Andrés llegó al andén con la transportadora en una mano y un billete de autobús arrugado en la otra.
El plástico se golpeó contra su pierna al esquivar a una pareja con maletas. Canela se encogió en el fondo, pegada a la manta vieja que Andrés había metido a última hora. Esa manta olía a suavizante barato y a la repisa de la ventana donde el gato dormía todas las tardes. Ahora no servía de nada.
La estación de Greyhound olía a café recalentado y a desinfectante de pisos. Por los altavoces anunciaban salidas con esa voz metálica que nunca se entiende del todo. Andrés se sentó en una banca de plástico azul, cerca de la máquina expendedora. Eran las seis y media de la mañana. El sol todavía no calentaba y por la puerta abierta entraba una corriente fría que le daba justo en la nuca.
Compró un café aguado con dos dólares y medio. Lo bebió de pie, mirando la transportadora. Canela no se movía.
El teléfono vibró una vez. Un mensaje del banco. Nada más. Borró la notificación y abrió la conversación con Valeria. El último mensaje era de hacía tres días: «Las llaves están sobre la mesa. El resto de tus cosas, en la caja de la entrada.» Sin puntos. Sin mayúsculas. Como si escribir su nombre le hubiera costado demasiado esfuerzo.
Andrés recordó la mañana en que todo se rompió. Valeria estaba junto a la estufa, removiendo un huevo estrellado que se le había pegado al sartén. Tenía puesto ese suéter verde oliva, deshilachado en los codos, que él odiaba doblar porque ocupaba medio cajón. Las mangas le cubrían los nudillos. Sobre la encimera, dos tazas de café. Una para ella. Otra para nadie.
—Te llevas al gato, entonces.
No era una pregunta. Valeria lo dijo sin voltear, raspando el sartén con la espátula.
—Es mi gato —respondió Andrés desde la puerta.
—Claro.
Canela estaba echado sobre el refrigerador, con la cola colgando. Miraba a uno. Miraba a la otra. Luego bajó de un salto, caminó hasta su plato vacío y se quedó ahí, esperando algo que no llegaba.
Andrés metió su ropa en una maleta vieja. No era mucha. Dos pantalones, tres camisas, el cargador, la rasuradora, un frasco de pastillas para dormir que ya casi no le hacían efecto. Revisó el bolsillo roto de la chamarra por costumbre. Por ese agujero había perdido dos tarjetas de débito y una navaja suiza. Nunca lo cosió porque Valeria siempre decía que lo haría ella.
Abrió la transportadora. Canela tardó un minuto entero en asomar la cabeza. Olfateó la rejilla. Miró hacia la cocina, hacia la espalda de Valeria, hacia la ventana donde las suculentas empezaban a secarse. Luego entró con esa lentitud resignada que tienen los animales cuando saben que no hay vuelta atrás.
El clic del cierre fue el último ruido que compartieron en esa casa.
Ahora, en la estación, Canela arañaba el fondo de plástico.
Andrés metió un dedo por la rendija. Le tocó la nariz. Estaba seca. En casa, siempre estaba fría y húmeda. El gato se apartó y se hizo una bolita más apretada.
A su lado, un señor con una cachucha de los Dodgers sacaba migas de pan de una bolsa y se las tiraba a las palomas que entraban desde el andén. Una de las aves se le subió al zapato. El tipo se reía bajito, sin molestarla. Andrés lo miró unos segundos y desvió la vista.
El altavoz anunció la salida del autobús 742 con destino a Tucson.
No era el suyo. El suyo salía en quince minutos por el carril tres.
Abrió otra vez la conversación con Valeria. Los dedos se quedaron quietos sobre el teclado. No quería disculparse. No quería mentir con un «luego te llamo». Solo quería escribir algo que ella pudiera entender dentro de cinco años, cuando ya no doliera. Pero no encontró nada.
Canela soltó un maullido distinto. Finito. Como el zumbido de un foco a punto de fundirse. Andrés se agachó. Pegó la palma a la rejilla. El plástico estaba caliente. El gato no se acercó.
Fue entonces cuando lo entendió.
No se llevaba a Canela por el gato. Se lo llevaba para no abrir la puerta del departamento nuevo y sentir el silencio como un golpe en el pecho. Para tener una excusa y comprar croquetas a las diez de la noche. Para hablarle en voz alta a alguien y engañarse un rato.
Pero el gato llevaba cinco años conociendo cada tabla del piso, cada rayo de sol sobre la alfombra, cada crujido de la cama cuando alguien se levantaba de madrugada. Y ahora iba metido en una caja de plástico, camino a un lugar que olía a pintura fresca y a vacío. Solo porque Andrés le tenía más miedo a la soledad que a cualquier otra cosa.
El autobús aparcó en el carril tres. Un letrero digital parpadeó: TUCSON 7:15 AM. La conductora bajó, abrió el maletero y empezó a revisar equipajes. Andrés se quedó en la banca. Pesaba levantarse. Pesaba todo.
La rejilla de la transportadora se combó un poco.
Canela se había movido.
Primero fue una pata. Luego la cabeza, girando apenas. Luego los bigotes rozando el plástico. Su cuerpo entero se desperezó como si acabara de despertar de un sueño muy largo.
Andrés levantó la mirada.
Valeria estaba a cinco metros.
Traía el mismo suéter verde. Las mejillas manchadas de lágrimas y del frío de la mañana. Un mechón de pelo negro pegado a la comisura de los labios. Jadeaba. Había corrido.
No dijo nada. No le pidió que se quedara. Caminó hasta la transportadora y se arrodilló sobre el cemento como si fuera lo más natural del mundo. Acercó la mano. Tres dedos apoyados sobre la rejilla. Quietos. Esperando.
Canela se incorporó. Avanzó un paso. Después otro. Su cola rozó la pared de plástico. Estiró el cuello, y con la punta de la nariz tocó justo la yema del índice de Valeria.
Y ronroneó.
Fuerte. Con ese zumbido grave que llenaba cualquier habitación.
Ella metió un dedo entre los barrotes y le acarició detrás de la oreja cortada —esa que Andrés curó tarde tras tarde cuando Canela volvió sangrando de una pelea con un gato callejero. El animal apoyó la cabeza sobre su mano y cerró los ojos.
La conductora gritó desde la puerta del autobús: —Pasajeros al tres, favor de abordar.
Andrés se puso de pie. Se colgó la maleta al hombro. Agarró el asa de la transportadora y se la tendió a Valeria.
—Llévatelo.
Ella alzó la cara.
—¿Seguro?
—Seguro.
Le entregó también la bolsa de croquetas que llevaba en la mochila. Sus dedos rozaron los de ella. Fue apenas un segundo. Pero alcanzó para que él recordara la última mañana, las dos tazas de café sobre la encimera, el suéter verde, los huevos quemados.
Andrés se giró y caminó hacia el autobús. Metió el billete en la ranura. La conductora sonrió mecánicamente y le señaló el asiento doce.
No se volteó.
Entendía que si lo hacía, iba a ver a Canela en brazos de Valeria, envuelto en el suéter verde como una tortilla caliente. Y entonces no se iba a subir a ningún lado.
El autobús arrancó. La estación se fue haciendo chica detrás de la ventana. Las palomas levantaron vuelo. El señor de la cachucha guardó la bolsa de pan y se perdió entre los pasillos.
Andrés apoyó la frente contra el vidrio. Metió la mano en el bolsillo roto de la chamarra.
En el fondo, entre la costura y el forro, sus dedos encontraron una bolita suave de pelo gris.
La sacó.
Era de Canela. Pelusa de gato acumulada durante semanas de siestas en el clóset.
La sostuvo entre el pulgar y el índice, la hizo girar una vez bajo la luz anaranjada que entraba por la ventana.
Luego la guardó otra vez.
El autobús tomó la interestatal 25 hacia el sur. Enfrente, la carretera se alargaba entre matorrales secos y cielo limpio. Detrás, Albuquerque entero era una mancha parda que se encogía hasta volverse un recuerdo aplastado contra el cristal.
Andrés cerró los ojos. Dentro del bolsillo, su dedo y la pelusa se tocaban apenas, como dos pasajeros desconocidos que viajan en la misma fila y no saben si hablarse o mirar por la ventana.












