Yo trabajo hace catorce años como fisioterapeuta pediátrica en el Hospital Shriners de Boston, en el área de quemados. He visto de todo: niños que no quieren mirarse al espejo, padres que se derrumban en el pasillo cuando cambiamos los vendajes. Pero el caso de Mateo Reyes lo tengo grabado de una forma distinta, y no fue por la gravedad de sus heridas — que era enorme — sino por lo que hizo con ellas.
Mateo llegó a nosotros en marzo, transferido desde un hospital en El Paso después de que un tanque de gas explotara en la tienda de abarrotes donde su mamá, Lucía, lo llevaba cada tarde al salir de la primaria. Él tenía siete años. Ella murió esa misma noche, camino al hospital. Eso lo supe por la trabajadora social, no por él — Mateo casi nunca hablaba de su mamá en las sesiones, y yo tampoco preguntaba. Uno aprende a no preguntar.
El niño tenía quemaduras en el cuarenta y dos por ciento del cuerpo, la mayoría de segundo y tercer grado, en el torso, el brazo izquierdo y parte del cuello. Había perdido movilidad casi total en los dedos de esa mano. Estuvo veintiséis días en coma inducido. Cuando despertó, mi colega el doctor Osorio me dijo, en el pasillo, mientras revisaba una carpeta: "Este va a necesitar entre veinticinco y treinta cirugías reconstructivas. Y ni así te garantizo que vuelva a cerrar el puño."
Yo guardé esa frase para medir, meses después, cuánto se había equivocado.
La tía de Mateo, Rosa, una mujer que trabajaba limpiando oficinas en el centro de El Paso, se hizo cargo de él porque el papá llevaba años sin aparecer. Ella venía todos los días después de su turno, con el uniforme azul todavía puesto, oliendo a Pine-Sol, y se sentaba en la silla plástica del cuarto 214 a tejerle una bufanda que nunca terminó. Yo la veía tejer tres, cuatro filas, y luego quedarse con las agujas quietas, mirando la vía intravenosa del brazo del niño.
Las primeras semanas de terapia fueron durísimas. Para estirar el tejido cicatrizal hay que causar dolor — no hay forma de evitarlo — y Mateo gritaba, a veces me pegaba con la mano buena sin querer, otras veces simplemente se quedaba viendo el techo mientras yo le doblaba los dedos un milímetro más de lo que él podía soportar. Un día, después de una sesión particularmente mala, le pregunté si quería parar por hoy. Me contestó: "No. Mi mamá me llevaba a mis clases de acordeón aunque me dolieran los dedos de practicar. Ella no me dejaba parar." Fue la primera vez que la mencionó frente a mí.
A los cuatro meses, cuando ya llevaba doce cirugías, empezamos a trabajar con la prenda de compresión — esa malla ajustada, color piel, que los pacientes de quemaduras usan hasta veintitrés horas al día durante años para aplanar las cicatrices. Muchos adolescentes la odian, se la quitan a escondidas, les da vergüenza que se les note por debajo de la ropa. Mateo, en cambio, empezó a decorarla. Le pidió a Rosa que le comprara plumones de tela y se dibujaba pequeñas notas musicales en la manga, sobre la cicatriz del antebrazo.
En agosto volvió a la escuela, a un salón especial en El Paso mientras seguía viniendo a Boston cada seis semanas para cirugías. Y en octubre — esto lo supe porque Rosa me lo contó llorando en el pasillo, con el teléfono en la mano — Mateo le pidió que lo inscribiera en clases de baile. No de cualquier baile. Tango.
Yo pensé que iba a durar dos semanas. Un niño de ocho años, con el brazo izquierdo todavía sin fuerza completa, con injertos de piel que se agrietaban si se estiraban demasiado rápido, queriendo bailar algo que exige tensión en cada músculo del cuerpo. Se lo dije, con cuidado, en la siguiente cita: "Mateo, el tango necesita mucha fuerza en los brazos. ¿Estás seguro?" Me contestó, ocupado enrollándose la manga de compresión, sin levantar la vista: "Por eso lo quiero hacer."
Trabajamos juntos los siguientes ocho meses con un objetivo concreto: que pudiera extender el brazo izquierdo por completo y sostener el abrazo de tango — esa postura donde el brazo rodea la espalda de la pareja y no puede temblar. Contamos las sesiones, literal, con una libreta: sesión cuarenta y uno, sesión cuarenta y dos. Le costaba. Se frustraba. Una tarde tiró la pelota de terapia contra la pared y se quedó viendo la marca que dejó, respirando fuerte, sin decir nada.
La función fue en abril del año siguiente, en el auditorio de una escuela de danza en El Paso, un recital comunitario de fin de año con sillas plegables y un ventilador de pie que no alcanzaba a enfriar el salón. Yo viajé desde Boston porque Rosa me invitó, y porque, para serles honesta, quería verlo con mis propios ojos antes de creerlo.
Mateo salió al escenario con un chaleco negro que dejaba ver, en el cuello y en parte del antebrazo, la textura distinta de su piel — no se la cubrió, no la escondió bajo mangas largas como hacen tantos pacientes. Bailó con una niña de su clase, torpe todavía en algunos giros, perfecto en otros. Cuando llegó el momento del abrazo cerrado, ese que habíamos practicado sesión tras sesión en una sala de terapia con olor a alcohol, levantó el brazo izquierdo entero y lo sostuvo sin temblar los ocho compases completos que dura esa figura.
Rosa, a mi lado, no aplaudió de inmediato. Se quedó con las manos juntas contra la boca, y hasta que terminó la música no soltó el aire. Entonces sí, se puso de pie.
Después, en el estacionamiento, mientras Rosa guardaba el teléfono con el que había grabado todo el baile — dieciocho videos, me dijo después, uno por cada intento fallido de que la cámara no se moviera —, Mateo se acercó a mí todavía con el chaleco puesto y me preguntó si había visto el abrazo, el del final. Le dije que sí, que lo había visto entero. Él se subió la manga, tocó con dos dedos la cicatriz que le cruzaba el antebrazo y dijo: "Ya no me duele cuando lo estiro." No era del todo cierto —yo sabía, por las notas médicas, que le seguiría doliendo por años, en los cambios de clima, en las mañanas frías—, pero entendí que no me estaba hablando de dolor físico.
A la fecha, Mateo lleva veintinueve cirugías. Le queda al menos una más programada para el próximo verano, para liberar un poco más el tejido del cuello. Rosa terminó, por fin, esa bufanda que tejía en la silla plástica del cuarto 214; se la regaló el día que él cumplió nueve años, y él la usa, dice, "cuando hace frío de verdad" — que en El Paso no es muy seguido, pero cuando llega, se la pone.












