El camión de la 66 venía casi vacío y el aire acondicionado me daba directo en la nuca. Habían sido $2.75 bien gastados, pero en ese momento habría pagado el triple con tal de no estar haciendo ese viaje. Saqué el rosario del bolso, lo enrollé entre los dedos sin rezar nada, solo para tener las manos ocupadas. No era una visita que quisiera hacer. Era una visita que una madre tiene que hacer.
Llevaba tres meses viendo a Javier apagarse. Primero dejó de venir a comer los domingos, luego las llamadas se volvieron monosílabos. La última vez que lo tuve frente a mí, en la cocina de la casa, jugaba con la cuchara del caldo de pollo sin llevársela a la boca. «¿Qué te está haciendo esa mujer?», le pregunté. Él solo encogió los hombros y dijo que el trabajo, que el cansancio. Pero una madre sabe. Una madre huele la derrota aunque la disfracen de estrés.
El departamento quedaba en un tercer piso sin elevador, en una colonia cerca del Mercado Zaragoza. Subí los escalones con la cadera quejándose y toqué el timbre con la uña larga, tres golpes secos. Valeria abrió con el teléfono en la mano, un plato de fruta a medio comer sobre la mesa del comedor y la tele encendida en un canal de concursos. Chanclas de plástico, pants grises, una trenza deshecha sobre el hombro. Me vio y no se sorprendió. Ella nunca se sorprendía conmigo.
—Pásale, Carmen —dijo, arrastrando la zeta, y dejó la puerta abierta mientras regresaba al sofá.
Me senté sin pedir permiso, el bolso sobre las piernas. Olía a Fabuloso de lavanda, el mismo que yo uso, y a algo quemado que venía de la cocina. El ventilador del techo chirriaba con cada giro. Saqué pecho, no por orgullo, sino para agarrar aire.
—Mija, mañana vas a pedir el divorcio —solté.
Valeria dejó el teléfono boca abajo, despacio, y levantó una ceja. No se rio, pero casi.
—¿Lo ensayó frente al espejo o fue improvisación? —me preguntó, rascándose el tobillo.
—Hablo en serio. Muy en serio. Javier necesita otra clase de mujer. Tú nunca fuiste para él.
—Qué interesante. ¿Y Javier ya sabe que necesita otra mujer o es sorpresa?
Sentí cómo se me calentaban las orejas. Esa muchacha siempre tenía una respuesta, una réplica filosa que te dejaba con la palabra en la boca. Mi hija Gabriela se quedaba callada cuando yo hablaba, mi hijo siempre asentía, pero esta… esta nunca se tragaba nada.
—Tú tienes dinero —seguí—. Lo de tu abuelo. La casa que vendió en Laredo, la lana que te dejó. Todo mundo lo sabe. Podrías haber ayudado a mi hija con lo del enganche del departamento, pero no moviste ni un dedo. ¿Qué clase de esposa eres si ni a la familia ayudas?
—Carmen, separemos las cosas —dijo Valeria, y empezó a contarse los dedos como si estuviera en un salón de clases—. Que yo no le haya soltado plata a su hija es un asunto. Que yo me divorcie de su hijo es otro. Ahorita usted está revolviendo el pozole con la gelatina y el resultado no se come.
—No te hagas la lista. Eres una interesada. Mi hijo lleva meses en puras broncas contigo. Lo estás desangrando.
Ella inclinó la cabeza. Sabía de qué hablaba. Las discusiones no eran en secreto. Javier llegaba del taller de carrocería buscando pleito: que si la cena estaba fría, que si los trastes sin lavar, que si ella respiraba muy fuerte. Yo lo sabía porque él me llamaba.
—Su hijo —dijo Valeria, marcando las sílabas— en los últimos tres meses se comporta como si yo le debiera la felicidad en abonos chiquitos. Yo no lo desangro. Nada más existo en el mismo cuarto que él y eso lo enfurece.
—¡Porque no eres la mujer que él necesita!
—¿Y quién es? ¿Ya hizo el casting? ¿Trae currículums en el bolso o algo así?
Me paré. La cadera me tronó al incorporarme, pero no me importó. Caminé hasta la ventana que daba al estacionamiento. Desde ahí se veía un perro chihuahua durmiendo bajo una troca vieja. Me volví hacia ella con el índice apuntándole.
—¿Tú crees que esto es chiste? Soy su madre. Veo lo infeliz que está ese muchacho. Si no lo quieres, lárgate. Pide el divorcio. Haz una sola cosa decente en tu vida.
Valeria suspiró. No era un suspiro de derrota. Era de ésos que sueltas antes de decir algo que llevas guardado mucho rato.
—Ahí se equivocó, Carmen. Usted decidió que yo no quiero a su hijo. Pero lo quiero. El problema es que él no se quiere a sí mismo y lo paga conmigo. Y usted, en lugar de sentarse a hablar con él, viene hasta acá a separarnos como si fuéramos puentes partidos.
—No tuerzas las palabras. Eres una mujer fría. ¡Y sentada sobre el dinero de tu abuelo sin ayudar en nada!
—El dinero de mi abuelo es un regalo para mí. Personal. No para Gabriela, no para usted, no para Javier. Para mí. Y no tengo por qué rendirle cuentas. Pero si le interesa, lo tengo en un fondo para la educación de los hijos que planeamos tener. Sus nietos, por si no se acuerda.
Me detuve. Un segundo, solo uno. Luego volví a cargar el pecho de aire.
—¡Pero si no tienes hijos! ¡Y no vas a tenerlos si sigues…
El ventilador sonó tres veces más fuerte en el silencio que se armó. Valeria se quitó la liga de la muñeca y empezó a recogerse la trenza con calma, enrollando el cabello como si el tiempo no existiera. Luego habló.
—¿Quiere saber la verdad, Carmen? La razón por la que no hemos tenido hijos no soy yo.
Se me apretó la garganta.
—¿Qué estás diciendo?
—Lo que oye. Javier tiene un problema. Se lo diagnosticaron hace ocho meses. Él no quería que usted supiera, porque usted no sabe manejar la información sin querer arreglar el mundo a su manera. Por eso está como está. Por eso pelea conmigo. Porque no puede darme un hijo y se le está pudriendo el alma.
Sentí como si alguien me hubiera metido la mano en el pecho y me estuviera estrujando el corazón. Negué con la cabeza, con fuerza, como si así pudiera borrar lo que acababa de oír.
—Eso no es cierto.
—Llámelo.
—No me mientas.
—Que le llame, Carmen. Pregúntele.
Saqué el teléfono del bolso. El rosario se enredó entre mis dedos temblorosos mientras buscaba el contacto. El aparato sonó cuatro veces. Cinco.
—¿Mamá?
La voz de Javier salió quebrada, como si ya supiera para qué llamaba.
—Mijo… ¿es verdad?
Al otro lado solo hubo silencio. Luego un sollozo que no venía de un hombre orgulloso, sino de un muchacho roto que no sabía cómo pedir perdón. «Sí, mamá», dijo. Y yo no supe si colgó él o colgué yo.
Valeria no se movió del sofá. Me veía desde ahí, sin triunfo, sin rencor. Solo con un cansancio más viejo que ella.
Me levanté. Agarré el bolso con las dos manos porque si no, se me habría caído. Crucé la puerta, bajé los tres pisos sin sentir la cadera. Afuera, el perro seguía dormido bajo la troca y el sol pegaba como plomo. Caminé hasta la parada y esperé el camión que tardó doce minutos exactos, con la vista clavada en una mancha de aceite sobre el cemento.
Ya dentro, me senté junto a la ventana, el mismo asiento de venida. Pagué otros $2.75 y me quedé viendo cómo las palmeras se iban haciendo borrosas al otro lado del vidrio. El rosario seguía enredado entre mis dedos. No recé. Solo lo tuve ahí, enredado.












