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—¡Papá, se parece a ti! Alejandro giró sobre sus talones con una brusquedad que espantó a las palomas.
—Hazte a un lado, Luciana. No puedes quedarte bloqueando la entrada. Los invitados importantes necesitan pasar.
Aquella noche en nuestra casa de Miami, bajo la luz blanca del baño, me quedé mirando las dos líneas
El salón principal del Beverly Wilshire resplandecía con una elegancia líquida. Cientos de velas diminutas
La fiesta de los treinta de Valeria Castillo era, como ella misma, deslumbrante y calculada al detalle.
La iglesia de la Misión de San José, en pleno corazón de San Antonio, olía a nardos y a madera húmeda
La noche en Brickell olía a jazmín y ambición. Bajo las lámparas doradas del salón privado de un restaurante
La señora Elena Gable permanecía inmóvil en la mesa de la defensa. Con las manos temblando.
Valeria sonreía junto a Daniel, pero su mirada se escapaba una y otra vez hacia el fondo del salón.
Mariana se quedó mirando la lluvia contra el asfalto desde la ventana de la sala. Tres noches seguidas









