Un perro llamado Trueno y el sobre de mi vecino Ramiro

Llevo veintitrés años trabajando en el cementerio Monte de los Olivos, en las afueras de El Paso, Texas, y creí que ya no había nada que pudiera dejarme sin palabras. Me equivoqué un martes de octubre, con el sol pegando fuerte a las diez de la mañana y el olor a tierra recién removida mezclándose con el de las coronas de flores que ya empezaban a marchitarse en la caseta de herramientas.

Mi trabajo es simple: preparo la fosa, superviso que todo se haga con respeto, y cuando la familia se retira, termino de cubrir. Ese día enterrábamos a Yolanda Cifuentes, treinta y cuatro años, según decía la lápida provisional de cartón que después cambian por la de mármol. Cáncer fulminante, había dicho el viudo, un tal Braulio Cifuentes, cuando llegó con los papeles de la funeraria García Hermanos —la misma que atiende a media colonia desde hace generaciones, la que tiene esa camioneta negra con el logo dorado que todos en el barrio reconocen.

Lo que me llamó la atención primero no fue el hombre. Fue el perro.

Un pastor mixto color canela, orejas paradas, que había llegado atado con una correa vieja de cuero y que en cuanto bajaron el ataúd de la carroza empezó a temblar como si tuviera frío, aunque hacía un calor de los que te pegan la camisa a la espalda. Se llamaba Trueno, según me dijo después la única persona que quedó junto a mí cuando todos se fueron: una señora bajita, con lentes de aumento, que resultó ser la vecina de al lado, doña Carmela.

—Ese perro no se separa de ella ni para comer —me dijo, mientras yo echaba la primera palada—. Algo no anda bien, joven. Se lo digo yo, que llevo cuarenta años viendo entierros en esta cuadra.

Yo no le hice mucho caso al principio. La gente dice cosas raras en los funerales. Pero el hermano del viudo —un tipo mayor, con sombrero de palma, que resultó ser el padrino de la difunta— preguntó si no venía nadie más de la familia. Y el viudo contestó rapidísimo, casi antes de que terminara la pregunta:

—Ella quería algo íntimo. Nomás nosotros.

Raro, pensé. Porque yo mismo había visto a esa muchacha, Yolanda, un mes antes, comprando pan dulce en la panadería de la esquina de Alameda con Piedras, riéndose con la señora del mostrador como si conociera a medio El Paso. Una mujer así no muere sin que se aparezca ni un primo.

El perro empezó a ladrar justo cuando yo bajaba la segunda palada. No un ladrido cualquiera: un aullido bajo, raspado, como el que hacen cuando algo se les está muriendo dentro. Se lanzó contra la tierra suelta, arañando con las patas delanteras, y el sepulturero que trabajaba conmigo, un muchacho nuevo llamado Efrén, tuvo que jalarlo de la correa.

—Trueno, quieto —le gritó Efrén.

El perro no obedeció. Metió el hocico casi hasta el fondo de la fosa, gimiendo, y entonces se oyó. Un golpe. Sordo, apagado, pero un golpe al fin, viniendo de adentro del cajón.

Yo llevo más de dos décadas en esto y jamás había sentido lo que sentí en ese momento: el vello de los brazos se me paró como si me hubieran echado agua fría.

—Oiga —le dije al viudo—. Creo que oí algo.

Braulio Cifuentes no se movió del lugar donde estaba parado, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón de vestir. Y aquí es donde algo se me revolvió por dentro, porque no puso cara de sorpresa. Puso cara de que ya sabía. De que estaba esperando que pasara justamente eso.

—Es la madera —dijo, con la voz un poco más alta de lo normal—. Se acomoda con el calor. Sigan cerrando.

Doña Carmela, la vecina, me agarró del brazo con una fuerza que no le calculaba a esa edad.

—Ábralo —me dijo, casi sin aire—. Yo respondo por lo que sea.

Efrén ya tenía la pala lista para acercarse al ataúd cuando el viudo dio un paso adelante, cortándole el camino.

—Ya dije que no. Está firmado el certificado de defunción, aquí está el papel, no hay nada que revisar.

Y algo en cómo lo dijo —seco, cortante, sin ni una gota de dolor de viudo reciente— me hizo tomar la decisión más importante que he tomado en este trabajo. Le hice una seña a Efrén con la cabeza para que se detuviera, y le dije al viudo que por reglamento del cementerio, cualquier ruido reportado durante un entierro debía notificarse al forense del condado antes de continuar. No sé si eso era cierto al pie de la letra, pero funcionó: le compró tiempo a lo que fuera que estaba pasando adentro de esa caja.

Braulio se puso pálido. Sacó el teléfono, dijo que tenía que hacer una llamada urgente, y se alejó unos quince metros hacia el estacionamiento. Fue el error que lo perdió, porque en cuanto se dio la vuelta, doña Carmela me soltó, en susurros atropellados, lo que llevaba guardado desde que había llegado al cementerio esa mañana.

Me contó que el papá de Yolanda —fallecido cuatro años atrás, dueño de un taller de hojalatería y pintura en la avenida Yarbrough, uno de los más viejos y conocidos del sur de la ciudad— le había dejado a ella, y no a su hermana Rosaura, la propiedad del taller completo junto con dos lotes de terreno detrás del negocio. Rosaura nunca se lo perdonó. Y Braulio, el esposo, llevaba meses insistiéndole a Yolanda para que le traspasara su parte a nombre de él, "para simplificar los impuestos", decía. Ella se había negado.

—Ese hombre le puso algo en la cena —me dijo doña Carmela, temblando—. Anoche estuve ahí. Yolanda se sintió mal después de comer, y Braulio no dejó que llamara a nadie. Dijo que era gripe estomacal.

No alcancé a responderle nada porque el perro volvió a ladrar, más fuerte esta vez, y detrás del ladrido, otro golpe. Más claro. Más desesperado.

Ahí ya no lo pensé. Le grité a Efrén que trajera la palanca de la caseta y entre los dos, sin esperar a que regresara el viudo de su llamada, empezamos a sacar tierra a manos llenas.

Cuando por fin destapamos el ataúd y Efrén hizo palanca en la tapa, Yolanda Cifuentes abrió los ojos con una fuerza que no parecía posible en alguien que llevaba casi cuarenta minutos bajo tierra. Tenía los labios morados, respiraba con un silbido espantoso, pero estaba viva. Trueno se le echó encima antes de que nadie pudiera detenerlo, lamiéndole la cara, y ella levantó una mano temblorosa para tocarle el lomo.

Braulio Cifuentes, al oír los gritos, salió corriendo hacia su camioneta, pero el guardia de seguridad del cementerio —que ya había llamado a la policía de El Paso apenas escuchó el alboroto— alcanzó a cerrarle el paso en la entrada. Lo detuvieron ahí mismo, con el teléfono todavía en la mano.

Yo no supe el resto de la historia hasta semanas después, cuando doña Carmela volvió al cementerio a dejarle flores a un difunto de verdad y se quedó platicando conmigo un rato, como hacen los que necesitan contarle a alguien lo que vieron.

Me dijo que Yolanda, ya recuperada en el hospital Del Sol, había encontrado entre las cosas que su padre le dejó guardadas un sobre sellado que él había preparado cuatro años antes de morir, con instrucciones de abrirlo solo "si algo raro llegaba a pasarme". Adentro había una copia notariada del testamento original, distinta a la que Braulio había presentado en la corte del condado, y una carta donde el señor Cifuentes —perdón, el señor Aranda, que así se apellidaba el padre— dejaba constancia de que sospechaba de las intenciones de su yerno desde antes de morir.

Con ese sobre, un abogado de la calle Mesa que Yolanda contrató apenas salió del hospital, tramitó en menos de dos meses el cambio total de titularidad del taller y los terrenos, esta vez con un fideicomiso que Braulio no podía tocar ni con poder notarial ni con nada. También canceló la cuenta bancaria conjunta que compartía con él —unos veintidós mil dólares que Braulio ya había empezado a mover hacia otra cuenta a su nombre— y cambió las cerraduras de la casa de la calle Alameda esa misma semana, mientras él seguía detenido esperando la fianza.

Doña Carmela me contó que, meses después, se topó con Braulio en la fila del Walmart de Zaragoza Road. Él la vio, bajó la cara y se metió detrás de una góndola de refrescos para no cruzar palabra. Yolanda, mientras tanto, sigue viniendo cada seis meses al cementerio, no a visitar una tumba, sino a dejarle croquetas y agua a Trueno en la caseta donde Efrén y yo lo cuidamos los días que ella trabaja hasta tarde en el taller que ahora lleva su nombre, solo el de ella, en el letrero nuevo que mandó pintar sobre la entrada de la avenida Yarbrough.

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Un perro llamado Trueno y el sobre de mi vecino Ramiro