La taquillera deslizó las monedas de vuelta bajo el vidrio y soltó un suspiro.
—Mi niña, mirar desde afuera es gratis.
Una señora en la fila VIP, con gafas de sol doradas y un bolso que costaba más de tres meses de renta, soltó una risita.
—¿Ves, Mati? —le dijo a su hijo—. Por eso hay que explicarles a los hijos que la diversión cuesta dinero.
La pequeña Lucía, de apenas cinco años, apretó los billetes de un dólar y las monedas que había ahorrado durante semanas. No entendía por qué le decían eso. El volante que traía en la mano decía bien claro: *“Niños: $18. Sábados y domingos.”* Ella tenía dieciocho dólares justos. Los contó tres veces antes de salir de casa.
—Pero si aquí dice… —empezó a decir, con la voz temblando.
—Eso era el mes pasado. Ahora son cuarenta y cinco —la cortó la taquillera, sin levantar la vista del celular—. O pagas o te haces a un lado, que hay gente esperando.
Lucía sintió un nudo en la garganta. Su mamá estaba sentada en una banca, a veinte metros, repasando anuncios de empleo con un marcador amarillo. Habían llegado en dos autobuses desde el este de la ciudad. La mamá le había prometido que, después de tres meses sin trabajo, al menos tendrían un día bonito. Un día en Mundo Fantástico, el parque de diversiones que se veía desde la autopista como un castillo de colores.
Detrás de Lucía, en la fila general, un hombre alto y delgado sostenía la mano de una niña de trenzas rubias y ojos brillantes. No vestía como los demás padres del parque: llevaba unos jeans viejos, una camiseta gris y una gorra de béisbol sin logo. Parecía un papá cualquiera de domingo. Pero Andrés Montenegro no era un papá cualquiera.
Era el dueño de todo aquello.
Hacía dos años que no ponía un pie en Mundo Fantástico. Dos años desde que Elena, su esposa, había cerrado los ojos en la cama de un hospital, pidiéndole que no dejara que el parque se apagara. Que la música nunca dejara de sonar. Que los niños siguieran riendo, aunque ella ya no pudiera escucharlos.
Andrés no había podido volver. Cada rincón olía a ella. Cada carrito de algodón de azúcar, cada carrusel, cada grito en la montaña rusa le recordaba la tarde en que Elena le enseñó los planos dibujados en servilletas de café. “Vamos a construir un lugar donde ningún niño se sienta triste”, le dijo. Y lo hicieron. Y ahora él evitaba ese lugar como quien evita un cementerio.
Pero Camila, su hija de cinco años, llevaba tres fines de semana pidiendo lo mismo.
—Papi, quiero ver los caballitos rosas. Por favor, por favor, por favoooor.
Y Andrés se quedó sin excusas. Se puso los jeans, ignoró tres llamadas de la oficina y se metió en la fila como un visitante más. Camila brincaba a su lado, señalando la noria, la montaña rusa, los globos de helio.
—¡Papi, hay un dragón que echa humo! ¡Y la fuente tiene monedas adentro! ¿Puedo pedir un deseo?
—Puedes pedir tres.
—¡Dos!
—Los que quieras, mi vida.
Camila soltó una carcajada y el sonido le atravesó el pecho como una aguja tibia: se parecía tanto a la risa de Elena.
Entonces lo vio.
Lucía, descalza en las puntillas para alcanzar la ventanilla, dejaba las monedas sobre el mostrador. La taquillera se las regresó con el mismo gesto mecánico con que se espanta una mosca. Y la señora de la fila VIP se rio.
Andrés sintió un golpe seco en el estómago.
Camila también lo notó. Tiró de la mano de su papá y preguntó, bajito:
—Papi, ¿por qué esa niña está llorando?
Lucía no lloraba todavía, pero sus ojos se habían vuelto dos charcos a punto de desbordarse. Dio media vuelta y caminó hacia la banca donde estaba su mamá, con los billetes arrugados en el puño. La mamá levantó la vista del periódico, entendió todo en un segundo y se le quebró la cara.
—No importa, mi amor —dijo, cerrando la sección de anuncios—. Otro día será. Vamos a casa.
—Pero mamá, yo conté bien…
—Sí, mi niña. No fue tu culpa.
Andrés podía haberse quedado quieto. Podía haberse hecho el ciego, como tantas veces. Pero Camila lo miró con esos ojos azules, los mismos de Elena, y le dijo:
—Papi, dale dinero tú.
—No es tan sencillo, Cam.
—¿Por qué? Tú tienes mucho.
Andrés no respondió de inmediato. Miró la banca donde la mamá de Lucía guardaba el marcador amarillo en el bolso, con la resignación de quien ha perdido ya demasiadas veces. Vio a Lucía secándose la nariz con la manga del suéter desgastado. Y después vio a la señora de la fila VIP, que seguía sonriendo mientras su hijo revisaba un celular de última generación.
Entonces soltó la mano de Camila y caminó despacio hacia la taquilla.
La taquillera lo vio acercarse y puso los ojos en blanco.
—Señor, atrás, por favor. Hay fila.
—No vengo a comprar boleto.
—Pues mejor, porque ya quedan pocos.
Andrés se quitó la gorra. El sol le dio de lleno en la cara y, por un instante, la taquillera entrecerró los ojos, como si algo en ese rostro le resultara familiar.
—Llama al gerente —dijo Andrés, con una calma que no admitía réplica—. Dile que venga a la entrada principal. Ahora.
—El gerente está ocupado. No va a venir porque un cliente se queje de los precios.
—No soy un cliente. Dile que Andrés Montenegro quiere verlo.
El nombre cayó como una piedra en un estanque. La señora de la fila VIP se giró y bajó las gafas. Alguien a sus espaldas murmuró: “¿Montenegro? ¿El dueño?”. La taquillera se quedó pálida, balbuceó algo y marcó un número interno temblando.
En menos de tres minutos, un hombre calvo con camisa azul llegó trotando desde el edificio administrativo. Cuando reconoció a Andrés, se detuvo en seco. Hizo ademán de darle la mano, luego de abrazarlo, y al final optó por un saludo torpe.
—Señor Montenegro, no sabíamos que venía hoy. Le hubiéramos preparado…
—No vine de visita oficial, Martínez. Vine con mi hija. Pero acabo de ver algo que no me gusta nada.
Le señaló con la cabeza a Lucía, que seguía de pie junto a la banca, sin querer irse, como si el portón del parque fuera una promesa rota.
—Esa niña llegó con dieciocho dólares justos, el precio que el volante del mes pasado anunciaba. ¿Sabe cuánto tardó en juntarlos? ¿Sabe cuántos camiones tuvo que tomar para estar aquí hoy?
Martínez tragó saliva.
—Señor, nosotros actualizamos las tarifas cada temporada. Son políticas de la empresa…
—¿Mi empresa? —lo interrumpió Andrés, sin levantar la voz, pero con un filo que cortaba—. Mi empresa no se construyó para dejar niños afuera. Mi empresa se construyó para que ningún niño se fuera con la cara que tiene esa pequeña ahora mismo.
La señora de la fila VIP soltó un bufido.
—Pues si le molesta tanto, páguele usted el boleto y ya.
Andrés se giró hacia ella. Le sostuvo la mirada sin decir una palabra. Luego volvió a Martínez:
—Cancele el cobro de entrada para todos los niños menores de diez años durante el resto del día. Anúncielo por megafonía. Y a esa familia —señaló a Lucía y su mamá— les da pases anuales. Los dos.
Martínez parpadeó.
—Pero, señor, las pérdidas…
—¿Sabe cuánto vale este parque en el mercado, Martínez?
—Pues… varios cientos de millones, imagino.
—Exacto. Y hoy vale un poco más. Porque hoy voy a recordarlo con orgullo. Haga lo que le digo.
El gerente asintió, sacó un radio y empezó a dar instrucciones. La taquillera no sabía dónde meterse. Detrás de las rejas, los visitantes que esperaban para entrar empezaron a aplaudir. La noticia corrió como pólvora: un empleado corrió hacia la banca y le explicó a la mamá de Lucía, con una sonrisa grande, que su hija podía entrar, que todo estaba arreglado.
La mamá dejó caer el periódico al suelo. Se llevó las manos a la boca. Lucía no entendía del todo, pero cuando el empleado se agachó a su altura y le dijo “Vamos, pequeña, el parque te está esperando”, sus ojos se encendieron como dos luciérnagas.
Camila soltó la mano de su papá y corrió hacia Lucía.
—¡Hola! —dijo, con la naturalidad de quien hace amigos en la fila del súper—. ¿Quieres subir conmigo a los caballitos rosas? Yo sé dónde están. Son dos, pero el de la cola morada es el más rápido.
Lucía miró a su mamá, que asintió sin poder hablar, y luego miró a Camila.
—¿Tú me invitas?
—Claro. Mi papi dice que los deseos se piden de a muchos.
Las dos niñas echaron a andar tomadas de la mano hacia el carrusel, sin soltarse. La música del tiovivo empezó a sonar justo en ese momento, como si las estuviera llamando.
Andrés se quedó atrás, cerca de la entrada. La señora de la fila VIP había avanzado por fin hacia la taquilla, con la boca apretada y el bolso bajo el brazo. No dijo nada, pero pagó los boletos sin chistar.
Martínez se acercó a Andrés con un radio en la mano.
—Señor, ¿quiere que le prepare un recorrido privado? Podemos cerrar alguna atracción para usted y la niña.
—No. Hoy no.
—Como usted diga. ¿Alguna otra instrucción?
Andrés miró hacia la noria, donde una cabina roja se mecía contra el cielo limpio de la tarde. La misma cabina donde Elena le había dicho, años atrás, que estaba embarazada. El mismo cielo bajo el que habían planeado un lugar donde ningún niño se sintiera triste.
—Sí —dijo, metiendo las manos en los bolsillos de los jeans—. Que nunca se olviden de para qué hicimos esto.
Martínez asintió, y Andrés caminó despacio hacia la banca donde la mamá de Lucía seguía de pie, con el periódico olvidado en el suelo y las lágrimas rodándole por las mejillas.
—No sé cómo agradecerle —dijo ella, con la voz rota—. Hoy cumplía cinco años. Era su regalo.
—Pues que sea un buen cumpleaños —respondió Andrés.
Luego se encaminó hacia el carrusel, donde Camila y Lucía ya habían encontrado los caballitos rosas. Camila iba en el de la cola morada y Lucía se sujetaba fuerte a la crin pintada, con una sonrisa que parecía borrar las horas malas.
Andrés se apoyó en la barandilla y sacó del bolsillo un boleto antiguo, arrugado, de la inauguración del parque. Lo había llevado en la cartera desde el día del entierro de Elena. Lo miró unos segundos y luego, sin hacer ruido, lo deslizó dentro del bolsillo de su camisa, cerca del pecho.
La noria dio una vuelta lenta. La montaña rusa soltó un estruendo de gritos que sonaban más a alegría que a miedo.
Camila, desde el caballito, lo buscó con la mirada.
—¡Papi! ¡Mira, sin manos!
Soltó la barra y levantó los brazos. Lucía, a su lado, la imitó, y las dos se rieron al mismo tiempo.
Andrés no dijo nada. Sólo se quedó allí, quieto, mirando cómo giraba el carrusel. Y si alguien le hubiera visto de cerca, habría notado que, por primera vez en dos años, sus ojos no se apartaban del color rosa.











