La casa olía a chile verde y a café de olla, y la abuela Reina llevaba cuarenta minutos hablando por teléfono en la cocina. No bajaba la voz, no por sordera, sino porque quería que la escucharan hasta en el patio. Era domingo por la tarde en Albuquerque, casi a finales de septiembre, y afuera el viento levantaba polvo contra la malla del estacionamiento.
Yo estaba sentado en el sofá, con la caja de cartón sobre las rodillas. Adentro había libros, cuadernos con las puntas dobladas, un montón de papeles sueltos. No era mi casa, pero la abuela me dejaba pasar cuando andaba cerca de la vecindario. Esa tarde me pagó veinte dólares por ayudarle a cargar cosas del garaje.
—Mijo, ¿sabes quién cumple años hoy? —me gritó desde la cocina, con el teléfono en la mano.
Era una pregunta trampa. Uno no le responde rápido a la abuela Reina. Hay que dejar que ella lo diga.
—¡Tu tío Elías! —anunció, y dio un aplauso suave contra la mesa—. ¿Te acuerdas de él?
Claro que me acordaba. El tío Elías llevaba once años viviendo en El Paso, pero yo lo conocía por fotos y por las navidades en las que no venía. Había escrito poemas y canciones, según decía la abuela, y también había traducido libros. Una vez me mostró un librero lleno de carpetas verdes. «Ahí está su vida», me dijo. Yo tenía como doce años y no entendí.
La abuela colgó y se asomó al pasillo. Traía un trapo de cocina retorcido entre las manos, como si estuviera moliendo algo con los dedos.
—Cómprate unos tamales con eso —me dijo, y me puso un billete arrugado en la palma—. Y si te sobra, una soda. Pero no me tardes.
Salí. El viento me pegó en la cara y la malla del estacionamiento sonaba como si alguien la sacudiera. Caminé dos cuadras hasta el puesto de la señora Luz, por la avenida Central. Un tamal costaba tres pesos… no, mentira, tres dólares. A esta altura ya no me acuerdo bien, pero era lo justo. Pedí dos de puerco con bastante salsa. La señora Luz me miró por encima de los lentes.
—¿Y la abuela? —preguntó.
—En la casa, hablando del tío Elías.
La mujer soltó un suspiro y envolvió los tamales en papel aluminio.
—Ese hombre no era para vivir en una frontera —dijo, sin que nadie se lo preguntara.
Volví. La abuela estaba en el sofá, con la caja de cartón abierta. Había sacado una fotografía en blanco y negro. Un muchacho flaco, con sombrero y una guitarra, sentado en la caja de una troca.
—Mira —dijo—. Tenía veintitrés años. Ya sabía que se iba a ir.
Dejé los tamales en la mesita.
—¿Por qué se fue?
La abuela alzó un papel y lo aplanó contra su rodilla. Era un calendario viejo, de los que regalan en la carnicería. Estaba lleno de rayas negras.
—Porque su mujer no quiso criar a los hijos en el desierto. Y él la quiso más a ella que a su propia tierra.
Eso no me lo esperaba. Yo creía que el tío Elías había salido huyendo de algo. Deudas, un lío, un hombre con prisa. Pero no. Había seguido a una mujer llamada Dolores, que odiaba el polvo y los veranos de cien grados.
—¿Y por eso no viene a los cumpleaños?
—Por eso y por más —dijo la abuela. Y ahí empezó todo.
Me contó que Dolores había trabajado en una oficina dental en El Paso. Que cuando nació la primera hija, la bautizaron como la abuela: Reina. Luego vino un varón, Andrés. El tío Elías escribía por las noches, corregía traducciones de poetas cubanos y chilenos, y de día arreglaba aires acondicionados. No era famoso, no salía en la tele. Pero la abuela guardaba sus poemas como si fueran escrituras.
Ese domingo, mientras desenvolvíamos los tamales, sonó el teléfono. La abuela levantó la bocina con la espalda muy recta. Yo veía sus dedos apretar el cable.
—Feliz cumpleaños, mijo —dijo—. ¿Ya comiste?
No escuché lo que decía el tío, pero la abuela fue moviendo la cabeza. Luego puso la bocina contra su pecho. No lloró. Sólo parpadeó dos veces.
—Dice que Paola quiere visitarme —murmuró.
Paola era la nieta, la hija del tío Elías con su primera mujer. Una muchacha que yo había visto una vez, de lejos, en una fiesta de la iglesia. Tenía el pelo lacio y un tatuaje en la muñeca: una golondrina.
—¿Y eso es malo?
—No —dijo la abuela—. Pero tu tío me pide un favor. Dice que allá la vida se puso dura. Que Dolores se enfermó y que él necesita ayuda con la casa. Que si le puedo prestar el lote.
El lote era el terreno de la calle Isleta, a media hora de ahí. La abuela lo había comprado hacía treinta y un años, cuando trabajaba en la fábrica de tortillas. Lo cuidaba como a un hijo mudo. Cada dos meses pagaba un muchacho para que cortara la maleza.
—¿Y para qué lo quiere?
—Para venderlo, mijo. Para liquidar la deuda de las quimioterapias.
La abuela le pasó el teléfono a la mesita, como si el teléfono tuviera oídos. Luego partió un tamal con el tenedor, muy despacio. No le puso salsa.
—Le dije que no.
A mí se me quedó la comida en la boca.
—¿No?
—No.
Nos quedamos en silencio. En la cocina goteaba el fregadero. Cada gota caía como una moneda.
Esa noche me quedé con ella. Le ayudé a revisar las carpetas verdes. En una había poemas escritos a mano, con letra chueca y tinta corrida. En otra, cartas. Muchas cartas del tío Elías pidiendo perdón por no ir al funeral de mi abuelo, por no llamar en Navidad, por no mandar dinero. La abuela las leía sin mover la cara. Sólo de vez en cuando pasaba el dedo por el borde de la hoja, como si le midiera la temperatura al papel.
—¿Y Paola sí viene? —pregunté.
—Eso dijo.
—¿Y usted qué le va a decir?
La abuela alzó la vista. Tenía los ojos cansados, pero no tristes. Era otra cosa. Una mujer que ya había decidido algo.
—Ya le dije que sí puede venir. Y que el lote no se vende.
Paola llegó el miércoles. Yo la acompañé desde la estación de autobuses del centro, porque la abuela no manejaba de noche. La vi acercarse con una mochila roja y una bolsa de papel en la mano. Olía a fritura de restaurante de carretera.
—¿Tú eres el primo? —me dijo, sin soltar la mochila.
—Más o menos.
Caminamos hasta la casa. Los focos del pasillo estaban apagados y el perro del vecino, un chaparro color miel, nos ladró desde atrás de la reja. Paola no dijo nada.
En la sala la abuela había puesto café y pan dulce. La muchacha se sentó en la orilla del sofá, como si el asiento estuviera mojado.
—Mi papá quiere que yo te convenza —dijo.
La abuela le acercó el plato.
—Ya sé.
—Dice que si no vendes, pierde la casa.
—También me lo dijo.
Paola se mordió el labio. Giró la taza con las dos manos.
—Yo no vengo a convencerte. Vengo a otra cosa.
La abuela la miró. No le preguntó. Dejó que el silencio hiciera el trabajo.
—Quiero el apellido —dijo Paola—. El de los abuelos.
Resulta que Dolores, la segunda mujer, nunca permitió que Andrés llevara el apellido Ríos. Lo inscribió con el de ella. Y Paola quería cambiarse, volver a ser Ríos.
La abuela tomó su café. Dio un sorbo. El reloj de pared dio las nueve. Afuera, el chaparro volvió a ladrarle a un carro que pasaba.
—Eso se arregla en el juzgado —dijo la abuela—. Pero tu papá tiene que firmar.
—Ya firmó —dijo Paola, y sacó un sobre de la mochila. Estaba arrugado, con la esquina rota. Lo puso sobre la mesa, junto al pan dulce.
Adentro venía una carta. O más bien una notaría. El tío Elías autorizaba el cambio de nombre de su hija. Y de paso, al final de la hoja, en un párrafo que parecía añadido, decía que él renunciaba a cualquier derecho sobre el terreno de la calle Isleta.
La abuela leyó el papel. Lo leyó dos veces. Luego lo dejó sobre su falda.
—¿Él te mandó con esto?
—No —dijo Paola—. Esto me lo dio mi mamá. Bueno, su amiga. La que trabaja en la notaría. Dice que es lo justo.
La abuela se quedó quieta. Yo vi cómo apretaba la orilla del papel. Por un momento pensé que lo iba a romper.
—Déjame pensar —dijo.
Paola se fue al hotel con su mochila roja. La abuela y yo nos quedamos en la sala, con las luces bajas y el café enfriándose. El viento empujaba la malla del estacionamiento. La abuela no habló. Sólo me pidió que le prestara mi pluma.
A la mañana siguiente, antes de que saliera el sol, fui con ella al terreno de la calle Isleta. La abuela llevaba un vestido gris, bolsa negra y un fólder con papeles. Me pidió que abriera la cerca. El candado estaba tan oxidado que tuve que darle dos patadas. El cerro estaba lleno de hierba seca y latas vacías, y por encima de la malla se veía la fila de casas rodantes al otro lado de la carretera.
La abuela caminó hasta el centro del lote. Sacó del fólder una hoja doblada. Reconocí el papel de la notaría. Lo dejó en el suelo y le puso encima una piedra negra, de esas que se usan para poner jardineras.
—¿Qué está haciendo? —le pregunté.
—Voy a donarlo —dijo.
No a la iglesia. No a Paola. Iba a donar el lote al centro comunitario católico para que hicieran una guardería. Había llamado esa mañana, antes de las seis, y le dijeron que aceptaban.
—¿Y el tío?
La abuela se sacudió el polvo de las manos.
—Tu tío va a recibir lo que le toca. Nada.
Me quedé viendo la piedra. El viento movía la punta del papel.
—¿Y Paola?
—Paola tendrá el apellido. Eso es suyo.
Regresamos a la casa. En el camino no escuché música, ni prendió la radio. Sólo el ruido de las llantas sobre la calle.
Esa tarde la abuela marcó al teléfono del tío. Yo estaba junto a la estufa, calentando frijoles. La oí decir:
—El lote ya no es mío. Es de los niños que van a tener dónde quedarse por la mañana. No me llames para pedirme nada. Llámame el día que quieras venir a ver a tu hija.
Colgó.
Luego tomó su bolsa negra, sacó el fólder y lo puso en el estante de la cocina, junto a las carpetas verdes. Del fólder asomaba un recibo del condado. La propiedad ya estaba a nombre del centro comunitario.
Se sentó a la mesa. Partió un pan dulce con la mano.
—¿Ya comiste? —me preguntó.
Yo serví los frijoles en dos platos. Afuera, el chaparro ladró una vez y se calló. La abuela comió sin prisa, mirando por la ventana, como si no hubiera domingo, ni lote, ni deuda, ni cumpleaños. Sólo la calle de polvo aguantando el viento.












