose las manos con un trapo rojo. Caminó hacia la puerta, descalzo, arrastrando un poco la pierna izquierda. Se recargó en el marco, justo frente a ella.

“Pues… ¿y luego?”

“¿Cómo que y luego? ¿Se volvió loco? ¿Para qué le pidió a doña Lydia que me dijera eso?”

El abuelo se cruzó de brazos. La miró con esa calma suya, la calma que Mireya recordaba de las tormentas de verano, cuando se iba la luz y él encendía un quinqué y decía “no pasa nada”.

“¿Tú crees que si te hablo por teléfono y te digo ‘ven, te extraño’, me haces caso?”, preguntó, y no había rencor en su tono, sino una curiosidad casi clínica. “La última vez que hablamos fue hace ocho meses. Me dijiste ‘andamos bien ocupados en el restaurante, abuelo’. Colgaste en dos minutos. Llevas seis años inventando excusas.”

Mireya abrió la boca. La cerró.

Él asintió, como si ese silencio fuera toda la respuesta que necesitaba.

“Exacto. Por eso le pedí a la vecina que te marcara. Le dije: ‘Lydia, háblale a la muchacha. Dile que ya me fui. A ver si así se le hace fácil venir’.”

“Pero…”, Mireya sentía que las palabras se le atoraban, “usted me hizo creer que estaba muerto. Me hizo venir de luto.”

“Y estás aquí, ¿no?”

“¡Porque pensé que era cierto!”

Don Esteban señaló hacia la camioneta que ella había rentado, al camino de grava, a ella misma parada ahí.

“Llegaste rápido. Eso cuenta.”

El coraje le subió de golpe. No un coraje limpio, sino uno mezclado con una vergüenza espesa. Vergüenza por el alivio de verlo vivo, vergüenza por no haber venido antes, por los mensajes de texto automáticos, por la prisa con la que siempre colgaba.

“Usted me mintió, abuelo. Eso no se hace.”

“Y tú me olvidaste”, respondió él, sin alzar la voz. “Eso tampoco se hace. Pero aquí estamos los dos. Vivos.”

Se quedaron en silencio un minuto entero. El viento movía las hojas de los mezquites. Oso se echó a los pies de Mireya y le lamió el tobillo. Ella sintió las lágrimas escurriendo por la nariz, calientes. No se las limpió.

Don Esteban dio un paso al frente y la tomó por los hombros. Olía a gasolina y a café hervido. Sus manos seguían siendo fuertes, con nudillos grandes y ásperos.

“Mira, mi niña. No lo hice por malo. Lo hice por terco. Me salió del alma ver si todavía te importaba el viejo este. Y la pura verdad… ya me estaba cansando de esperar a morirme de a de veras para que vinieras.”

Eso le dolió más que cualquier grito. Mireya soltó la mochila y se dejó abrazar, apoyando la frente contra el pecho de su abuelo, igual que cuando era chiquita y tenía miedo de las tormentas. Lloró con hipos, con mocos, con todo.

Él le dio palmaditas en la espalda.

“Ya, ya. No tires tanto líquido, que luego te deshidratas. Ven, vamos adentro. Tengo tripas para hacer menudo. Te ves flaca.”

Esa noche, Mireya se quedó en su vieja recámara. La colcha seguía siendo la misma, un edredón de flores amarillas que había comprado con su primer sueldo a los catorce años. Las paredes tenían todavía las mariposas fosforescentes que pegó en la secundaria. Se sentó en la cama y escuchó a su abuelo trasteando en la cocina, haciendo ruido con las ollas. Llamó al restaurante de Chicago, habló con el gerente.

“Raúl, falleció alguien en mi familia. No sé cuándo vuelvo. Pídele a Javier que me cubra.”

Colgó antes de que él pudiera protestar.

Regresó a la cocina. Su abuelo estaba friendo tortillas en manteca, sirviendo el menudo en platos hondos de peltre. “Siéntate”, le ordenó.

Comieron en silencio un rato. Luego, Mireya dijo en voz baja:

“Me quedé dormida, abuelo. No me di cuenta de que habían pasado seis años.”

“No te diste cuenta porque estabas trabajando duro para echar pa’delante. Eso no es malo. Lo malo es cuando se te olvida pa’dónde vas.”

“¿Y pa’dónde voy?”

Él le dio otra cucharada de menudo.

“Pa’l mismo lugar que todos. Pa’la tierra. Pero mientras… uno debe ver a los suyos.”

Ella se quedó pensando. La historia del carburador que estaba arreglando, la lona en el suelo, la escalera. “¿Y la troca, abuelo? No la vi.”

“Está en el taller de Rudy. Se le fregó la transmisión. Rudy me cobra mil quinientos, y no los tengo. La pensión no alcanza pa’ tanto. Ando esperando a que me compren la cosecha de toronjas.”

Mireya miró por la ventana hacia el huerto, que se extendía en la oscuridad. Se imaginó a su abuelo subido a una escalera con ochenta y tres años, cargando canastas, solo.

“Yo le arreglo lo de la troca.”

“Tú no tienes ese dinero. Acabas de gastar en el boleto.”

“Lo resuelvo.”

Don Esteban la miró fijamente y luego sonrió. No dijo que no. Eso en su lenguaje significaba “gracias”.

Los días siguientes fueron un reencuentro lento. Mireya fue al banco, retiró sus ahorros y se los llevó a Rudy. Don Esteban, mientras tanto, fingió indignación pero ya tenía listo el cobertizo para pintarlo juntos. Pintaron el cobertizo de azul celeste. Limpiaron el sistema de riego por goteo. Se sentaban en las mecedoras del porche a ver los atardeceres violetas y anaranjados del valle.

El miércoles por la noche, cinco días después del falso funeral, don Esteban sacó una botella de ron añejo y dos vasitos. Era el ron que guardaba para las grandes ocasiones.

“Me tienes que prometer algo”, dijo, sirviendo.

Mireya tomó su vaso. “Lo que quiera.”

“No me hagas morirme otra vez pa’ que vengas. Con que me llames una vez a la semana, me conformo. Pero llámame. No mensajes. Quiero oír tu voz.”

“Se lo prometo, abuelo. Y no solo llamarlo. Voy a venir. En serio.”

Él alzó su vaso. “Salud, entonces.”

“Salud.”

Bebieron. El ron bajó dulce y ardiente. A lo lejos, un búho ululó entre los mezquites.

A la mañana siguiente, Mireya hizo su maleta para regresar. Pero antes de subir al auto, se detuvo. Dio media vuelta. Entró de nuevo a la cocina, donde su abuelo estaba sirviendo café de olla.

“Abuelo…”

“¿Qué pasó?”

“En Chicago hace frío. Pero aquí están mis raíces. Voy a pedir que me transfieran a la sucursal de McAllen. Puedo manejar todos los días desde aquí.”

Don Esteban no respondió de inmediato. Dejó la jarra de café sobre la estufa. Se llevó una mano al bigote. Carraspeó. Y luego, muy bajito, dijo:

“Pues nomás falta que te guste el menudo.”

“Me encanta su menudo, abuelo.”

Él se rio por lo bajo, con los ojos brillantes. Salió al porche y se quedó de pie, viendo cómo el sol terminaba de disipar la neblina del campo. Mireya fue tras él, se recargó en su hombro. No necesitaron decir más.

El olor a toronjas maduras lo envolvía todo. Y la vida, la vida verdadera, empezó a desperezarse otra vez en aquella vieja propiedad escondida entre los mezquites.

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El día que fui a su entierro, lo encontré vivo