El día que Duque dejó de esperar

El primer viaje fue por una caja de galletas de mantequilla de maní. Marisela no pensaba adoptar nada: tenía sesenta y tres años, una cadera que le dolía con el frío y un apartamento de una recámara en el Westside de San Antonio, frente a un lavado de autos que nunca cerraba. Pero el martes a las nueve de la noche, mientras la televisión pasaba un comercial de una troca RAM con descuentos del Día del Trabajo, su teléfono vibró. Un video de Facebook: un pitbull pardo en un cubículo de concreto, con un letrero que decía 257 días en el refugio. Debajo, una lista: mantequilla de maní sin xilitol, Pupperoni, Milk-Bones y queso en aerosol. Necesito sacarlo de ahí, pensó, y se rio sola porque ni siquiera sabía qué era el queso en aerosol.

El miércoles se levantó a las seis. En el Walmart de la Culebra Road agarró tres frascos de mantequilla de maní de marca genérica, $3.48 cada uno, y un paquete de Pupperoni que olía a pimienta y carne sintética. La fila de self-checkout estaba llena de mujeres en pijamas de licra. Marisela pagó en efectivo, contando las monedas sobre la máquina, y guardó el recibo en el monedero de cuero que le había regalado su esposo antes de morir. Tres años y ese monedero seguía oliendo a la colonia que él usaba para ir a misa de medianoche.

El refugio quedaba en una calle ancha, junto a una bodega de llantas Goodyear. Adentro olía a cloro y a pelo mojado, y el aire acondicionado roncaba como un refrigerador viejo. Marisela dejó las bolsas en la mesa de donaciones, firmó una planilla que le puso una voluntaria con gafas rayadas, y se quedó parada frente al pasillo C. El piso brillaba de tan limpio, pero las jaulas eran de bloc y malla. En la número catorce, un animal sin raza exacta estaba acostado de lado. No levantó las orejas cuando ella se acercó. Sólo la seguía con los ojos mientras masticaba una cobija roja deshilachada.

—Ese es Duque —dijo la voluntaria, masticando un chicle de canela—. Ya va para los 260 días. Nadie lo ha solicitado formalmente. Dos familias lo devolvieron. Un chico dijo que crecía más de lo que el casero permitía. La otra señora… mejor no te cuento.

—¿Qué le pasó?

—Nada. Dijo que la seguía por toda la casa y que le daba miedo que se le echara encima. Pesaba ochenta libras. Eso no es un animal, decía. Es una responsabilidad.

Marisela no compró nada más esa vez. Dejó las bolsas y se fue en su Corolla 2008, con la ventanilla rota que ella misma parchó con cinta gris. En la radio, un locutor de Tejano 107.5 decía que el calor de septiembre iba a romper récords. La mujer sintió el sol entrándole por el brazo izquierdo y pensó en el peso de ochenta libras moviéndose detrás de una malla.

La segunda vez llevó cuatro frascos de mantequilla y una bolsa de queso en aerosol. No sabía si al perro le gustaba, pero la lista decía que se lo ponían en los huesos de goma para entretenerlo. Duque estaba sentado esta vez, con las patas delanteras estiradas y los ojos color café fijos en el pasillo. Cuando ella puso la bolsa sobre la mesa de donaciones, el animal movió el rabo una sola vez. Como si no quisiera emocionarse.

—¿Siempre está así? —preguntó Marisela.

—Así lo dejó la última semana —dijo un joven con camiseta del refugio y una escoba en la mano—. Antes brincaba. Ahora nomás respira.

Esa noche, Marisela soñó que abría la puerta del apartamento y el perro entraba sin ladrar. Se subía al sofá de cuadros amarillos y se quedaba viendo la cocina, esperando algo. El piso de linóleo crujía bajo sus uñas. Ella se levantó a las tres de la mañana, fue al baño y se quedó sentada en la taza, con la cara entre las manos, hasta que el grifo del lavabo dejó de gotear.

Miguel llamó el domingo. Primero preguntó por la rodilla, luego por la renta, después por los impuestos del auto. Todo en ese orden, como si tuviera una lista.

—¿Y tú qué has hecho, má? —dijo al final.

—Nada, mijo. Voy al refugio.

—¿Al refugio? No me digas que te vas a llevar un perro. Con la artritis y el segundo piso sin elevador. La señora Hernández del 302 se cayó la semana pasada bajando la basura. Imagínate contigo con un animal de ochenta libras jalándote.

—No me lo voy a llevar.

—Pues entonces no vayas. Eso nomás te entristece. Tú necesitas compañía, no problemas. Por qué no te vienes a cenar con nosotros el sábado. Los niños preguntan por ti.

—Voy a ir. Nomás no pongo fecha.

Miguel soltó un suspiro que se oyó como si el teléfono estuviera pegado a su boca. Marisela colgó y se quedó viendo la estufa. Tenía un plato de frijoles refritos de hacía dos días cubierto con papel de estraza. Lo metió al refrigerador sin calentarlo.

El jueves, la voluntaria de las gafas rayadas la interceptó en la puerta.

—Señora Marisela, hay que hablar. Duque está en lista de transferencia. El refugio recibió cuarenta y siete animales de una casa en el lado sur. Van a mandar a los que llevan más de doscientos días a un albergue en Laredo. Allá tienen espacio, pero no los sacan a caminar tanto. Y el perro ya está raro. No come el queso que usted trajo.

—¿Cuándo se lo llevan?

—El lunes. A las seis de la mañana. Ya está todo pagado. La fundación lo manda.

Marisela se apoyó en el marco metálico de la puerta. Detrás de ella, una camioneta blanca con un rótulo de exterminador de plagas pasó tocando el claxon. Olía a gasolina y a flores de un puesto de la esquina. La mujer sintió el teléfono vibrando. Era Miguel. Lo dejó sonar. La voluntaria se le quedó viendo, con el chicle pegado en un diente de enfrente.

—Usted lo ha visitado ocho veces, señora. Eso es más que cualquiera. ¿Por qué no se lo lleva?

—Vivo en un segundo piso. No tengo patio. Y mi hijo dice que soy loca.

—De loca no tiene nada. Tiene miedo, y eso no es lo mismo.

Marisela pasó la noche del viernes en el oxxo de la esquina, comprando un café de la máquina que se había enfriado dos veces. La cajera, una muchacha de nombre Estefanía, le hablaba de su bebé de tres meses, de que lloraba toda la noche y ella no podía dormir. Marisela asentía sin oírla, buscando en el teléfono los papeles de adopción. La luz fluorescente del oxxo parpadeaba cada tres minutos, como un reloj nervioso.

El sábado por la mañana, Marisela se puso su vestido floreado y fue a misa de siete. Se sentó en la última banca, junto a la escultura de San Judas Tadeo que siempre tenía flores frescas. No rezó el rosario. Sólo metió los dedos entre los pliegues del vestido y apretó el recibo de adopción. $125 decía. Ciento veinticinco dólares. Menos de lo que gastó su esposo en el día que se casaron, según contaban.

El lunes llegó con un calor de mil demonios. Marisela estacionó el Corolla en el lugar más sombreado de la calle, junto a una camioneta Ram con una calcomanía de la Virgen de Guadalupe en el vidrio trasero. Cargó su monedero de cuero y una carpeta con cuatro papeles impresos. La tinta de la impresora se había manchado en una esquina, como una huella digital sin dueño.

Adentro, la voluntaria la estaba esperando con un manojo de llaves.

—¿Ya lo habló con su hijo?

—No.

—¿Y si le dice que no puede?

—Le voy a enseñar algo.

Marisela abrió el monedero y sacó un sobre. Adentro venían diez billetes: doce de diez, uno de cinco, y el resto en monedas de un dólar envueltas en papel de estraza, como si fueran para la limosna. La voluntaria contó: $125 exactos.

—Necesito ver un comprobante de domicilio.

Marisela alargó la licencia de conducir, el contrato de renta del apartamento y una factura de gas. La voluntaria lo pasó por un escáner con calcomanías de patitas en la orilla. El aire se llenó con el olor a papel caliente.

En ese momento, el teléfono de Marisela vibró. Miguel. Otra vez. La mujer apretó el costado del teléfono contra su cadera y no respondió.

—Pásele, señora. Duque ya lo notó.

Marisela caminó hacia el pasillo C. El perro estaba de pie, moviendo el rabo tan rápido que se golpeaba las paredes de la jaula. No saltaba. Sólo la esperaba, con los ojos redondos y una cobija roja colgando de la boca.

La voluntaria abrió la malla. Duque salió sin jalar. Se sentó frente a Marisela y le lamió las manos, una por una, como si acabara de reconocerla. La mujer se dobló despacio —no por dolor, sino por costumbre— y le pasó la correa por el cuello. No dijo nada. No lloró. Sólo le acomodó la etiqueta de adopción, un rectángulo verde que decía: Duque — Rescatado el 14 de septiembre.

En la mesa de la entrada, Marisela dejó las bolsas que había traído esa madrugada: cinco frascos de mantequilla de maní, dos paquetes de Pupperoni, una caja de Milk-Bones grandes y dos botes de queso en aerosol sin xilitol. Todo para los que todavía esperaban.

—Gracias —dijo la voluntaria desde el mostrador.

—No me lo agradezca a mí. Agradézcalo a Duque. Él escribió la lista.

Marisela salió al estacionamiento. El sol le pegó en la nuca. Caminó hasta el Corolla y abrió la puerta trasera. Duque brincó sin esfuerzo, como si hubiera estado esperando ese momento desde hacía nueve meses. Se acomodó en el asiento de atrás, con la cabeza de lado y las patas colgando.

Ella se sentó al volante. Arrancó. El motor tosió una vez, como todos los lunes, y luego se estabilizó. En la radio, el locutor de Tejano 107.5 hablaba de una venta de tamales en el mercado. Marisela bajó el volumen y estiró el brazo para tocar al perro con la punta de los dedos. El animal le puso la pata en el hombro y se quedó quieto.

Miguel volvió a llamar. Marisela contestó en altavoz.

—Má, te estuve llamando toda la mañana. ¿Dónde andas?

—Manejando, mijo.

—¿Y dónde vas?

—A la casa. Vengo del refugio.

—Te dije que no fueras. Ya te lo dije. No vas a llenar ese vacío con un perro, má. Esos animales necesitan espacio, y tú…

—Miguel —Marisela miró por el retrovisor. Duque se había dormido, con una pata encima del recibo doblado donde salía la palabra Adoptado—. Ya lo hice. Ciento veinticinco dólares. Su nombre es Duque. Pesa ochenta libras y esta noche va a dormir en mi sofá.

Del otro lado hubo un silencio largo, tan largo que Marisela pudo oír los neumáticos del tráiler que pasaba junto a ella por la I-35.

—Má… ¿estás loca?

—No, mijo. Estoy en paz. Mañana te mando una foto.

Colgó. El Corolla tomó la salida hacia Culebra Road. Del otro lado de la ventanilla rota, el viento movía un pedazo de cinta gris como una bandera pequeña. Duque abrió los ojos, se estiró, y volvió a dormirse con el hocico apoyado en el respaldo del asiento. Marisela no le subió al aire acondicionado: quería sentir el calor, el ruido, el peso vivo de ochenta libras respirando detrás de ella. Por primera vez en tres años, el apartamento no le parecía demasiado grande.

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El día que Duque dejó de esperar