# La libreta verde que dejó sobre la mesa

Cuando Marisol Ibarra volvió del turno de noche en la lavandería industrial de la calle Alameda, en Santa Ana, encontró a su marido dormido en el sofá con el olor a Marlboro y perfume barato metido en la ropa. Llevaban cuatro años casados. Ella trabajaba doce horas planchando manteles de restaurante; él manejaba una camioneta de reparto para una distribuidora de licores del condado de Orange. Buen sueldo, buenos horarios, y según él, todo derecho.

No fue derecho.

Se llamaba Reynaldo Cepeda, tenía treinta y un años, y desde que lo ascendieron a supervisor de ruta se creía dueño del mundo. Manejaba una Ford Transit blanca con el logo de la compañía, y las meseras del bar donde entregaba pedidos los viernes lo saludaban como si fuera alguien. A Marisol la conoció en una quinceañera de una prima, en Anaheim. Ella no era la más llamativa de la fiesta —vestido sencillo, trenza larga, risa contenida— pero cuando bailaron esa noche, algo en su calma lo tranquilizó. Se casaron ocho meses después, en una iglesia de Santa Ana con quince mesas y un grupo de banda que tocó hasta las dos de la mañana.

La tía Consuelo, que a los ochenta años seguía criando gallinas en su patio de Delhi —el barrio, no el país— fue quien más presionó para esa boda.

—Reynaldo, mijo, tú necesitas una mujer de casa, no de esas que solo saben pintarse la boca —le decía, sirviéndole café de olla en su cocina que olía siempre a canela—. Marisol trabaja, es respetuosa, no anda con chismes. Con esa te va a ir bien.

Y le fue bien, en el sentido en que a Reynaldo nunca le faltó un plato caliente ni una camisa planchada. Tuvieron un hijo, Emilio, que ahora tenía dos años y medio. Marisol cocinaba, cuidaba, trabajaba turno de noche para completar el ingreso, y jamás levantaba la voz. Pero Reynaldo no la quería. La respetaba, tal vez. La necesitaba, seguro. Amor, no.

Entonces llegó Yesenia.

Trabajaba en el bar deportivo que quedaba en su ruta de entregas, sobre la Bristol Street. Uñas largas color coral, blusa siempre un botón de más abierto, risa que se escuchaba desde la calle. Cada vez que Reynaldo entraba con las cajas de cerveza, ella le decía "ahí viene mi cliente favorito" y le tocaba el brazo al recibir la factura. Empezó a inventar pretextos para llegar tarde a casa. Que si se ponchó una llanta, que si el gerente lo detuvo con papeleo. La verdad era que se quedaba en el apartamento de Yesenia, en un complejo de Garden Grove, tomando cerveza Modelo y escuchando cómo ella le decía que estaba desperdiciado con "esa mujer aburrida que solo sabe planchar".

—Déjala, Rey —le susurraba ella, sentada en sus piernas—. Tú te mereces algo mejor. Yo sí sé disfrutar la vida contigo.

Los vecinos del edificio donde vivían Marisol y Reynaldo, cerca del Parque Birch, no tardaron en enterarse. En esa cuadra todo se sabe: quién llega tarde, quién huele a perfume ajeno, quién dejó de usar el anillo. Una noche Reynaldo llegó pasado de tragos, con el cuello de la camisa manchado de labial color coral. Marisol lo esperaba en la puerta del apartamento, con Emilio ya dormido en su cuna.

—Rey, dime la verdad. ¿Es cierto lo que dicen de ti y esa mujer del bar?

—¡Y qué si es cierto! —gritó él, con la lengua pesada por el alcohol—. ¡Estoy harto de vivir contigo como si fuera un convento! ¡Al menos con ella me siento vivo!

La empujó contra el marco de la puerta. Marisol se golpeó el hombro, tragó el dolor, y esa misma noche empacó una maleta pequeña mientras Reynaldo roncaba en el sofá. A la mañana siguiente, cuando él despertó con la boca seca y la cabeza partida, encontró la casa vacía y una nota sobre la mesa de la cocina, escrita con la letra pareja de Marisol: *"Esto no te lo voy a perdonar. Me llevo a Emilio a la casa de mi mamá."*

Reynaldo se rio solo en la cocina vacía. Pensó que era libertad. Esa misma tarde llevó sus cosas al apartamento de Yesenia.

La tía Consuelo, cuando se enteró, lo corrió de su casa con la escoba en la mano.

—¡Tarado! ¡Cambiaste el oro por hojalata! —le gritó desde el porche, mientras él se subía a la Transit—. ¡Vas a volver arrastrándote, y ya va a ser tarde!

Al principio, con Yesenia, todo era fiesta. Salían a los bares de Anaheim los viernes, ella se compraba ropa con la tarjeta de él, la casa siempre olía a incienso y nunca a comida. Pero después de ocho meses, Reynaldo empezó a cansarse de llegar y no encontrar ni un plato limpio. Yesenia dormía hasta el mediodía, dejaba la ropa sucia amontonada, y cuando él reclamaba, ella contestaba con la misma frase: "Yo no soy tu empleada, lávatela tú."

Pasó casi un año. Una tarde de viernes, su supervisor lo dejó salir temprano. Reynaldo, contento, compró una caja de chocolates en un Walgreens y manejó directo al apartamento de Garden Grove. La puerta estaba cerrada con seguro por dentro. Tocó, nadie respondió. Insistió, empujó con el hombro. Por fin Yesenia abrió, la bata a medio cerrar, el pelo revuelto.

—¿Por qué tocas así? —le reclamó, molesta.

Reynaldo entró y se quedó parado en el umbral. Sobre la cama, con las botas puestas y un cigarro encendido, estaba un hombre robusto con chaqueta de cuero: el distribuidor regional que supervisaba las cuentas de la zona.

—Rey, no hagas drama —dijo ella, abotonándose la bata sin apuro—. Es Marco. Me va a llevar a manejar la sucursal de Riverside. Ya empaqué tus cosas, están en esa bolsa junto a la puerta. Eres buen muchacho, pero yo necesito algo más grande que esto.

El hombre en la cama ni se movió. Solo sopló el humo hacia el techo y sonrió de lado.

Reynaldo pasó los siguientes dos meses bebiendo. Faltó tanto al trabajo que casi lo despiden; solo el respeto que le tenían a la tía Consuelo en la empresa —su difunto esposo había trabajado ahí treinta años— evitó que lo corrieran. Se sentaba solo en el apartamento vacío, con la Transit estacionada afuera y la tele encendida sin que la viera, repasando cada decisión que lo había traído hasta ahí. Había cambiado una casa con comida caliente y un hijo que lo esperaba en la puerta por una mentira con perfume de farmacia.

Fue a buscar a la tía Consuelo, se sentó en su cocina y le rogó que le diera la dirección de Marisol. La vieja lo miró un largo rato, removiendo su café, y negó con la cabeza.

—No tengo esa dirección para ti, Reynaldo. Marisol está rehaciendo su vida. Ya se casó de nuevo. Un hombre bueno, trabajador. No es cosa tuya andar removiendo eso.

Reynaldo no le creyó. Pensó que la tía lo decía para castigarlo. "Ella me quería —se repetía—. No se enamora de otro en un año. Voy, le pido perdón de rodillas, y va a entender."

A través de un compañero de reparto que conocía a la familia de Marisol, averiguó que se había mudado a Moreno Valley, en el condado de Riverside. Un sábado por la mañana manejó hora y media por la 91 hasta llegar. Encontró la calle, una casa de estuco color arena con un jardín cuidado y una bandera de los Dodgers colgando en el porche. Estacionó la Transit dos casas más allá, detrás de una jacaranda en flor, y esperó.

Cerca del mediodía llegó una camioneta Silverado nueva. Bajó un hombre alto, de hombros anchos, con la camisa de trabajo remangada —parecía capataz de construcción o algo así. Rodeó el vehículo y abrió la puerta del copiloto. Bajó Marisol.

Reynaldo sintió que se le cortaba la respiración. No era la misma mujer. Llevaba un vestido de verano estampado, el pelo suelto y con volumen, y una expresión que él nunca le había visto: la cara de alguien feliz de verdad. El hombre le dijo algo al oído, ella soltó una carcajada y lo abrazó por la cintura. Él la sostuvo con cuidado, casi con reverencia, y le dio un beso corto.

En eso, la puerta trasera de la Silverado se abrió y salió corriendo Emilio, ya no un bebé sino un niño de pantalón corto y tenis con luces.

—¡Papá Ismael, mira el saltamontes que encontré! —gritó, corriendo hacia el hombre.

El hombre lo levantó en el aire, lo hizo girar, y el niño se reía con esa confianza absoluta de quien nunca ha dudado de que ese abrazo lo va a sostener. Era la misma confianza con la que alguna vez había abrazado a Reynaldo.

El hombre bajó al niño, tomó a Marisol de la cintura otra vez, y los tres caminaron hacia la casa conversando de algo que Reynaldo no podría escuchar jamás. Se quedó ahí, con las manos aferradas al volante, los ojos ardiendo. Giró la llave, arrancó el motor, y se fue sin mirar atrás.

Pasaron cuatro meses. Reynaldo dejó el trabajo de reparto —no soportaba manejar por esas mismas calles— y consiguió turno de bodega en un almacén de Ontario, lejos de todo lo conocido. Una tarde de domingo, sin avisar, se apareció en la casa de la tía Consuelo con una carpeta azul bajo el brazo. Adentro llevaba los papeles del único bien que aún tenía a su nombre: media hectárea de terreno en Delhi que había heredado de su padre, tasada en cuarenta y ocho mil dólares. El terreno donde alguna vez pensó construir la casa que nunca construyó con Marisol.

—Tía, necesito que le hagas llegar esto a Marisol —dijo, poniendo la carpeta sobre la mesa de la cocina—. Es la escritura del terreno. Lo puse a nombre de Emilio. Un fideicomiso, me lo armó un abogado en Santa Ana. Cuando cumpla dieciocho, es suyo. No es para comprar perdón. Es lo único de valor que tengo, y él tiene más derecho que yo a tenerlo.

La tía Consuelo abrió la carpeta despacio, leyó los papeles con los lentes en la punta de la nariz, y por primera vez en meses no lo regañó.

—Se lo voy a hacer llegar —dijo solamente.

Marisol nunca lo llamó para agradecer, ni para reclamar. Tres semanas después, un sobre certificado llegó al apartamento de Ontario: era la confirmación notarial de que el fideicomiso había sido aceptado a nombre de Emilio Cepeda Ibarra, con Ismael como tutor administrador temporal hasta la mayoría de edad del niño. Reynaldo leyó el documento sentado en el borde de la cama, sin muebles alrededor, con la ventana abierta y el ruido de la 60 a lo lejos. No lloró. Dobló el papel, lo guardó en la carpeta, y la puso en el cajón de arriba, donde solo él sabía que estaba.

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# La libreta verde que dejó sobre la mesa