La cuenta de Eduardo

La víspera de San Elías, en El Paso, el aire pesa como una manta mojada. Las nubes se amontonan sobre las Franklins desde las cinco, pero no sueltan una gota. Mi abuela decía que ese día el profeta anda revisando los techos y que si encuentra a alguien peleado con su hermano, le manda un rayo. Yo no creía en rayos. Pero a Eduardo le cayó uno, nomás que de grasa y colesterol.

Hacía once años que no le hablaba. Once años desde la firma en la notaría, cuando él levantó la pluma con la firma falsificada de papá y se quedó con la casa de la calle Copia. Una casa de adobe con un mezquite en el patio. Cuatrocientos mil dólares, según el avalúo. Yo me quedé con una caja de herramientas y el rosario de mamá. Él se quedó con todo lo demás.

Esa tarde, después del turno, me metí a la iglesia de San José. Olía a cera y a flores de papel. Una viejita rezaba en la primera banca, igual que mi abuela, con los dedos ensartados en las cuentas. Yo quería rezar, pero las palabras se me atoraban. No podía pedirle a Dios que me ayudara a perdonar, porque no quería perdonar. Quería que Eduardo pagara.

A las nueve de la noche llegué al hospital. El aire acondicionado zumbaba en los pasillos como un motor viejo. Pasé por la estación de enfermeras y vi el nombre en la pizarra: Castillo, Eduardo. Cuarto 204. Infarto agudo de miocardio. Me quedé parada, con el expediente de otro paciente en la mano. El bolígrafo se me cayó y rodó debajo del mostrador. Me agaché a recogerlo y me quedé ahí, como si el suelo me hubiera tragado.

Verónica me encontró en la cafetería. Estaba pálida, con el cabello pegado a la frente por el calor. «Marisol, por favor…». Me dijo que la aseguradora no cubría el procedimiento. Que necesitaban ocho mil cuatrocientos dólares de anticipo o lo transferían al condado. Que la casa estaba hipotecada. Yo la escuché y sentí que algo se me despegaba por dentro, como una costra. «¿Y yo por qué tengo que pagar esa cuenta?» le dije. «Tu esposo me robó la mía». Ella se quedó callada, con la boca entreabierta. Luego se fue, arrastrando las chanclas por el pasillo.

A la una de la mañana, el monitor del 204 empezó a pitar. Entré a cambiar una bolsa de suero. Eduardo estaba despierto, con los ojos fijos en el techo. Tenía el rosario de mamá enredado en los dedos. «Mija…» dijo, con una voz que no le conocía. «Sé que no merezco que me oigas». Yo no respondí. Le acomodé la almohada, revisé la vía. Sus manos temblaban. Olía a sudor y a miedo. «La casa…» empezó a decir. «La casa era tuya, Marisol. Perdóname». Le quité el rosario y lo puse en la mesita, junto al vaso de agua. «No tienes que decir nada», le dije. Salí al pasillo.

Me apoyé contra la pared fría y saqué el teléfono. Entré a la aplicación del banco. Mis ahorros: ocho mil cuatrocientos setenta y tres dólares. Once años de turnos dobles, de no ir al cine, de comer frijoles tres días seguidos. Yo los guardaba para el apartamento. Para la cuota inicial. Pero en ese momento, algo me dijo que era exactamente la cuenta que Eduardo necesitaba. No era fe. No era bondad. Era una factura. La factura de la casa que me quitó, pero que no iba a dejar que le quitara a él.

Bajé a la caja del hospital. La mujer del mostrador masticaba chicle y tecleaba sin parar. «¿Cuenta de quién?» me preguntó. «Castillo, Eduardo. Cuarto 204». Ella buscó en la computadora. «Son ocho mil cuatrocientos dólares». Le mostré el teléfono. «Voy a pagar por transferencia». Ella me dio un formulario. Lo llené con mis datos, con el número de cuenta que tenía en una captura de pantalla. Puse el monto: 8,400.00. Le di al botón de enviar. El teléfono vibró. La mujer revisó la pantalla, verificó el código de confirmación. «Listo», dijo. «Aquí tiene su recibo». Me entregó una copia impresa, con el sello del hospital en tinta roja.

En el pasillo del segundo piso, Verónica estaba sentada en una silla de plástico, con los hombros hundidos y un pañuelo de papel hecho una bolita en la mano. Me detuve frente a ella. «Toma». Le extendí el recibo. Ella lo tomó con las dos manos, como si fuera una hostia. «¿Qué es esto?» preguntó. «La cuenta de Eduardo ya está pagada. Ocho mil cuatrocientos. Para que no venda la casa». Verónica se echó a llorar. «Marisol, no tenemos cómo pagarte…» «No es un préstamo», le dije. «Es para que mis sobrinos no se queden en la calle». Di media vuelta y caminé hacia el elevador.

Desde la puerta de la habitación 204, alcancé a ver a Eduardo. Tenía los ojos abiertos. Verónica entró y le mostró el papel. Él lo tomó, lo leyó, y luego sus ojos buscaron los míos. Sostuve eso un segundo. Luego me fui.

Afuera, la tormenta había reventado. Los relámpagos iluminaban las Franklins como si el profeta estuviera cambiando un fusible en el cielo. El perro de los vecinos ladraba a cada trueno. Me subí a la camioneta y encendí el motor. El limpiaparabrisas barría el agua a golpes. En el asiento de al lado estaba el recibo de la transferencia, con mi nombre y el sello del banco. Ocho mil cuatrocientos dólares. Once años. La noche de San Elías. Las nubes se rompieron sobre las montañas. Yo solo respiraba.

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