Perdí a mi esposa una noche de martes, a las diez y cuarto

Me llamo René, tengo setenta y un años y vivo en El Paso desde mil novecientos ochenta y dos. Cuarenta y cuatro años de casado con Carmen. Cuarenta y cuatro. Y una noche de martes entendí que llevaba por lo menos dos años durmiendo solo sin darme cuenta.

Todo empezó con lo de la televisión. Yo siempre fui de acostarme tarde, Carmen de levantarse temprano. Durante décadas funcionamos así: ella se dormía a las once, yo me quedaba viendo el noticiero, las reposiciones, lo que fuera. Compartíamos la cama y el silencio, y para mí eso era matrimonio.

Hace como un año y medio ella empezó a irse más temprano. Primero a las diez y media. Después a las diez. Algunas noches ni me avisaba. Yo me quedaba en la sala con mis programas y no le daba importancia. Pensaba que el trabajo en la clínica la dejaba agotada.

Una noche se me acabó la batería del teléfono y entré al cuarto buscando el cargador. La encontré despierta, con la lámpara encendida y un libro de Coelho entre las manos.

—Pensé que ya estabas dormida.

—No.

Nada más. Un «no» corto, sin levantar los ojos del libro. Agarré el cargador y me fui al sofá.

Esto se repitió varias veces. Siempre despierta, siempre leyendo. Y entonces até cabos: no era sueño. Era que no quería estar conmigo en la sala.

Se lo pregunté un viernes, después de la cena. Carmen cerró el libro, se sobó los dedos —siempre se soba los nudillos cuando está incómoda— y me lo dijo de frente:

—Estoy cansada de sentarme todas las noches a ver lo que tú quieres ver.

Me quedé tan frío que solté lo primero idiota que se me ocurrió:

—Pero si tenemos dos televisiones. ¿Por qué no vas al cuarto y ves lo tuyo?

Se quedó callada un momento. Luego soltó lo que de verdad importaba:

—Porque cenamos y cada quien desaparece en su rincón. Tú en la sala, yo en el cuarto. Y así, todos los días de la semana.

Ahí empezó la conversación incómoda. De esas que uno va atrasando meses, años, hasta que revientan.

Carmen me explicó, con una calma que me dolía más que un grito, que desde que me jubilé de la planta maquiladora nuestra vida se había encogido. Yo veía fútbol, programas de tertulia, documentales de la Segunda Guerra. Ella se sentaba a mi lado aunque no le interesara, por acompañarme. Al principio opinaba, intentaba proponer algo. Una película, un paseo, ir a casa de mi cuñada. Yo le decía «ahorita vemos» y no veíamos nada.

Con el tiempo dejó de proponer. Y como dejar de proponer no fue suficiente, dejó también de estar. Agarraba su libro y se iba a la cama.

—Llevamos meses sin hablar más de veinte minutos seguidos —me dijo.

Quise decirle que era exagerada. Abrí la boca para discutir y entonces intenté recordar nuestra última plática larga. Una de esas conversaciones que empiezan por cualquier cosa y terminan a las dos de la mañana. No pude. Hice memoria y no encontré nada.

Vivíamos juntos. Cenábamos juntos. Hacíamos el súper juntos en el Albertsons del Eastside. Íbamos de compras al outlet cada quincena. Y sin embargo, la mayor parte del tiempo lo único que hacíamos era compartir el aire.

Le pregunté si estaba harta de mí.

—Estoy harta de cómo vivimos —dijo.

No era lo mismo. Y juro que entendí la diferencia.

Pasé varios días con coraje. Sentía que de pronto todo lo que yo llamaba paz de pareja a ella le parecía aburrimiento. Estuve tentado a responderle que así son todos los matrimonios de nuestra edad, que uno ve las noticias y se duerme, que a qué viene tanta queja. Pero no lo hice. Por suerte, no lo hice.

Carmen también reconoció lo suyo. Que se fue retirando cada noche sin decir nada y que una relación no puede funcionar si uno se va retirando callado.

Empezamos con cosas pequeñas. Dos noches por semana apagamos la televisión después de cenar. Algunas veces hablamos del día, de los muchachos, de la casa. Otras jugamos dominó en la cocina —siempre me gana, con una cara de gusto que no le veía desde hacía años— o salimos a caminar por el parque cerca de la Mesa Street, por donde el aire huele a tierra mojada desde que riegan los campos de golf.

También hacemos cosas por separado. Yo sigo viendo mis partidos del América, no me lo pierdo ni en domingo de misa. Ella se metió a un club de lectura en la biblioteca del centro. La primera vez que fue sola, yo me pasé la noche viendo un partido aburridísimo, Uruguay contra Chile, y no pude dejar de voltear a su sillón vacío. Lo curioso es que empezamos a extrañarnos un poco. Y eso, con cuarenta y cuatro años encima, no es poca cosa.

Hace tres semanas Carmen se fue a la cama temprano otra vez. Eran las diez y cuarto de un martes. Sentí un apretón en el estómago, de esos que no van al médico pero duelen igual.

—¿Pasa algo? —pregunté desde la puerta.

Levantó los ojos del libro y se rió.

—No, viejo terco. Hoy sí tengo sueño.

Me quedé parado con la mano en el marco de la puerta, sin saber si creerle. Entonces sonó el teléfono del cuarto. Era mi hijo Tony, que llamaba para que le ayudara con el papeleo de su casa. Dejé la puerta entreabierta y fui a la cocina a buscar mi taza de café.

Cuando volví con el teléfono en la mano, Carmen ya estaba dormida. De verdad dormida: con el libro abierto sobre las cobijas y la luz encendida. Le quité el libro con cuidado, marcando la página con la funda de sus lentes. Le apagué la lámpara. Me senté en el borde de la cama un rato, sin hacer nada más que quedarme ahí.

Y entonces hice una cosa que no había hecho en más de un año: me metí a la cama temprano. Apagué mi lado. Me quedé boca arriba, oyendo el ventilador del techo. Y me dormí a su lado, sin televisión, sin ruido, sin la sensación de estar esperando que ella se durmiera para volver a mi sofá.

La otra noche Carmen me preguntó si quería ir a caminar después de cenar. Le dije que sí y me calcé los tenis sin poner un pero. Fuimos hasta la gasolinera de la esquina y compramos una paleta de mango cada uno. Caminamos de vuelta despacio, sin hablar mucho, chupando la paleta hasta que se nos hizo agua en la mano.

—Deberíamos hacer esto los martes —dijo Carmen, ya frente a la puerta de la casa, buscando las llaves en su bolsa.

—Los martes son tuyos —le dije.

Estaba mejor que bien.

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