El enano y la gran bestia

Alejandro había aceptado hacía mucho que la vida lo había puesto en el carril de los que miran desde la esquina. Pequeño, delgado, con unas muñecas que parecían dos palillos. En la prepa le decían “el frijol” y de vez en cuando le daban un zape para que no se le olvidara su lugar en la cadena alimenticia. Él pensaba que al crecer todo cambiaría, que los adultos no se ponían apodos idiotas ni repartían empujones así nomás.

Qué equivocado estaba.

En la chamba, en una bodega de refacciones automotrices en el este de Los Ángeles, las cosas no mejoraron mucho. Los golpes se acabaron, sí, pero los apodos no. “Chaparro”, “alambre”, “el contador” —porque siempre andaba contando centavos para el camión—. El noventa por ciento del personal eran mujeres y todas lo trataban como a una mascota de oficina. Le llevaban tamales, le arreglaban el cuello de la camisa y le decían “pobrecito” por cualquier cosa. Él se dejaba querer porque no sabía hacer otra cosa. La timidez le pesaba más que su propio cuerpo.

Y entonces apareció Regina. Regina era un huracán metido en un vestido entallado. Un metro setenta y cinco de curvas, uñas acrílicas rojas y una voz que retumbaba hasta el último rincón del depósito. Cuando ella pasaba, hasta los empaques de baleros vibraban. Alejandro se enamoró como un idiota. Se le secaba la boca cada vez que la veía picando facturas. Sabía que no tenía oportunidad, que era como un chihuahua enamorado de una loba. Pero el destino tiene un sentido del humor muy perro.

Un viernes por la tarde, Alejandro estaba en la fila de una taquería en la Whittier Boulevard esperando su orden de tres de pastor. Atrás de él llegaron dos tipos con pinta de traer prisa y cero educación. Uno de ellos, un güerito con una playera de los Dodgers manchada de aceite, lo empujó con el hombro para meterse en la fila.

—Ábrete, flaquito. Nosotros vamos de rápido.

Otro día cualquiera, Alejandro se habría hecho el invisible. Pero justo ese día Regina había salido a comer y estaba parada a dos metros, esperando su propia torta ahogada. Él la vio de reojo y sintió que tenía que hacer algo.

—Cálmense, yo también estoy formado —dijo con un hilo de voz.

—¿De qué hablas, enano? —el de la playera de los Dodgers lo volteó a ver con una sonrisa torcida—. No estorbes.

Le puso un dedo gordo en el pecho y lo empujó hacia atrás. Alejandro trastabilló, rojo como un jitomate, pero antes de que pudiera abrir la boca, un trueno cayó sobre los dos tipos.

—¡A la fila, cabrones!

Era Regina. Se había plantado con los brazos en jarras, los ojos echando chispas. Los dos tipos se quedaron tiesos.

—Pero señito, nosotros nomás—

—¡Nada de señito! —los cortó ella—. Lárguense antes de que hable con el de seguridad. ¿O quieren que les chequemos las identificaciones?

Los tipos se fueron farfullando. Regina agarró a Alejandro del hombro y casi lo cargó hacia adelante.

—Ya pide, chaparrito —le dijo, ya más suave—. No te dejes de esos mocosos. Con lo flaquito que estás te van a querer hacer de bajada. Te hace falta una buena mujer que te dé de comer, mira nada más esos cachetes todos hundidos.

Alejandro quería que se lo tragara la tierra. Había querido dárselas de héroe y acabó siendo rescatado como una princesa de caricatura. Estaba seguro de que ahora Regina lo vería con lástima y punto.

Se equivocó otra vez. Desde ese día, Regina no le despegó los ojos de encima. Le llevaba burritos de machaca, lo esperaba para irse juntos en el Metro, le agarraba el brazo para cruzar la calle como si de verdad le importara. Las otras mujeres del trabajo dejaron de llevarle comida. Una vez, en los lockers, Alejandro oyó a una de las del almacén cuchichear.

—Ya se lo ganó la grandota. Pobre chaparro, ni va a saber qué lo atropelló.

Pero a Alejandro no le importaba que le dijeran trofeo. Pensó que si ella lo cuidaba tanto era porque de verdad lo quería. Un mes después juntó todo su valorcito y la invitó al cine en el Plaza México. Se casaron en una boda civil en el ayuntamiento de Huntington Park seis meses después. Ella llevaba un vestido blanco que la hacía ver como una diosa griega. Él se sentía el hombre más afortunado del mundo.

Duró poco.

Ya casados, Regina se transformó en jefa, jueza y verdugo. Lo que antes era ternura ahora era control. Si Alejandro ponía mal el rollo de papel de baño, era un “inútil”. Si no cambiaba el foco del porche a la primera, era un “bueno para nada”. Si se tardaba más de diez minutos en el super, seguro andaba “viendo viejas”. El tono de voz de Regina pasó de cálido a metálico.

Una tarde de agosto, con un calorón de los mil demonios, Alejandro lavó los platos. Estaba tratando de ser útil, de aplacar a la fiera. Pero se le resbaló un vaso de vidrio cortado, de esos antiguos que la abuela de Regina había traído de Guanajuato. Explotó contra el suelo de baldosa en mil pedacitos. Regina llegó como un ciclón desde la sala.

—Idiota, ¿qué rompiste, qué rompiste? —gritó al ver la escena—. ¡Esos eran de mi abuela, imbécil! Eres un caso perdido.

—Fue un accidente, yo no—

El golpe llegó sin avisar. Un derechazo plano contra la nuca, seco, humillante. Alejandro vio estrellitas y sintió un frío que no venía del clima. No dolía tanto en la nuca como en el pecho. Mientras se llevaba la mano a la cabeza, una voz dentro de él le dijo, clara como el agua: “Esto ya lo viviste a los doce años. Ya no tienes que aguantarlo”.

Tres semanas después firmaron el divorcio. Ella se quedó con la casa de la tía de él, porque Regina sabía negociar. Él se fue con una maleta negra, su colección de Hot Wheels y la certeza de que iba a morir solo y en paz.

La gran bestia también la había pasado mal.

La encontraron amarrada a un poste de luz en una calle de tierra en las afueras de Riverside. Una pastor alemán negra como el chapopote, enorme, con unas patas larguísimas que no sabía dónde poner. Pesaba treinta kilos y parecía un venado. La recogió un tal Ramiro, que quería un perro guardián para su taller mecánico. Pero La Bestia no ladraba a los clientes morosos, ladraba a las mariposas. Era una bocota con patas, puro escándalo y cero malicia. Ramiro la devolvió a las dos semanas. “No me sirve, parece una jirafa espantada”.

Luego la adoptó una familia en Pomona. Ahí le fueron poniendo nombres como Loky, Sombras, Pantera. Pero ningún nombre pegaba porque la perra era un alma libre. Se comió un sillón, abrió cuatro hoyos en el jardín buscando topos que no existían, y una madrugada se escapó para perseguir un coyote callejero casi llegando a la freeway. La familia la devolvió al refugio. Cuando los de la perrera la subieron a la camioneta, la perra iba con la cabeza baja, pero sin ganas de rendirse. Sabía que ella no era mala, solo no había encontrado a su gente.

La cosa se puso seria cuando el dueño de un food truck de birria la tomó para cuidar el puesto en la noche. El tipo era amigo de un tal Paco, un viejo conocido de Alejandro del barrio. La Bestia pasó dos meses durmiendo junto a una llanta ponchada hasta que el birriero la encontró ladrándole a una bolsa de plástico a las tres de la mañana y decidió que era un fracaso.

—Estúpida animal, para nada sirves —le gritó, amarrando la cadena más fuerte, ahorcándole el cuello—. Mañana te echo a la calle.

Y justo al día siguiente, Alejandro fue a saludar a su amigo Paco. La vida los volvió a juntar.

Alejandro llegó a la casa de Paco en El Monte una mañana de sábado, con un six de cerveza para platicar. Cuando se bajó del carro, vio a la perra tirada en el patio de tierra, con la cadena tensa y unos ojos color miel que lo siguieron con una mezcla de curiosidad y desconfianza.

—¿Y este animalote? —preguntó Alejandro rascándose la nuca.

—Un encargo, carnal —respondió Paco—. Me la dejó mi compadre el de la birria. Dice que si no la quiero yo la va a echar al canal. Es bien tonta, no sirve para nada. Nomás come y ladra.

—¿Cómo que echarla al canal? —Alejandro frunció el ceño—. No friegues, está bien bonita.

—Llévatela pues, si tan fácil te parece. Yo no tengo tiempo, la última vez que la solté me rompió una maceta y casi tira la barda del vecino.

Alejandro se acercó con cuidado. La perra se paró en sus cuatro patas. Él se sintió minúsculo junto a ese animal que parecía un caballo flaco. Estiró la mano. La bestia enorme se acercó, le olfateó los dedos y después apoyó el hocico tibio sobre su muslo, sin prisa.

—Mira, hasta te quiere —rio Paco con una cerveza en la mano—. Dos almas perdidas se encontraron.

—¿Cómo se llama?

—Nel, no me sé esas ondas. Ponle como quieras.

Alejandro se llevó a la perra esa misma tarde. En el asiento de atrás de su Corolla destartalado, la pastor alemán sacó la cabeza por la ventana y dejó que el viento le levantara las orejas.

—Te voy a poner La Bruja —le dijo mientras manejaba—, porque eres bien negra y seguro haces desastres raros.

La Bruja bostezó y se tiró un gas. Alejandro abrió todas las ventanas, pero sonrió por primera vez en meses.

Someterse a una pastor alemán no era como enfrentarse a Regina. La Bruja no gritaba, no exigía, no humillaba. Rompía cosas, sí. El control remoto, tres pares de chanclas y una carpeta que Alejandro no sabía ni que tenía. Pero cuando él le decía “no” con voz firme, ella bajaba las orejas y se tiraba al suelo, y luego él le rascaba la panza y se les pasaba todo. Se inscribieron a un curso de adiestramiento en un parque de Whittier Narrows. El instructor, un tipo grandote con acento de Michoacán, le dijo a Alejandro: “Esta perra no es tonta. Nomás necesita alguien que le hable directo. Y ese eres tú, jefe”.

Alejandro se paró derecho al oír “jefe”. Nunca nadie le había dicho así.

Los sábados en el parque se convirtieron en su ritual. La Bruja aprendió a sentarse, a caminar a su lado sin jalonearlo, a gruñirle solo a los que se acercaban de noche, con una inteligencia que asombraba a todos. Alejandro le compró un collar rojo y un arnés táctico porque se lo encontró en oferta en una tienda de mascotas en Montebello. Empezó a conocer a los demás dueños. Estaba Ana, la de los dos huskies. Y Lorenzo, un señor jubilado con un schnauzer ciego. Y una señora que horneaba galletas para perros y se las regalaba a La Bruja.

Una tarde de otoño, mientras La Bruja olfateaba a un bóxer atigrado, se le acercó una mujer con un dálmata lleno de energía. Tenía el cabello recogido en una cola de caballo y una sonrisa fácil.

—Tu pastor es hermoso. ¿Es rescatada?

—Sí, de milagro —contestó Alejandro, sorprendido de no sentir la lengua tiesa—. Estaba amarrada en un taller, casi la tiran al canal.

—Ay, pobrecita. Se ve que ahora está bien feliz. ¿Cómo te llamas?

—Alejandro.

—Yo soy Valeria.

La Bruja se acercó a Valeria y le dio un lengüetazo en la mano. Luego regresó junto a Alejandro y se sentó, pegando su cadera a la pierna flaca de su dueño, como marcando territorio. Como diciendo: “Tú eres el mío. Y estamos bien”.

Alejandro bajó la mirada hacia su perra negra, enorme y chueca. Pensó en los empujones de la prepa, en el golpe en la nuca, en los años de sentirse una nada. Apoyó la mano abierta sobre la cabeza de La Bruja y sintió el calor del animal subirle por el brazo. La bestia le dio un suave cabezazo para que siguiera acariciándola. No dijo nada, solo respiró hondo, dejó que las risas de los otros dueños y los ladridos lejanos le llenaran los oídos.

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