El gato Capitán no se movió de Zarzamora Street hasta el último aliento de don Reynaldo

"Tráiganme a Capitán. Quiero despedirme de él antes de irme. Pero no lo carguen a la fuerza, hablen con él, ese gato entiende todo, siempre entendió todo."

La voz de don Reynaldo Olvera apenas era un hilo. Mateo, su único hijo, la escuchó de todos modos, clara, como si cada palabra le costara el poco aire que le quedaba. Afuera, en la calle Zarzamora, el carrito del paletero sonaba su campanita de siempre, ajeno a lo que pasaba dentro de aquella casa de ladrillo con porche techado.

Era una noche de octubre en el Westside de San Antonio. El concentrador de oxígeno zumbaba junto a la cama de hospital que habían instalado en la sala tres semanas antes, cuando los médicos de Christus Santa Rosa dijeron que ya no había nada más que hacer en el hospital y que mejor lo trajeran a su casa. Mateo apagó el radio donde sonaba bajito una estación tejana y fue a buscar al gato.

Capitán tenía dieciséis años. Era naranja, con una oreja partida desde cachorro y los ojos nublados por las cataratas. Don Reynaldo lo había encontrado debajo del cofre de un Chevy Malibu, en el taller donde trabajó treinta y un años como mecánico, y le puso ese nombre porque le pareció que el animalito tenía porte de capitán de barco a pesar de medir lo que cabía en una mano. Desde entonces fueron inseparables. Cuando a don Reynaldo le diagnosticaron diabetes al gato, hace dos años, en la clínica del doctor Treviño sobre Culebra Road, él nunca faltó a una inyección de insulina, aunque le costara treinta y ocho dólares al mes que sacaba de su cheque del Seguro Social. Decía que Capitán había cuidado de él más tiempo del que él había cuidado de Capitán.

Mateo lo cargó despacio y lo puso sobre el cobertor.

"Dile adiós a papá, Capitán. Aquí está."

Pero el gato no necesitó que se lo explicaran. Avanzó con las patas temblorosas hasta la almohada y pegó todo el cuerpo a la cara de su dueño. Le pasó el hocico por la mejilla, por el párpado, por los labios resecos. Despacio. Como si quisiera memorizar cada rasgo antes de que fuera tarde.

"Capitán…" dijo don Reynaldo, casi sin voz. "Mi Capitán."

De los ojos cansados del viejo salieron lágrimas que no hacían ruido. Con un esfuerzo que le tensó el cuello entero, levantó la mano derecha, la mano que después de tres décadas de taller todavía tenía grasa metida bajo las uñas, y la dejó caer sobre el pelaje tibio del gato. Los dedos casi no respondían. Pero Capitán sintió ese peso ligero y se acurrucó todavía más cerca, como si su calor pudiera detener lo que ya nadie podía detener.

"Gracias… por todo…"

Fueron casi sus últimas palabras. Enseguida la mano se quedó quieta sobre el lomo del animal. Y el gato no se movió de ahí.

La sala se quedó tan callada que daba miedo respirar fuerte. Solo se oía el ronroneo de Capitán, parejo, como una especie de rezo. Mateo se sentó en el borde de la cama y tomó entre las suyas la mano de su padre, esa mano que le había enseñado a cambiar un aceite y a apretar una tuerca sin pasarse de rosca.

"Papá, aquí estamos. No está solo."

Capitán levantó entonces la cabeza y maulló una sola vez. Un sonido corto, apenas audible, pero cargado de algo que hizo que Mateo cerrara los párpados con fuerza para no llorar frente a su padre. Después el gato volvió a tocar con el hocico los párpados cerrados de don Reynaldo. Una vez. Y otra. Y otra más.

Nadie contó las horas esa noche. El reloj de la cocina marcaba las 11:47 cuando empezó la vigilia y nadie volvió a mirarlo hasta que la claridad entró por las persianas de la sala. A lo lejos pasó un tren de carga por las vías del Union Pacific, el mismo que don Reynaldo escuchaba todas las madrugadas desde que se jubiló. Capitán seguía ahí. No se había movido un centímetro. No sintió miedo. Se quedó hasta el final, guardando el último silencio de su compañero de dieciséis años.

La enfermera del hospicio llegó a las seis de la mañana y confirmó la hora de la muerte: 5:52 a.m. Solo cuando Mateo tomó al gato entre sus brazos y lo apretó contra el pecho, Capitán soltó un suspiro largo, escondió el hocico en la mano de Mateo y se quedó quieto. Había hecho todo lo que podía hacer. Hasta el último instante.

Tres días después, pasado el velorio en la funeraria de la calle Guadalupe y el entierro en el cementerio San Fernando número dos, Mateo manejó hasta la clínica del doctor Treviño en Culebra Road. Llevaba la carpeta con el expediente de su padre, donde seguía apareciendo una deuda pendiente de doscientos doce dólares por los últimos frascos de insulina. La pagó en el mostrador con la tarjeta de débito, sin que le temblara la mano, y después pidió algo más.

"Quiero que pasen al gato a mi nombre. Capitán se viene conmigo."

La recepcionista le acercó el formulario de transferencia de dueño. Mateo lo llenó con su dirección, en la calle Hidalgo, al sur de la ciudad, y firmó donde decía "nuevo responsable". También pidió que actualizaran el microchip en el registro del condado de Bexar, para que si alguna vez el gato se perdía, el teléfono que apareciera fuera el suyo y no el de una casa que ya nadie iba a habitar.

Esa misma tarde instaló junto a la ventana de su sala una silla vieja con la cobija a cuadros que había sido de su padre, la misma donde Capitán dormía todas las tardes en Zarzamora Street. El gato subió, dio dos vueltas sobre la tela gastada y se acomodó mirando hacia la calle, por donde pasaban las mismas paletas y los mismos camiones de reparto de pan dulce que conocía de memoria.

Mateo se quedó parado ahí un rato, con la carpeta del doctor Treviño todavía en la mano, viendo cómo el gato cerraba los ojos nublados y empezaba otra vez ese ronroneo parejo, como si en lugar de dieciséis años nada hubiera cambiado.

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El gato Capitán no se movió de Zarzamora Street hasta el último aliento de don Reynaldo