A mi Yadiel casi se le sale el corazón por la boca aquella noche. Y eso que el muchacho venía ensayando el discurso desde hacía tres días, mientras despachaba los pedidos en la ferretería de su tío en la Calle Ocho.
Lo conozco desde que andaba en pañales. Tímido como él solo, de esos que se ponen colorados si una muchacha los saluda muy efusivo. Por eso, cuando me dijo que por fin le iba a pedir matrimonio a su novia Camila, yo no sabía si felicitarlo o darle un té de tilo para los nervios.
Había ahorrado once meses, desde que empezó a trabajar horas extra los sábados. No es que le sobrara, con lo que cuesta un apartamento en Hialeah, que ya ni los efficiencies se consiguen por menos de mil cuatrocientos al mes. Pero el hombre estaba empeñado en hacer las cosas bien.
Compró un anillo de esos que se ven bonitos sin que te dejen sin comer. Oro de diez quilates, con una circonita pequeña pero que tiraba unos destellos lindísimos cuando le daba la luz. Le salió en cuatrocientos treinta dólares, lo vi con mis propios ojos cuando me lo enseñó detrás del mostrador, con una cara de ilusión que ni un niño con juguete nuevo.
El plan era cenar en un restaurante cubano por la Pequeña Habana, de esos que tienen ventana a la calle y te cobran doce dólares por un plato de ropa vieja. Después, llevarla al puente. No cualquier puente: el puente levadizo que cruza el río Miami, ese que se abre para que pasen las lanchas y de noche se ilumina con unas luces que parecen de feria.
— Ahí mismito, me dijo —. Con las luces reflejadas en el agua. Ella se va a caer para atrás.
Camila, mientras tanto, se había gastado lo que no tenía en un vestido. Se fue con la hermana a un salón en Doral, que la peinaron y la maquillaron como para quinceañera. La pobre se presentó al restaurante hecha un veinticinco de diciembre, oliendo a perfume caro, convencida de que el anillo venía con el café.
Y el café vino. Y el flan vino. Y Yadiel no soltó prenda.
A Camila se le notaba en la cara. Le daba vuelta a la cucharita, miraba el celular, se reacomodaba el pelo que ni un hilo de ese peinado se movía. Él, con la caja del anillo quemándole el bolsillo y un nudo en la garganta que no lo dejaba ni hablar.
Cuando salieron del restaurante, Camila iba callada. De ese silencio que pesa más que un grito.
— ¿Vamos a dar una vuelta por el puente? — soltó él, con una voz que le salió como de carajito pidiendo permiso.
— Como quieras — contestó ella, con una cosa plana en la voz que le desinfló el alma al pobre.
Y ahí va Yadiel manejando su Honda del 2005, ese que no tiene aire acondicionado y en agosto en Miami es un horno con ruedas. Repitiéndose por dentro: «Camila, tú eres lo mejor que me ha pasado…» No. «Mi vida, desde que te conocí…». No. El pobre iba hecho un desastre.
Los puentes de Miami no son para detenerse. Pero hay unos entrantes, de esos que le dicen pull-off, para emergencias. Ahí paró. Se bajaron. Camila se recostó en la baranda, mirando el agua oscura, con los bracitos cruzados.
Yadiel respiró hondo. Metió la mano al bolsillo. Sacó la cajita de cuero color vino, le dio vuelta a la tapa, se hincó.
Camila sintió el movimiento y se volteó.
Y entonces — que me perdone el muchacho, pero yo no lo puedo contar sin reírme —, entonces ella se abalanzó a abrazarlo con la felicidad espantada que traía, le dio sin querer en la mano con el codo, y el anillo salió volando.
Dio un bote contra el cemento.
Rebotó.
Y rodó, rodó, rodó, hasta que se escurrió por el borde y cayó al río.
Yadiel se lanzó a agarrarlo y Camila alcanzó a sujetarlo por la camisa, porque si no, ese hombre se tira de cabeza al río Miami, que yo no sé si usted sabe, pero ahí no se mete nadie que quiera seguir vivo.
Se quedaron los dos de rodillas en el puente, mirando el agua.
Yadiel se echó a llorar. Así como lo oye, llorando como un muchacho al que se le perdió la pelota.
Camila lo abrazó, le secó la cara con las manos, le decía que no importaba, que compraban otro, que el anillo era lo de menos. Y yo la creo. Pero cuando una mujer ha ido al salón y se ha puesto un vestido nuevo para que le pidan matrimonio, y el anillo acaba en el fondo del río… algo se le rompe a una por dentro.
Aunque no lo diga.
A la mañana siguiente, Yadiel estaba en la ferretería, callado como un muerto, despachando tornillos sin verle la cara a nadie. Yo le dije que se quedara en casa, pero él insistió. Hay hombres que prefieren trabajar para no pensar.
Y a eso de las once, me suena el celular.
Era Camila.
— Titi — me dijo, y se le notaba la risa atragantada —, vení a casa de Yadiel. Para ahorita. Te juro que no es paja.
Cuando uno escucha a una muchacha así, deja el café y arranca.
Vivo a quince minutos, llegué en diez.
Frente al apartamento de Yadiel, en el segundo piso de un edificio viejo en Hialeah, estaba Camila agachada en la acera. Y frente a ella, sentado con una paciencia de santo, había un gato. Flaco, gris, con una oreja doblada y un collar de pulgas.
Y en la boca, el gato tenía el anillo.
El mismito. Yo lo hubiera reconocido en una fila de cien. La circonita brillándole entre los dientes al animal, que la soltó en la mano de Camila como si la estuviera esperando desde hacía una hora.
Yadiel bajó corriendo cuando Camila lo llamó gritando. Se quedó tieso. Agarró el anillo, lo miró, lo olió — el pobre, qué se iba a ganar con olerlo — y se echó a reír.
De esa risa que sale cuando ya no te quedan lágrimas.
Levantó al gato en los brazos, sin importarle las pulgas, y le dijo:
— Mijo, tú no sabes lo que has hecho por mí.
Y el gato puso esa cara que ponen los gatos, de que sí saben, de que lo saben todo, de que ellos lo planearon desde antes de que tú nacieras.
Casaron a los cinco meses. El gato, que ahora se llama Puente, se la pasa durmiendo en la cama y pesa como quince libras de tanto comer pollo asado.
Y aquí viene lo que me tiene loca a mí, lo que no le he contado a nadie porque dirían que son inventos de vieja.
Yo iba manejando por el barrio la otra tarde, por la calle donde vive Yadiel. Y en la ventana del apartamento estaba Puente, al lado de un plato de croquetas, y al lado del plato, una urraca así de grande, de esas que hay por todos lados en la Florida.
Aleteando y comiendo tan tranquila.
Y yo me acordé. Yo vi una urraca volando por el puente esa noche, esa noche mismito. Yo venía de visitar a mi comadre en Brickell y pasé por ahí a esa hora, y vi el resplandor de luces, y vi la urraca.
No le dije nada a nadie, claro. Porque hay cosas que una piensa y se las calla, para no buscarse problemas.
Pero el gato salió de la nada, y el anillo salió del fondo del río, y la urraca come croquetas en la ventana.
Y a mí que no me vengan a decir que fue el gato. No joda.












