El canto de Marisol

El DJ gritó el nombre de Marisol por el micrófono y el salón de bodas se quedó en suspenso.

—¡Y ahora, directo desde el corazón, la mamá de la novia! ¡Marisol Vega!

Valeria la agarró de la mano y la jaló hacia la pista. Sus dedos estaban fríos.

—Mamá, por favor. Me lo prometiste. Es mi regalo.

En la mesa del fondo, Carmen dejó caer la botella de cerveza. El vidrio rebotó contra el mantel blanco y un poco de espuma se derramó sobre el pan.

—No lo hagas —dijo. No lo gritó, pero se oyó hasta la cocina. —Te vas a ridiculizar. Toda la familia de Ricardo está aquí.

Marisol dio un paso. Luego otro.

Tres semanas antes, esa misma voz le había dicho lo mismo en la cocina de la casa en la calle Durango. Marisol estaba preparando café de olla y cantaba bajito, mientras el árbol de granada soltaba fruta podrida sobre la banqueta. El vecino tenía el radio puesto en la estación de rancheras y se alcanzaba a oír una canción de Vicente Fernández.

Carmen entró con la bolsa del mandado y la azotó sobre la mesa.

—¿Otra vez con eso? La vecina va a pensar que estás borracha. Son las siete de la mañana.

Marisol bajó el fuego de la estufa. El café dejó de hervir.

—Es una canción, Carmen. Nada más.

—Una mujer de cincuenta y dos años no anda cantando a las siete de la mañana. Ya siéntate. Pareces loca.

Siete años. Marisol los contó en su cabeza mientras sacaba dos tazas del armario. Siete años desde que su madre murió. Siete años desde que Carmen se mudó con ella. Siete años de la misma palabra: loca.

En el Salón Glamour de la avenida Alameda, Marisol le daba forma al cabello de la señora García. El local olía a champú de manzana, a decolorante, a ese aire frío del aparato que zumbaba en la esquina. Yadira, la muchacha del teléfono, le aplicaba esmalte rojo a una clienta en la silla de junto.

—¿Ya supiste lo del concurso de talentos en la radio? —Yadira le pasó la mantita a la clienta para que metiera las manos bajo la lámpara—. Están buscando gente para el programa de los miércoles. Yo digo que te apuntes.

Marisol soltó un rizo y tomó las tijeras.

—Estoy muy vieja para eso.

—Por favor. Mi mamá me contó que antes cantabas en las fiestas. Que llenabas el salón completo.

La señora García abrió un ojo.

—Ay, Marisol, ¿y por qué no? Yo te oí cantar en el bautizo de mi nieto. Se me puso la piel de gallina. Y mira que yo no soy de las que exageran.

Marisol no contestó. Las tijeras cortaron el aire. El reloj de la pared marcaba las tres y veinte.

Esa noche, Valeria llamó.

—Mamá, necesito pedirte algo. Para la boda. Quiero que cantes.

Marisol estaba sentada en la sala, con el teléfono apretado contra la oreja. Carmen estaba en el sofá, viendo la telenovela de las nueve. El volumen estaba tan alto que retumbaba en la ventana.

—¿Yo? ¿En tu boda? Mija, hay mucha gente. Los suegros de Ricardo…

—Quiero que cantes «Cucurrucucú Paloma». La que me cantabas cuando era niña. Esa es mi petición. Mi regalo de boda.

El silencio estiró la línea. Marisol podía sentir los ojos de Carmen clavados en su nuca.

—Déjame pensarlo, mija. Te llamo mañana.

Cuando colgó, Carmen apretó el botón de mute en el control.

—¿Qué quería?

—Nada. Saludar.

—Mientes. Te escuché. Quiere que cantes en la boda.

Marisol se levantó y enderezó los cojines del sofá. El de la izquierda tenía una costura rota y el relleno se asomaba.

—Y si quiero, ¿qué?

Carmen se levantó también. Era más baja que Marisol, pero su voz llenaba la sala.

—¿Qué van a decir los suegros de Valeria? ¿Que la madre de la novia está loca? ¿Que se quiere robar el show? No. Tú no cantas.

—No te estoy pidiendo permiso.

—Siete años viviendo juntas. Yo me he hecho cargo de todo. Y ahora sales con esto.

Marisol se quedó viendo el punto donde el relleno asomaba por la costura.

A la mañana siguiente, buscaba el costurero en el clóset del pasillo. Encontró una caja de fotos viejas. En medio de la caja, una foto de Carmen. Joven. Quizá diecinueve años. Estaba sobre un escenario, con un micrófono en la mano y la boca abierta a la mitad de una nota. Alguien le había puesto una gardenia en el pelo.

Marisol volteó la foto. Al reverso, con la letra de su madre: «Carmen, la reina de la noche. 1989».

Llevó la foto a la cocina. Carmen estaba echando tortillas al comal. Marisol la puso sobre el mostrador, junto a la harina.

—¿Y esto?

Carmen tomó la foto. La volteó. La leyó.

—Eso era antes.

—Eres tú. Cantando.

—Era una chamaca. No sabía nada.

—¿Por qué dejaste de cantar?

Carmen agarró el rodillo y aplanó otra bolita de masa. El comal siseó.

—Papá me dijo que sonaba como pajarito herido. Que mejor me callara. Y me callé.

La tortilla se infló sobre el comal. Carmen la volteó con los dedos, sin quemarse.

—¿Y por eso me dices que yo me calle? —la voz de Marisol salió más dura de lo que quería—. ¿Por eso, Carmen? Siete años. Tú. Mi propia hermana.

Carmen se quedó quieta. Sus hombros se movían hacia arriba y hacia abajo.

—Yo solo te protejo. La gente es cruel. Se van a burlar de ti.

—No. Tú tienes miedo. Y no es mi problema.

El salón de bodas volvió a llenarse de ruido. El DJ pasó la pista a Marisol y ella la tomó. Pesaba. El metal estaba sudado de las manos de alguien más.

Sonaron las primeras notas de «Cucurrucucú Paloma». Un rasgueo de guitarra. Luego otro.

Valeria apretó el brazo de Ricardo. Sus ojos ya estaban llenos.

Carmen seguía en la mesa del fondo. Sus manos estaban planas sobre el mantel. Los nudillos, blancos.

Marisol acercó el micrófono a la boca. La primera nota salió temblorosa. La segunda, menos. La tercera encontró su lugar.

Cantó sobre la paloma que llora. Sobre la ausencia. Sobre querer volver a ver a alguien. No fue perfecto. La voz se le quebró en la nota alta, justo donde siempre se le quebraba. Pero el salón quedó en silencio. Nadie comía. Nadie hablaba. El mesero se quedó parado junto a la barra, con una charola de copas a medio levantar.

Carmen se puso de pie. No se fue. Se quedó allí, de pie, con las manos colgando a los lados. Se quedó escuchando.

Marisol sostuvo la última nota. El salón estalló en aplausos. Valeria corrió al escenario y la abrazó. Ricardo aplaudía tan fuerte que el reloj le brincaba en la muñeca.

A la mañana siguiente, Marisol entró a Radio Frontera, la estación comunitaria sobre la calle Zaragoza. La oficina olía a alfombra vieja y aire acondicionado. Un muchacho con mucho gel en el cabello le pasó una carpeta con un formulario.

—Llene sus datos. Son veinticinco dólares. Efectivo o tarjeta.

Marisol llenó las líneas. Nombre: Marisol Vega. Edad: 52. Talento: canto. Canción: «Cucurrucucú Paloma». Día: miércoles. Hora: siete de la noche.

Sacó un billete de veinte y uno de cinco de su monedero. El muchacho le dio un recibo con el sello de la estación.

Caminó de regreso a casa. El sol estaba pesado. El árbol de granada soltaba fruta podrida sobre la banqueta y el olor dulzón se metía por todos lados.

Carmen estaba en la cocina, lavando los trastes. Marisol puso el recibo sobre la mesa.

—¿Qué es eso?

—Me inscribí en el programa de talentos de la radio. Canto el miércoles. Ya pagué los veinticinco dólares.

Carmen secó sus manos con el trapo. Tomó el recibo. Lo leyó. Su boca se movió, pero no salió palabra.

—No me pediste permiso.

Marisol tomó el recibo de la mano de Carmen. Agarró el imán de chile rojo que estaba en el refrigerador y lo clavó contra la puerta, sujetando el papel.

—No lo necesito.

El miércoles, Marisol llegó a la estación a las seis y media. Llevaba un vestido verde oscuro que había comprado en la segundera por siete dólares. Se lo había bañado en perfume de gardenias. Olía tan fuerte que el muchacho del gel se echó para atrás cuando la recibió.

La sala de grabación era pequeña. Las sillas para el público estaban alineadas contra la pared. Había unas ocho personas sentadas. Un señor con gorra de los Cowboys. Dos señoras con bolsas del mandado. Y en la última fila, junto a la puerta, estaba Carmen.

Llevaba su blusa blanca, la que guardaba para misa. Sus manos estaban dobladas sobre el regazo. No dijo nada cuando Marisol la vio.

El locutor anunció por el altavoz:

—¡Y ahora, con ustedes, desde el Segundo Barrio, Marisol Vega!

Marisol se acercó al micrófono. La luz roja de la cámara se encendió. Tomó aire.

En la última fila, Carmen se levantó. No se fue. Se quedó de pie, con los brazos cruzados, mientras la primera nota llenaba la cabina.

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