La cartera manchada

Valeria se sentó en el borde de la reposera junto a la piscina infinita del resort en Scottsdale. El cielo de Arizona ardía en tonos naranjas y violetas. Se ajustó el pareo blanco y acomodó con cuidado su cartera de piel color crema, recién comprada en Fashion Square antes del viaje. Ese era su ritual desde que llegó: después de la cena, bajaba al área de la piscina con alguna prenda nueva. “¿Dónde más voy a estrenar lo que compro?”, le había dicho a una señora de Houston el primer día, y la otra asintió con complicidad.

Sintió que alguien se acercaba sin necesidad de voltear. Eduardo llevaba tres días buscándola con la mirada en el buffet del desayuno y en la cata de vinos del atardecer. Pantalón de lino impecable, camisa celeste de botones de nácar y el cabello entrecano peinado hacia atrás como un galán de telenovela. Olía a sándalo y a algo que Valeria no supo identificar, pero que le recordó a los lobbys de los hoteles caros.

—¿Puedo compartir este silencio contigo? —dijo él, con una voz que parecía ensayada frente al espejo.

Valeria sonrió. Le gustó la frase. No era el típico “¿estás sola?” que ya le había espantado a dos jubilados de Wisconsin. Eduardo se sentó en la reposera de al lado, giró el torso hacia ella y la envolvió con esa atención que las mujeres saben reconocer cuando un hombre ya decidió que le gustas.

—Ayer te esperé en la clase de salsa —dijo él, rozándole apenas la muñeca con los dedos—. Pensé que íbamos a bailar.

—Salí a caminar por el sendero de los cactus —respondió Valeria—. El atardecer estaba precioso. No quería encerrarme.

—Entonces esta noche te llevo yo. Conozco un mirador al otro lado del campo de golf. Se ven todas las estrellas. Llevo una semana queriendo compartirlo con alguien… y ya encontré con quién.

Valeria sintió las yemas de Eduardo sobre su pulso y un hormigueo que no sentía desde los veinte años. Se miraron. Él tenía los ojos color miel y una cicatriz minúscula sobre la ceja izquierda que le daba un aire interesante. “Es solo una caminata”, pensó ella. “En un resort lleno de gente, con senderos iluminados. Nada de qué preocuparse. Además, sola es aburrido”.

—Vamos ahora —insistió Eduardo poniéndose de pie y ofreciéndole la mano con la palma hacia arriba—. Caminamos un rato, nos contamos la vida, y luego te invito un mezcal en el bar del lobby.

Valeria tomó su cartera y se incorporó sin pensarlo demasiado. Caminaron cinco, seis, siete pasos por el borde de la piscina. Ella hizo un gesto distraído con el brazo —un ademán de niña chiquita, como cuando explicaba algo con las manos— y la cartera se le escapó de los dedos.

El golpe fue mudo. La piel color crema cayó justo sobre un charco de agua turbia que se había formado junto al drenaje, una mezcla de cloro, polvo del desierto y los restos de un cóctel de mango que alguien derramó antes. Valeria soltó un gritito ahogado. El contraste era brutal: su cartera nueva, impecable, manchada como un trapo sucio.

—No pasó nada, ahora la limpiamos —dijo Eduardo inclinándose para recogerla.

Pero las manchas ya se habían impregnado en las costuras. Valeria talló con una servilleta de papel que traía en el bolsillo del pareo. Solo consiguió que las rayas grises se extendieran, como venitas sucias sobre la superficie clara.

—Voy a subir al cuarto a lavarla bien —dijo ella, con un tono más seco de lo que pretendía.

—Te espero aquí. A las nueve en el mismo lugar. ¿Trato?

Ella asintió sin mirarlo y caminó rápido hacia el elevador, sosteniendo la cartera lejos del cuerpo, como si se hubiera convertido en algo ajeno y un poco asqueroso.

Ya en la habitación, Valeria talló la piel con una toalla húmeda, con jabón líquido, incluso con un poquito de crema de manos para ver si el cuero recuperaba el tono original. La mugre visible desapareció, pero la cartera ya no era la misma. Había perdido ese lustre de estreno. Le recordó a esos zapatos blancos de lona que tienes que meter a la lavadora y que jamás vuelven a ser lo que fueron, aunque todo el mundo te diga que se ven bien.

Se sentó en la cama con la cartera en el regazo y sintió un malestar raro, un picor en el pecho que no venía del percance con el charco. Era otra cosa.

El teléfono vibró sobre la mesa de noche. Facetime. El rostro de Camila, su hija de nueve años, apareció en la pantalla con el ceño fruncido.

—Mami, Santiago se metió a mi cuarto y está usando mis marcadores y papá dice que los comparta pero son MIS marcadores nuevos, los que tú me trajiste de Michael’s, y además el abuelo trajo a Lola y Lola se hizo pipí en el tapete de la sala y papá dice que no sabe dónde está el limpiador ese de manchas—

Una pausa para tomar aire. Detrás se escuchaban ladridos y la voz grave de Mateo, su esposo, pidiéndole a su propio padre que por favor sacara a la perrita al jardín.

—Mi amor, pásame a papá —dijo Valeria conteniendo la risa.

La cara de Mateo ocupó la pantalla. Tenía una mancha de harina en la mejilla izquierda.

—Mi reina, tranquila, todo bajo control. Los niños están haciendo galletas con el abuelo y yo solo quería recordarte que te amo y que este relajo no es nada sin ti.

—Dijiste que no ibas a meter harina en mi cocina, Mateo.

—Dije que no iba a meter harina y mira. Incumplí. Castígame cuando vuelvas. ¿Cuánto te queda? ¿Tres días?

—Dos. El sábado tomo el vuelo de regreso a Chicago.

—¿Quieres que vaya por ti al aeropuerto? Porque puedo pedirle a mi papá que se quede con los niños y—

—Sí. Ve por mí. Te mando el itinerario.

Colgaron. Valeria se quedó mirando la pantalla en negro. En el reflejo vio su propia cara y, detrás, la cartera color crema sobre la cama. Volteó a observarla. Seguía manchada —no de mugre, sino de uso, de realidad. Y de pronto entendió el picor en el pecho.

Eduardo, el mirador, la caminata bajo las estrellas, la copa de mezcal… todo le pareció idéntico a ese charco junto a la piscina. Algo que se veía inofensivo y hasta bonito desde lejos, pero que al contacto dejaba una marca difícil de explicar. La suciedad no estaba en la cartera, sino en lo que estaba a punto de hacer con su vida por un puñado de frases bonitas y unos ojos color miel.

Agarró el teléfono y marcó la extensión del spa. Reservó un masaje para las nueve de la noche. La misma hora exacta en que Eduardo la estaría esperando junto a la reposera.

Bajó al restaurante del hotel poco antes de que cerraran, pidió una copa de sauvignon blanc y se sentó sola frente a la chimenea de gas. Se quedó viendo las llamas azules y naranjas danzando sobre las piedras artificiales, y pensó en Mateo haciendo galletas con los niños, en la sala de su casa de Oak Park oliendo a mantequilla y a crayones, en su hija defendiendo sus marcadores con la misma furia con que ella defendía ahora la distancia entre una tontería y una catástrofe.

El mesero se acercó para preguntarle si deseaba algo más. Valeria negó con la cabeza. Sacó la cartera de la bolsa de tela para pagar la cuenta. Ahí seguía la mancha, sí, pero ahora la vio distinta. Era solo una cartera de piel que había vivido un percance. Nada grave. Se echó el asa al hombro y sintió el peso habitual, el peso de lo conocido.

Subió a su habitación, abrió la maleta y metió la cartera junto al resto de su ropa. El sábado Mateo la estaría esperando en la terminal de O’Hare con un café del Dunkin’ en la mano y esa sonrisa torcida que se le formaba cada vez que la veía aparecer entre la multitud.

Le escribió un mensaje corto: “Ya tengo ganas de estar en casa. Te amo. P.D.: te llevo un regalo de Arizona, pero no es una cartera nueva.”

Apagó la luz y se durmió sin soñar con nadie más.

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La cartera manchada