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— Bájalas. Por favor, las manos debajo de la mesa. Rogelio me clavó los ojos mientras lo decía.
Andrés llegó al andén con la transportadora en una mano y un billete de autobús arrugado en la otra.
— Si pones un pie en esa casa, puedes dar por muerta a tu madre, Juan Pablo. Por muerta, ¿me oyes?
La mansión de Gustavo Alvarado brillaba como un diamante en la noche de Palm Beach. Cuatro valets estacionaban
El día que cumplí setenta y dos años me casé con Álvaro Montero, el primer hombre que me robó un beso
Maricela apartó un mechón rebelde de la sien, que ya estaba más gris que negro, y dio un último vistazo
Arturo debía estar a cuatro mil kilómetros de distancia. Esa mañana me llamó desde su hotel en Manhattan
Valeria llegó a casa mucho antes de lo habitual aquella tarde de diciembre. La conferencia telefónica
Marisol levantó la vista de la pantalla y miró a la mujer. En dos años como voluntaria del refugio «Patitas»
Eran las 5:42 de la tarde cuando crucé el portón de mi propia casa y los encontré. El sonido del agua









