ES
El mesero me puso el delantal blanco doblado justo frente a mi copa, como si fuera el menú de degustación.
El sábado después del funeral de Doña Carmen, la cortadora de césped no arrancó. Me quedé en la entrada
La cena en Albuquerque me sigue doliendo como una astilla debajo de la uña. Mi esposa Valeria y yo habíamos
La vi en el guardarropa del salón de eventos, junto a la mesa donde Karina repartía gafetes con frijoles
El sonido de la llave en la cerradura me paralizó. Dejé de respirar. La casa se quedó callada de golpe
Rocío abrió la cajita de terciopelo barato con la uña, sin levantar la vista del teléfono. El aire acondicionado
La mujer se detuvo frente a mí, tocó una de las florecitas de hilo marfil que Diego había tejido sobre
La mañana en que les entregué las llaves hacía un calor pegajoso en Phoenix, de esos que no se van ni
Lupe Ortega llevaba veintidós años de azafata con una aerolínea que hacía la ruta Los Ángeles–Miami.
El día que conocí a Maura Cifuentes, llevaba veintiséis horas sin dormir. El jeque Abdullah bin Rashid









