El cheque de cuarenta mil dólares

La primera vez que vi a Patricia Fuentes fue un martes, a las siete y veinte de la mañana. Yo estaba en la cafetería del Houston Methodist, removiendo un café aguado. Ella pasó por el pasillo con su bata blanca, el cabello recogido en un moño tirante, zapatos de tacón que sonaban como monedas cayendo al suelo. Nadie la saludó. Las enfermeras se hicieron a un lado y una residente se agachó a amarrarse los zapatos para no cruzar miradas con ella.

Así la conocí. Bueno, así la vi.

A Patricia le hacían fama de muchas cosas: que había enviudado de un marine en Irak, que un amante le rompió el corazón, que se acostaba con el jefe de cirugía. Yo nunca supe cuál era verdad. Lo que sí sabía, porque se notaba a tres metros, era que no quería a nadie cerca. Ni un café con leche compartido, ni un almuerzo de cumpleaños, ni un «buen día, doctora». Nada.

Yo trabajaba en mantenimiento. En mi segundo año, me mandaron a pintarle la oficina. Cuando abrió la puerta y me vio con los tarros y los rodillos, apretó los labios y me preguntó cuánto iba a tardar.

—Todo el día —dije.

—Bien. Trate de no romper nada.

No me ofreció ni un vaso de agua. Yo no le había hecho nada. Pero era igual con todos. Hasta los pacientes le temían a esa mujer. Si ella entraba a una habitación, el silencio parecía bajar del techo como una lámina de hielo.

Yo me fijaba en cosas que los médicos no ven. Los tarros de pintura, los códigos de las puertas, el peso de las llaves, cuántas veces una persona revisa el teléfono. Patricia no era una mujer sin sentimientos, como decían por ahí. Era una mujer que guardaba todo adentro, como esos edificios que tienen la caldera al máximo en pleno julio. Algo le costaba un dineral mantener esa calma.

Una noche, en la sala de descanso del cuarto piso, la encontré sola. No era común verla en ese lugar, que olía a sopa de vaso y a desinfectante. Estaba parada frente a la máquina expendedora, con la mirada clavada en el paquete de Doritos que se había quedado atascado en la espiral.

—¿Quiere que la ayude? —pregunté.

—No es mío. Se lo compré a una paciente del 412. Señora de ochenta años, hígado destrozado. Su hijo no viene desde hace una semana.

Me quedé callado. Ella empujó la máquina con el hombro, una sola vez, y el paquete cayó.

—¿Sabe qué es lo peor? —dijo, recogiendo los Doritos—. Que el hijo cree que la está cuidando porque paga la habitación privada. Y ni eso paga. Firma papeles y no aparece.

Era la primera vez que la escuchaba hablar de alguien que no fuera un resultado de laboratorio. No me estaba pidiendo opinión. Estaba diciendo en voz alta lo que le daba vueltas desde hacía, quién sabe, cuarenta y tantos años.

La volví a ver meses después, en la entrada de urgencias. Un camión de bomberos parqueado en doble fila, la sirena apagada, las luces dando vueltas rojas y azules sobre el asfalto mojado. Un paramédico hablaba con ella en voz baja, señalando la camilla. El hombre de la camilla tenía la cara hinchada, los ojos cerrados, como si estuviera muy cansado.

—Se llama Iván Duarte —dijo Patricia, y por un segundo se le fue el aire—. Hace mucho tiempo, en San Antonio, yo estudiaba con él.

El paramédico le decía algo del corazón, de una arritmia, de que venía de una sobredosis de no sé qué. Patricia lo escuchaba sin parpadear. No preguntó cómo estaba. Le quitó la identificación de la cartera, anotó el número en su celular y le pidió al paramédico que subieran al paciente por la rampa B.

Al día siguiente, las enfermeras no hablaban de otra cosa. La doctora Fuentes había pedido la historia clínica de un tal Iván Duarte y se la había llevado a su oficina. La secretaria del tercer piso dijo que la había visto repasando papeles con la luz del escritorio encendida hasta pasada la medianoche.

Lo curioso era eso: con Iván Duarte, Patricia no actuaba como con los demás pacientes. Con él no entraba y salía en cuatro minutos. Se sentaba al borde de la cama. Revisaba el suero. Miraba el gotero como si contara cuántas gotas pasaban por segundo.

Yo trabajaba turnos de noche y, para no quedarme dormido, contaba cuántas veces iba a la habitación 508. Una noche, seis veces. La séptima vez, entró cargando una bolsa de El Pollo Loco. Se la dio al paciente sin decir nada. Yo estaba arreglando una persiana al final del pasillo y lo vi. Iván no le dio las gracias. La miró con fastidio y le dijo que él no comía pollo asado, que le habían puesto una dieta blanda y que no jodiera.

Ella no se fue. Se quedó de pie junto a la cama, con la bolsa colgando de la mano, mientras Iván le daba la espalda. Al rato, le dijo a la enfermera que ese paciente no recibiría más visitas de nadie, ni siquiera de ella.

Yo seguí viéndola esos días por los pasillos. Ya no iba tanto a la habitación 508. Iván preguntaba por su celular, escribía mensajes, tiraba el teléfono contra la almohada. Yo pasaba con mi carrito y veía cómo se ponía a mirar el techo. Una noche, me pidió un vaso de agua.

—Usted la conoce —me dijo—. La doctora. Dígale que quiero verla.

—Le digo mañana, cuando venga.

—No viene. Me está castigando.

Yo no me meto en asuntos de médicos. Le llevé el agua y me fui. Pero al pasar por la puerta, Iván dijo algo más:

—Le ofrecí un restaurante en Laredo con mi hermano. Y no me contestó. Eso es todo. Por eso está enojada. Una mujer como ella, sola, con la edad que tiene… debería agradecer.

No dije nada. Cerré la puerta con la punta del zapato, como hago siempre cuando veo que una conversación no va a ningún lado.

La semana siguiente, vi a Patricia en la entrada, hablando por teléfono. Decía números y nombres de calles. Al colgar, se quedó viendo su reflejo en el vidrio corredizo y se acomodó un mechón detrás de la oreja. No sé por qué me llamó la atención ese gesto. Tal vez porque, hasta ese momento, yo nunca la había visto hacer nada que pudiera considerarse personal.

—¿Está usted bien, doctora? —pregunté.

—¿Por qué no habría de estarlo?

—Por la manera en que sostiene el teléfono. Como si le costara trabajo.

Se rió. Siempre supe que esa mujer podía reírse, pero nunca la había escuchado. Fue una risa corta, dura, que se le escapó entre los dientes.

—Le diré algo, mantenimiento. Iván fue la única persona a la que yo le di todo. Y un día me llamó desde un bar en San Antonio, borracho, y me preguntó cuánto dinero tenía en mi cuenta. Necesitaba pagar una fianza. No era para mí, era para un amigo suyo. Le dije que no tenía. Tenía, pero no se lo di. Me colgó y no volvió a hablarme. Al mes, se fue de Texas con una mesera.

—¿Y cuánto era? —pregunté, sin pensar.

—Cuarenta mil dólares —dijo—. Él pedía cuarenta mil dólares.

Nos quedamos callados un momento. En la cafetería empezaban a apilar las sillas sobre las mesas. Un letrero de neón del estacionamiento parpadeaba sobre el vidrio.

—Siempre me pregunté qué habría pasado si se los hubiera dado —dijo—. Si estaría aquí, cuidándolo, con la misma cara de estúpida.

—Nunca lo va a saber, doctora.

—No. Y no quiero.

Esa fue toda la conversación.

Una semana después, Iván Duarte recibió el alta. Patricia fue la encargada de firmar los papeles. Él se paró frente al mostrador con una bolsa de nailon llena de ropa sucia y una receta arrugada en la mano. Le preguntó si podía quedarse en su casa un par de días, mientras conseguía un camión de vuelta a San Antonio.

Ella no lo miró. Siguió escribiendo en la carpeta, con esa letra perfecta que parecía impresa.

—En tu casa, Patricia —dijo él—. Nada más hasta el viernes. Después me voy. Lo juro.

Ella sacó un papel de la pila, lo alineó con el borde del escritorio y lo firmó con un solo trazo. Luego abrió el cajón del escritorio y sacó un cheque. Lo sostuvo en el aire, entre dos dedos, como si fuera una tarjeta de presentación.

—¿Sabes qué es? —preguntó.

—Patricia…

—Es lo que pediste en San Antonio. Cuarenta mil, Iván. De mi cuenta. A la orden de un albergue para veteranos en Galveston.

Lo dijo despacio, sin que la voz le temblara. Iván se puso pálido. La miró como si le hubiera dado una cachetada con la mano abierta.

—¿Estás loca? Con eso me ponía un taller. Con eso me compraba un camión. ¿Y lo regalas?

—No lo regalo. Lo saco de mi bolsillo para que no lo tengas tú.

El tipo no sabía adónde mirar. Se pasó la lengua por los labios, soltó la bolsa de ropa, que cayó con un ruido seco. Las zapatillas se le abrieron como una boca. No le salían las palabras.

—Yo no quiero que me cuides, Iván —dijo ella, levantándose—. Nunca quise. Lo único que te voy a dar es tu alta. Ahora lo tienes.

Le puso la mano encima de la carpeta, la giró y la empujó hacia él. El papel se deslizó hasta el borde del mostrador, como cuando a uno le entregan una cuenta que no puede pagar.

Ella salió. Su tacón resonó por el pasillo largo hasta la puerta de su oficina, y luego nada más, solo el elevador yendo hacia abajo.

Una enfermera detrás de mí soltó un «no mames». Yo me quedé parado con mi cubeta y mi franela, frente al mostrador vacío, mirando la bolsa de ropa abierta en el suelo. Adentro había medias, un cinturón viejo y un frasco de colonia a medio terminar.

Cuando subí al estacionamiento, ya era de noche. La vi desde lejos, parada junto a su camioneta, una Ford blanca. Tenía el cheque todavía en la mano. Lo miraba bajo la luz anaranjada del poste, quieta, como si el papel pesara cuarenta mil dólares.

Arrancó. Las luces traseras se perdieron por la salida de Fannin Street.

Yo me quedé un rato más, sentado en la escalera de emergencia. El aire olía a lluvia y a aceite de motor. No sé cuánto tiempo pasó. Solo sé que, a la mañana siguiente, en la cafetería, la doctora Fuentes volvió a pasar a las siete y veinte, con su bata blanca y sus tacones, y nadie la saludó.

Igual que siempre.

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El cheque de cuarenta mil dólares