El hombre que fui ya no existe

Mira, yo sé lo que van a pensar de mí. Lo sé porque yo mismo me lo he repetido cada noche durante meses, mirando el ventilador del techo dar vueltas en la oscuridad. Pero las cosas nunca son tan simples como las cuentan.

Trabajaba en una planta empacadora de carne en Garden City, Kansas. Turnos de doce horas, seis días a la semana. Llegaba a casa oliendo a vísceras y desinfectante industrial, con las botas manchadas de sangre que ya ni intentaba limpiar. Elena, mi esposa, siempre me dejaba una toalla limpia junto a la lavadora. No quería que yo subiera así al cuarto.

Ocho años llevábamos juntos. Y de repente el diagnóstico, los análisis, la palabra que nadie quiere pronunciar. Linfoma. Estadio tres.

Los primeros meses estuve ahí. Falté al trabajo, pedí adelantos, me gasté lo que no teníamos en copagos y medicamentos. Me sentaba en esa sala fría del centro oncológico de Wichita, con olor a alcohol y a miedo, viendo cómo el goteo entraba en su brazo. Ella me apretaba la mano y yo le decía que todo iba a salir bien, que esto era un bache, que nosotros éramos más fuertes.

Pero nadie te dice lo que el cáncer hace con el que se queda sano. Nadie te prepara para las tres de la mañana, cuando ella vomita por quinta vez y tú ya no sabes qué decir. Para las cuentas que se amontonan en el buró. Para ese silencio que se instala en la casa como un inquilino que no paga renta y no se va nunca.

Mi madre vive en Phoenix. Setenta y dos años, viuda desde el dos mil dieciséis, con una pensión que apenas le alcanza y una cadera que le duele cuando cambia el tiempo. Me llamó tres semanas antes del Día de Acción de Gracias.

—Mijo, llevo un año juntando. Vendí el juego de sala de tu abuela, el que estaba guardado en el garaje. Conseguí un paquete para Las Vegas, cinco noches en el Bellagio. Quiero que vengas conmigo. Cumplo setenta y tres el veintidós. Tú cumples cuarenta el veintiocho. Serían nuestros dos cumpleaños juntos. Y el Día de Acción de Gracias allá, imagínate.

Se me cerró la garganta. Hacía tres años que no veía a mi madre. Tres años de llamadas de diez minutos los domingos, de «estoy bien, mijo, no te preocupes», de postales de Navidad que llegaban tarde porque ella nunca recordaba el código postal correcto.

—Mamá, Elena está en tratamiento. No puedo dejarla así nomás.

Silencio al otro lado. Luego su voz, más baja:

—Tu esposa tiene a su hermana, tiene amigas, tiene a las enfermeras. Yo solo te tengo a ti. Y no sé cuántos cumpleaños me quedan, mijo. No me hagas pensarlo.

Esa noche se lo planteé a Elena. Estaba recostada en el sofá, con la cobija de tigre que le había tejido su abuela, viendo un reality de cocina. La televisión prendida a las once de la noche porque el dolor no la dejaba dormir.

—Oye, mi mamá me invitó a Las Vegas. Cinco días nomás. Por nuestros cumpleaños. Dice que ya pagó todo, que no se puede cancelar.

Elena apagó el televisor. El silencio en esa sala era como meter la cabeza bajo el agua.

—¿Estás hablando en serio, Ricardo? ¿Me vas a dejar sola con la quimio? ¿En pleno Día de Acción de Gracias?

—No estoy diciendo que sea fácil. Pero es mi mamá, Elena. Tiene setenta y dos años. Vendió los muebles de mi abuela para pagar esto. ¿Cuándo fue la última vez que hicimos algo juntos?

—¿Y cuándo fue la última vez que yo pude comer sin vomitar? ¿O caminar al baño sin que me tiemblen las piernas?

Me levanté. Necesitaba moverme, hacer algo con las manos. Abrí la nevera aunque no sabía qué buscaba. Cerré la nevera. Me apoyé en la barra de la cocina y me quedé viendo las llaves del carro colgadas junto a la puerta.

—Voy a ir —dije, y fue como si alguien más hablara con mi boca—. Son cinco días. Regreso el lunes. Tu hermana puede quedarse contigo.

Elena no gritó. Eso fue lo peor. Si me hubiera gritado, si me hubiera tirado algo, habría sido más fácil. Pero se quedó callada un minuto entero, y luego dijo:

—Si subes a ese avión, Ricardo, no vuelvas.

Me reí. Un bufido, más bien. Nervios. Cansancio.

—No digas cosas que no sientes.

—Lo digo en serio.

Hice la maleta en quince minutos. Metí tres camisas, dos pantalones, el suéter azul marino que ella me había regalado la Navidad pasada. Lo metí sin pensar. Cuando bajé, Elena estaba mirando la ventana. Ni siquiera volteó.

—Regreso el lunes —repetí.

La puerta del garaje sonó como un disparo al cerrarse.

Las Vegas era todo lo que Garden City no: luces, ruido, gente que no sabía quién eras ni le importaba. Mi madre estaba feliz. Se compró un vestido floreado en una tienda del hotel, fuimos a un buffet que costaba cuarenta y siete dólares por persona, jugamos veinte dólares en una máquina de Wheel of Fortune y los perdimos en once minutos.

El jueves, Día de Acción de Gracias, pedimos pavo al room service. Mi madre se durmió a las nueve, con el control remoto en la mano y un programa de concursos en la tele. Yo salí al balcón. Hacía frío para ser el desierto. Miré el teléfono. Ningún mensaje de Elena. Le escribí: «Feliz Día de Acción de Gracias. ¿Cómo estás?». No respondió. Tampoco esperaba que lo hiciera.

El viernes todo se fue al carajo.

Estábamos desayunando en el café de la planta baja cuando empezaron a sonar las alertas en todos los celulares al mismo tiempo, ese pitido agudo que te hiela la sangre. Tormenta severa. Vientos de hasta ochenta millas por hora. Inundaciones repentinas. Luego el anuncio por el altavoz del hotel: evacuación inmediata del ala norte.

La gente corría. Mi madre se tropezó con la alfombra del lobby y yo la levanté casi a rastras. Perdimos las maletas. Perdí la cartera con mis tarjetas, mi identificación, todo. El agua entraba por el estacionamiento subterráneo como si alguien hubiera abierto una llave gigante. Vi un Honda Accord flotando. Flotando. En un estacionamiento.

Pasamos la noche en un refugio de la Cruz Roja, en un gimnasio de preparatoria que olía a sudor y a cloro. Mi madre tiritaba debajo de una manta térmica plateada. Yo tenía puesta la misma ropa desde el jueves. El suéter azul marino, el que Elena me había regalado, estaba empapado y apestaba a agua estancada.

Tardé dos días en conseguir un teléfono. El mío se había ido con la cartera. Cuando finalmente pude llamar, eran las seis de la mañana. Elena contestó al tercer timbre.

—¿Sí?

Su voz sonaba rara. Más fuerte. Como si hubiera dormido bien.

—Elena, soy yo. Estamos en un refugio. La tormenta se llevó todo, las tarjetas, el dinero, no tenemos cómo regresar. El seguro no cubre desastres naturales, dice el hotel. Mamá está muy asustada. Necesito que me mandes algo, lo que puedas. Para dos boletos de Greyhound aunque sea. En cuanto llegue te pago, te lo juro.

Silencio.

—Elena, ¿me escuchaste?

—Te escuché.

—¿Y?

—¿Te acuerdas de lo que te dije antes de que te fueras?

Se me encogió el estómago.

—No es momento para eso. Estoy hablando en serio. Estamos varados. Mi mamá no aguanta otra noche aquí.

—Cuando me dijiste que ibas a ir, yo estaba en la tercera ronda de quimioterapia. ¿Sabes lo que es la tercera ronda, Ricardo? Es cuando el cuerpo ya no puede fingir que está bien. Cuando las llagas en la boca no te dejan tragar tu propia saliva. Tu hermana se quedó conmigo el miércoles. El jueves, Día de Acción de Gracias, me pasé la tarde en urgencias porque la fiebre me subió a 103. Y tú estabas en un buffet de cuarenta y siete dólares celebrando con tu mamá.

—Elena, por favor…

—No. Ya no. Tú tomaste tu decisión. Ahora yo tomo la mía. Buena suerte, Ricardo.

Colgó.

Me quedé con el teléfono en la mano, parado en el pasillo del refugio, escuchando el zumbido de los generadores. Una trabajadora social de la Cruz Roja se me acercó para preguntarme si necesitaba algo. No supe qué responder.

Conseguimos regresar en un autobús que tardó veintiocho horas, haciendo escalas en Albuquerque, Amarillo, Oklahoma City. Mi madre no habló en todo el viaje. Miraba por la ventana y se apretaba las manos una contra otra. Yo tampoco hablé. ¿Qué iba a decir?

Cuando llegué a Garden City, la casa estaba vacía. Las llaves puestas en la barra de la cocina. El perro de la vecina ladrando al otro lado de la cerca. En el refrigerador encontré un tupper con lasaña, de la hermana de Elena, con una etiqueta que decía «para cuando regrese del tratamiento». Eso fue lo que me rompió. No la tormenta. No el refugio. Una etiqueta en un tupper.

Los papeles del divorcio llegaron tres semanas después. Los firmé encima de la lavadora, con la misma pluma que Elena usaba para anotar sus medicamentos. Ahora la casa está en silencio todo el tiempo. Mi madre volvió a Phoenix y nuestras llamadas de los domingos duran ahora siete minutos en vez de diez.

Ayer me enteré de que Elena terminó el tratamiento. Una amiga en común puso algo en Facebook. Remisión completa. La foto era de ella con su hermana, en el lago Scott, sosteniendo una trucha. Se veía bien. Tenía puesto un gorro de lana color mostaza y se estaba riendo.

Guardé la foto en el teléfono. No sé por qué.

El ventilador del techo sigue dando vueltas.

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El hombre que fui ya no existe