# El ajuste de cuentas en el Parque Lincoln
Llevo once años despachando flores en la entrada del Parque Lincoln, en pleno Este de Los Ángeles. Los sábados me conocen hasta los churreros. Sé cuándo una pareja viene a pedirse matrimonio y cuándo una muchacha esconde un moretón bajo las gafas de sol. Pero aquel jueves de octubre, a las cuatro y veinte de la tarde, vi algo que todavía me eriza la piel cuando paso frente a la banca de madera vieja, la que está junto al puesto de don Tomás.
El viento arrastraba el olor a elote asado y a tierra seca. Yo estaba cortando los tallos de unos girasoles cuando distinguí a la mujer dormida. Tendría veintitantos, el pelo castaño revuelto y una chamarra de mezclilla demasiado ligera para el fresco que ya empezaba a calar. A su lado, dos bultos envueltos en cobijitas desteñidas, una color mantequilla y la otra verde menta. Dos mellizos. Una manita con uñas de miniatura asomó del bulto verde y enseguida volvió a esconderse. La muchacha dormía con la nuca recargada en el respaldo, la boca entreabierta, como si el sueño fuera lo único que le quedaba.
Acomodé los cubetazos sin hacer ruido, pero el verdadero silencio llegó cuando un hombre de unos treinta y cinco años se plantó a tres metros de la banca. Iba impecable: suéter de marca, tenis que costaban lo que yo saco en un mes, lentes de sol colgando del cuello. Lo acompañaba una señora de pelo corto y andar nervioso, seguro la mamá. El hombre se puso del color del papel maché. La señora le tocó el brazo y le dijo algo al oído, pero él ni pestañeó. Su atención estaba clavada en la mujer dormida y en aquellos envoltorios de franela.
Se acercó con pasos demasiado medidos, como quien camina sobre un techo de lámina. La señora lo siguió, retorciendo la correa de su bolso. Yo me puse a reacomodar los claveles, pero no perdí detalle.
Uno de los bebés soltó un quejido corto y la muchacha se despertó sobresaltada. Se incorporó de golpe, se limpió la frente con el dorso de la mano y entonces lo vio. Se le tensaron los hombros de una forma que yo conocía bien: la postura de quien ya ha perdido demasiado y no está dispuesta a perder ni un gramo de dignidad.
—¿Qué haces aquí, Valeria? —la voz del hombre sonó más a acusación que a pregunta.
Ella alisó la cobija del bebé que seguía dormido. Un gesto automático, de esos que no se ensayan.
—Son míos —respondió, y las dos palabras pesaron como una losa.
La señora se tapó la boca.
—Mija… ¿por qué estás durmiendo en la calle?
Valeria intentó estirar los labios, pero la mueca no llegó a nada.
—A los niños les calma el aire fresco.
Era una media verdad de las que yo he repetido cuando no tenía para el depósito de la luz y prefería no ver a nadie. Lo supe al instante. La muchacha no quería mentir, pero tampoco iba a regalar su desgracia.
El hombre dio un paso más y entonces el bebé del bulto verde estiró un puño hacia el aire, y en la muñeca se le marcó un lunar pequeño, justo debajo del pulgar. Alejandro se llevó la mano libre a su propia muñeca, al mismo lunar que él tenía ahí desde niño, el que su abuela llamaba "la marca de los García". La señora soltó un grito ahogado al ver el gesto de su hijo. Valeria bajó la vista y su mano fue directa a la mochila descosida que tenía a los pies.
Sacó un sobre de papel manila, de esos tamaño oficio, arrugado en las esquinas, y otro más delgado detrás. Le entregó el primero a Alejandro y se guardó el segundo en la mochila sin decir nada, como quien ya había calculado de antemano cuánto iba a mostrar y cuánto se iba a quedar.
—Es la prueba de ADN. El original es tuyo, yo me quedo con la copia. Son tus hijos, Alejandro. Los dos. No te busqué antes porque no quería tu lástima ni tus centavos. Pero esto ya es demasiado.
Alejandro rasgó el sobre con dedos que le temblaban. Sacó unas hojas membretadas. Sus ojos recorrían los números, las probabilidades. Al lado de la firma del laboratorio se leía bien clarito: "99.99% de probabilidad de paternidad". La señora se inclinó sobre su hijo y soltó un murmullo que era pura incredulidad.
Valeria se puso de pie con los dos bebés en brazos, uno a cada lado, con una fuerza que yo solo he visto en mujeres que ya cruzaron la línea del miedo.
—No vine para pedirte nada —aclaró, con un hilo de voz que ya no temblaba—. Vine para avisarte que el viernes mi abogada presenta la demanda de paternidad. Dos mil trescientos dólares al mes por los dos, más el retroactivo del año. Tu rancho en las colinas va a tener que esperar un rato, Alejandro.
Giró sobre sus tenis gastados, acomodó al bebé que lloriqueaba contra su hombro y echó a andar hacia la parada del autobús de la línea 33. Dejó atrás, sobre la banca, un biberón vacío y un pañuelo de tela con monitos.
Alejandro se dejó caer en la banca. Apretó las hojas del reporte hasta arrugarlas por las esquinas y abrió la boca dos veces sin que le saliera ningún nombre. La señora le jaló la manga: "Haz algo, mijo, no te quedes ahí". Él no se movió; se quedó mirando el punto de la acera por donde Valeria había desaparecido, con el sobre doblado entre las rodillas.
El camión se llevó a Valeria y a los mellizos calle abajo, rumbo a ninguna parte.
Yo terminé de envolver un ramo de margaritas y lo dejé sobre la banca, junto al pañuelo de los monitos. Después volví a mis cubetas de girasoles, a cortar tallos, a esperar al siguiente cliente del jueves.











