Diez mil dólares por un vaso de agua

La tal Elena Romero llegó al hotel Hilton del downtown de Miami a las ocho y cuarto de la mañana. Un calor de cuarenta grados ya derretía el asfalto ahí afuera y el aire acondicionado del lobby le pegó en la nuca como un cuchillo. Cargaba un maletín de cuero con las agarraderas gastadas. Unos lentes finos. Un traje sastre gris ratón que había comprado en el 2011 y todavía le quedaba bien.

Erick la recibió en el pasillo. El muchacho tendría veintiocho años, un blazer azul eléctrico y un pinganillo colgándole de la oreja como un arete de juguete. Le echó un vistazo de arriba abajo —los zapatos sin tacón, la cana que se le escapaba del moño— y frunció la boca como si hubiera olido leche cortada.

—¿Usted es la intérprete? —dijo, sin saludar.

—Elena Romero. La contrataron para la reunión de hoy con los inversionistas colombianos.

Erick no le dio la mano. Tecleó algo en el celular, se rascó la ceja.

—Sígame. Pero rápido, que la delegación llega en cuarenta minutos.

Atravesaron el salón de banquetes. Era un monstruo de alfombra beige y candelabros de cristal falso. La mesa central era un escándalo: doce puestos con mantel blanco, tarjetas con nombres en caligrafía, banderitas de Estados Unidos y Colombia en un jarrón diminuto. Al fondo, las ventanas daban a la bahía de Biscayne y los yates blancos cabeceaban bajo el sol como cucharitas en un plato de sopa.

Erick la pasó de largo. Pasaron las mesas de los socios, la mesa de la prensa, un grupo de meseros que iban y venían con jarras de café colombiano —el olor a tierra tostada lo inundaba todo— y por fin se paró en una mesa pegada a la puerta batiente de la cocina. Dos sillas. Una estaba ocupada por un chofer grandote que se comía un pastelito de guayaba.

—Aquí —Erick señaló la silla libre con la punta del zapato—. Usted es el plan B. Si falla algo, la llamamos. Mientras, no moleste.

Elena se sentó. Dejó el maletín en el suelo. Del otro lado de la puerta llegaba el estruendo de ollas y el siseo de algo friéndose en mantequilla. El chofer la miró de reojo y siguió masticando.

Treinta y dos años de carrera. Elena había traducido para la OEA, para el consulado, para una docena de ministros. Había vivido en Medellín, en Cartagena, en el DF. Conocía cada recoveco del español de las finanzas: *fideicomiso*, *gravamen*, *concordato*, *sociedad comanditaria*, el subjuntivo correcto para una cláusula de cesión de derechos. Cobraba mil dólares por día.

Llevaba tres meses sin que la llamaran.

Abril estaba a la vuelta de la esquina y el alquiler del apartamentico en Hialeah se comía lo poco que tenía ahorrado. Por eso agarró este contrato sin chistar, aunque la agencia se lo dio a regañadientes: «Doña Elena, esa empresa busca intérpretes con *perfil joven*». Perfil joven. A sus cincuenta y seis años, eso la dejaba fuera de la foto.

Sacó un libro del maletín. Era una edición vieja de los *Versos sencillos* de Martí, del 75. Las páginas amarillas y el lomo quebrado de tanto abrirlo. Lo puso sobre la mesa y siguió leyendo donde lo había dejado la noche anterior, con la lucecita de la mesita de noche que parpadea.

Tres mesas más allá, Valeria —veintitrés años, un vestido color marfil que costaba el triple de lo que Elena cobraba por el día— repasaba el glosario en una tableta. Taconeaba nerviosa. Cada tres segundos se mordía el labio y le preguntaba algo al de al lado, un asistente con cara de sueño.

—O sea, ¿y qué es *gravamen*? —se le oyó.

Elena no movió la cabeza. Pasó la página del libro. A su lado, el chofer terminó el pastelito y se limpió los dedos en la servilleta que le dio una mesera.

La delegación colombiana llegó a las once menos cuarto. Tres camionetas negras afuera, vidrios polarizados, un calorón que temblaba sobre el asfalto del estacionamiento. El jefe era don Fernando Ángel Uribe, dueño de la mitad de las plantaciones de café del Quindío. Un hombre de sesenta y pico, bajito, canoso, con unas gafas de carey que no se quitaba ni para tomar agua. Entró al salón sin apuro, sin sonrisa, y se quedó un momento quieto en la entrada, como contando cabezas.

Erick se puso nervioso como un gallina mojada. Corrió a la mesa central, empujó a Valeria por un hombro.

—Ya, siéntate. Sonríe. Y por lo que más quieras, no se te ocurra traducir nada sin pensar.

Valeria se alisó el vestido y le echó una sonrisa de concurso de belleza al asistente de don Fernando.

Elena lo veía todo desde su esquina. El chofer de los colombianos —un tipo flaco que mascaba un palillo— ocupó la silla de al lado. Dejó el palillo en el borde del cenicero y se quedó mirando al vacío con cara de aburrimiento.

La negociación arrancó. El jefe de la empresa gringa era un tal Mr. Donovan, un colorado con reloj de oro que sudaba como queso fresco. Se levantó, dijo las palabras de bienvenida en un español de aprender-por-internet —*bwenos días, estamoz muoz contentos*— y se quedó mirando a Valeria para que tradujera al inglés para sus propios ejecutivos. Ahí fue la primera vez que la muchacha se trabó. Dijo *we are very… very happy of be here*. Mr. Donovan frunció el ceño. Alguien tosió.

Don Fernando, mientras tanto, hablaba pausado. Explicaba el esquema de inversión, la fusión de las caficultoras, los términos del *fideicomiso*. Cuando Valeria llegó a *fideicomiso* se quedó en blanco. Movió los dedos sobre la tableta, tocó la pantalla tres veces. Dijo *trust*.

Don Fernando se quitó las gafas.

—No, señorita. Un *fideicomiso* no es un simple *trust*. Es un vehículo de administración con un patrimonio autónomo. Un *trust* anglosajón es otra cosa.

El silencio cayó como un balde de agua helada.

Erick, desde un costado, le hacía señas a Valeria. «Sigue, sigue». Valeria abrió la boca, se disculpó entre dientes y siguió. Dos minutos después, don Fernando utilizó la palabra *concordato* y Valeria dijo *bankruptcy*. Ahí sí, don Fernando echó la silla hacia atrás.

—No. Un *concordato* es un acuerdo de acreedores para *evitar* la quiebra. Si usan *bankruptcy*, los inversionistas se me espantan.

Se hizo un silencio de escuela en examen. Mr. Donovan se llevó la servilleta a la frente. Los abogados gringos se consultaban en susurros. Erick tenía la mandíbula apretada y las manos en los bolsillos, crispadas.

Y entonces, desde el fondo del salón, al lado de la puerta de la cocina, llegó una voz clara, precisa, sin un gramo de prisa:

—Fideicomiso: autonomous equity vehicle. Concordato: composition agreement with creditors.

Todo el mundo se volteó. Era Elena. Estaba de pie, el libro de Martí cerrado sobre la mesa. El chofer colombiano la miró con los ojos grandes, un palillo nuevo colgándole del labio.

Don Fernando se levantó de la silla. Caminó hacia ella con pasos cortos. Cuando llegó a su altura, la mujer debía de tener la misma edad que él, los mismos callos en la voz.

—¿Usted me está corrigiendo la traducción? ¿Quién es usted?

—Soy la intérprete que contrataron de respaldo —dijo Elena.

—¿Y por qué está sentada aquí, al lado de la cocina? —don Fernando señaló la silla del chofer—. ¿Con el chofer?

Antes de que Elena respondiera, Erick se plantó a su lado.

—Don Fernando, discúlpenos —apuró el muchacho, la frente sudada—. Ella está aquí para ayudar con el servicio. Se le pidió que trajera agua y algo para los choferes. La intérprete oficial es Valeria.

Don Fernando se volvió hacia Erick y le clavó los ojos. Dos agujas negras detrás del carey.

—¿Cuántos años tiene usted, joven?

—Ventiocho, señor.

—Tengo plantaciones más viejas que usted. Y le digo una cosa: ¿sabe cómo se llama a un intérprete que traduce *fideicomiso* como *trust* y *concordato* como *bankruptcy*?

Erick no respondió.

—Desastre —dijo don Fernando—. Eso es lo que es.

Se giró hacia Elena.

—Señora —y lo dijo con una suavidad nueva, como si pidiera permiso—, ¿quiere usted sentarse a la mesa y traducir esta negociación?

Elena recogió el libro, lo metió en el maletín. Pasó por delante de Erick sin mirarlo. A Valeria, que se había quedado blanca y con la tableta apagada sobre las piernas, le rozó el hombro con la mano, así, un instante, apenas un roce como quien quita una pelusa.

Se sentó a la derecha de don Fernando. Pidió un café. Negro, sin azúcar. El mesero corrió a servírselo.

La reunión se extendió hasta las dos y media. Elena tradujo cada palabra, cada pausa, cada intención. Don Fernando y Mr. Donovan cerraron el acuerdo por cuarenta y siete millones de dólares. Cuando se levantaron a darse la mano, don Fernando tomó la de Elena entre las suyas.

—Gracias. De verdad.

Erick la esperaba en el pasillo cuando ella iba de regreso al baño. Se pasaba una mano por la nuca como si le ardiera.

—Doña Elena, yo… le pido disculpas. No debí…

Elena siguió caminando. Llegó al baño de mujeres, abrió la puerta. Valeria estaba adentro, sentada en un taburete, llorando bajito con los codos en las rodillas. Al verla, se levantó de golpe y se secó los ojos con el dorso de la mano.

—Señora, por favor, no le diga a mi jefe que yo… Es mi primera semana.

Elena la miró. Buscó en el bolso, sacó un klínex y se lo puso en la palma.

—Estudie más. Y no se ponga a traducir finanzas si no sabe lo que es un fideicomiso.

Salió del baño. Recogió el maletín de la mesa de la cocina. El chofer colombiano la despidió con una inclinación de cabeza y una sonrisa chiquita. El palillo había desaparecido.

Al cruzar el lobby, le vibró el celular. Un mensaje de la agencia: «Doña Elena, la empresa pide que usted cubra todas las negociaciones de la semana. Cuatro días más. Le subieron la tarifa a dos mil por día».

Guardó el teléfono. Afuera, el calor le dio en la cara. Se detuvo en la acera, se quitó los lentes y los limpió con un borde del traje. Pensó en el tapiz del sofá que se le rompió hacía dos meses. En la luz del baño de su apartamento, que llevaba un año parpadeando. En el vuelo a Medellín que no se permitía desde hacía tres Navidades.

Sonrió. Se puso los lentes. Caminó hacia la estación del metromover, con el sol del downtown rebotando en los rascacielos y el ruido alegre de los carros pitando en la congestión.

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