Miami, siete y veinte de la mañana, calor pegajoso desde temprano. Yolanda Reyes caminaba apurada por la acera de la calle ocho, con su hija de cuatro años, Camila, tomada de la mano, y con el bolso cruzado golpeándole la cadera a cada paso.
Camila se detuvo de golpe frente a un jardincito con hibiscos rojos, se agachó y estiró la mano hacia una flor. No para arrancarla, no para romper nada. Solo para tocarla. Para ella, esa flor era un descubrimiento, algo digno de pararse a mirar.
—¡Camila, vamos! No toques eso, ¿cuántas veces te tengo que decir que caminemos rápido?
El tirón fue seco. La niña casi tropezó tratando de seguirle el paso a su mamá, con los ojos llenos de lágrimas que ni siquiera alcanzó a soltar, porque Yolanda ya iba tres pasos adelante, revisando la hora en el teléfono, calculando si llegaba a dejarla en la guardería de la iglesia antes de fichar en el hospital donde trabajaba como asistente de enfermería.
Esa escena se repitió, con variaciones, casi todos los días de esa semana. El miércoles fue un charco después de la lluvia, uno de esos aguaceros de agosto que caen y se van en veinte minutos. Camila quería meter el pie, salpicar, reírse. Yolanda la jaló del brazo y le dijo que iba a llegar tarde otra vez, que ya el supervisor le había llamado la atención dos veces ese mes.
El jueves fue una mariposa amarilla que se posó en la reja de la casa de la esquina, la de la señora Altagracia, que sacaba su perro shih tzu a la misma hora todas las mañanas y siempre saludaba con la mano sin decir palabra. Camila se quedó viendo la mariposa como si fuera lo único que existiera en el mundo. Yolanda no la jaló esa vez. Solo dijo, sin mirarla, con la voz cansada: "Vamos, mami, después la ves."
Después nunca llegaba.
El viernes, algo cambió el orden de las cosas. Yolanda llegó al hospital y se enteró de que la señora Delfina Ortiz, una paciente de setenta y ocho años a la que ella misma había bañado y peinado esa misma mañana antes de salir a dejar a Camila, había fallecido durante la tarde. Un paro cardíaco, rápido, sin aviso. Yolanda se quedó parada frente a la puerta de la habitación 214, ya vacía, con la cama tendida de nuevo, como si nadie hubiera estado ahí.
Se acordó de algo que la señora Delfina le había dicho esa mañana, mientras Yolanda le acomodaba la almohada: "Mija, yo pasé sesenta años trabajando en una fábrica de costura en Union City. Y ahora que ya no puedo caminar bien, lo que más extraño no es el trabajo. Es que nunca me detuve a ver un atardecer completo. Siempre había algo más urgente."
Esa frase se le quedó pegada a Yolanda todo el turno, como una piedra en el zapato que uno no se saca aunque duela.
Esa noche, cuando fue a recoger a Camila a casa de su vecina Marisol, quien la cuidaba después de la guardería, la niña salió corriendo con un dibujo hecho en crayón: una flor roja, torcida, con cinco pétalos desiguales y un sol amarillo arriba.
—Es la florecita de la mañana, mami. La que tú no me dejaste tocar.
Yolanda se quedó con el dibujo en la mano, sin decir nada, mientras Marisol le explicaba que Camila había insistido toda la tarde en dibujarla porque "no se le podía olvidar cómo era."
El sábado, Yolanda no tenía turno. Se levantó temprano de todos modos, por costumbre, y encontró a Camila ya despierta, sentada en el sofá viendo dibujos animados con el volumen bajito para no despertar a nadie. Yolanda apagó el televisor.
—Vístete. Vamos a caminar.
Camila la miró con desconfianza, como esperando el apuro de siempre. Pero esta vez Yolanda se puso unos shorts, unas chanclas, y agarró solamente las llaves y un botellón de agua. Ni el teléfono llevó, aunque a los cinco minutos ya sentía el hueco en el bolsillo, esa ansiedad de no saber la hora.
Caminaron la misma cuadra de siempre. Cuando llegaron al jardín de los hibiscos, Camila se detuvo, esperando el tirón. No llegó. Yolanda se agachó junto a ella, con las rodillas crujiéndole un poco, y dejó que su hija le pusiera un pétalo suelto en la palma de la mano.
—Es suavecito, mami. ¿Ves?
—Sí, mi amor. Lo veo.
Se quedaron ahí un rato largo, lo suficiente para que la señora Altagracia pasara con su perro y les dijera, por primera vez en meses, algo más que un saludo con la mano: "Esas flores las sembró mi esposo antes de morirse, hace once años. A él también le gustaba pararse a mirarlas."
El domingo, Yolanda hizo algo que llevaba postergando cuatro meses: sacó la carpeta con los papeles del seguro de vida de la señora Delfina —porque la familia le había pedido ayuda para tramitarlo, ya que Yolanda era la única que sabía cómo llenar esos formularios del hospital— y en vez de dejarlo para "cuando tuviera tiempo," se sentó en la mesa de la cocina con Camila dibujando al lado, y lo terminó completo, con el temporizador del celular puesto para no distraerse.
Cuando acabó, marcó el número de su supervisor y dejó un mensaje de voz: pedía cambiar su turno de las siete de la mañana por el de las nueve, aunque eso significara ochenta dólares menos al mes. No necesitaba ese dinero tanto como necesitaba esas dos horas.
El lunes siguiente, caminando otra vez hacia la guardería, Camila se detuvo frente a los hibiscos. Yolanda se detuvo con ella. No dijo "vamos." No miró el reloj. Se agachó, y las dos se quedaron ahí, mirando cómo una abeja se posaba en un pétalo y se iba, sin apuro, como si tuviera todo el tiempo del mundo para hacerlo.












