# La bacteria que se comió el uranio del agua de Tucson

No soy científica. Trabajo en una oficina del condado en Tucson, Arizona, y mi trabajo consiste en revisar expedientes de pozos de agua. Llevo once años haciendo lo mismo: abrir carpetas, verificar coordenadas, sellar formularios. Nunca pensé que una bacteria me haría llorar frente a mi computadora un martes a las nueve y cuarenta de la mañana.

La historia empieza con un pozo sellado en el lado sur de la ciudad, cerca de la base aérea. En los años ochenta, una empresa de galvanizado vertió solventes y metales pesados en el acuífero. Lo negaron durante décadas. Pagaron multas pequeñas. La gente del barrio siguió regando sus árboles de limón con agua que olía a monedas viejas.

Cuando llegué a esta oficina en 2019, el expediente del pozo ya tenía tres carpetas gruesas. Lo abrí porque una señora llamada Carmen Delgado pidió una copia para una reunión comunitaria. Su nieta había nacido con problemas de tiroides. Nadie podía probar que fuera por el agua, pero Carmen llevaba años juntando papeles, mapas, resultados de laboratorio.

Yo le sellé las copias. Le dije que buena suerte. Y me olvidé del asunto hasta que el condado anunció un programa piloto de biorremediación.

La propuesta era sencilla sobre el papel: inyectar glicerol en el agua subterránea para alimentar bacterias nativas. Unas bacterias que, según el estudio que llegó a mi escritorio, transforman el uranio soluble en un mineral estable. Lo leí dos veces porque no lo creía. Ciento treinta días. Noventa y cinco por ciento del uranio disuelto eliminado. Sin lodos tóxicos secundarios, sin plantas de tratamiento carísimas, sin camiones cisterna.

El problema era el dinero. El programa costaba dos millones ochocientos mil dólares. El condado tenía un déficit de diecisiete millones. En la reunión del presupuesto, el supervisor del distrito tres —un hombre que vive en un residencial con campo de golf— dijo que el agua de Tucson no era prioridad porque "la gente ya toma agua embotellada".

Carmen estaba en esa reunión. La vi desde la mesa donde yo tomaba notas. Llevaba una carpeta roja con etiquetas de colores y no dijo nada durante tres horas. Cuando le dieron la palabra, no gritó. Sacó un mapa y lo desplegó sobre la mesa del concejo. Eran diecisiete manzanas marcadas con puntos rojos, cada punto un niño enfermo, un adulto con cáncer, una mujer con problemas renales.

—Con el debido respeto —dijo—, los embotellados cuestan seis dólares el garrafón y mi vecina no tiene para la luz.

El supervisor miró su reloj. Yo anoté la hora: 16:52.

Esa noche no dormí. Al día siguiente fui al archivo y saqué todos los documentos del pozo. Los puse en orden cronológico sobre mi mesa. Eran las cuatro y media de la tarde cuando encontré el informe que los ingenieros del condado habían enterrado en 1992: los niveles de uranio superaban treinta veces el límite federal. No era una sorpresa. Lo que me heló el café fue un papel adjunto, una carta de la empresa de galvanizado ofreciendo pagar "voluntariamente" cien mil dólares para financiar estudios de monitoreo "sin que ello implique responsabilidad legal alguna".

Cien mil. Eso ofrecían. Por un acuífero envenenado para siempre.

Guardé la carta en mi bolso. No estaba permitido sacar documentos originales, pero tampoco estaba permitido lo que hicieron ellos.

La siguiente reunión del concejo fue un jueves por la noche. Carmen llevaba su carpeta roja, más gruesa. Yo me senté a su lado. El supervisor del distrito tres propuso aplazar la decisión del programa piloto hasta "terminar un estudio de impacto fiscal". La palabra "aplazar" cayó en la sala como una moneda en un pozo vacío.

Entonces me puse de pie.

—Tengo un documento que este concejo debería ver —dije.

La copia de la carta pasó de mano en mano. El silencio duró lo que tarda un semáforo en cambiar en la avenida Speedway. Cuando el secretario terminó de leerla, Carmen se volvió hacia la sala y dijo:

—Señores, no pedimos justicia desde 1985. Pedimos agua.

El supervisor intentó calmar las cosas. Habló de "procesos", de "responsabilidad fiscal", de "no apresurarse". Yo no dije nada más. Saqué del bolso un informe impreso del estudio de Nature Communications —la investigación de la bacteria que come uranio— y lo puse encima de su carpeta.

—Dos millones ochocientos mil —dije—. Ciento treinta días para bajar el uranio un noventa y cinco por ciento. Los números ya están hechos.

La votación fue cuatro a uno.

Tres meses después, los camiones con glicerol llegaron al lote baldío donde estaba la boca del pozo. Carmen y yo estábamos ahí, con café de tienda y unos panes dulces que trajo una vecina. Los técnicos abrieron las válvulas. Un olor dulce, como a jarabe para la tos, se quedó flotando en el aire de la mañana.

El programa terminó en noviembre. La empresa de biorremediación presentó su informe final ante el concejo el mes pasado: el noventa y tres por ciento del uranio disuelto quedó atrapado en forma de mineral sólido. El agua del pozo, después de cuarenta años, cumplió por fin con la norma federal de agua potable.

Carmen lloró en el estacionamiento. Yo no supe qué hacer con las manos, así que abrí la puerta de mi camioneta y le di un vaso de agua de mi botella.

—Toma —le dije—. Ahora sí.

Ella se rió y lloró al mismo tiempo, y me dijo:

—Hija, esta sabe distinta.

Yo no sé de sabores de agua. Lo que sé es esto: en mi escritorio, justo debajo del vidrio, tengo ahora la copia de la carta que ofrecía cien mil dólares a cambio de silencio. Y encima, grapada, una foto que tomé ese jueves en la noche: Carmen Delgado con su carpeta roja abierta sobre la mesa del concejo, señalando los puntos rojos del mapa.

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