La libreta verde de Rosalinda Muñoz

Rosalinda Muñoz tenía sesenta y un años cuando su hija Yolanda entró al restaurante de comida salvadoreña que administraba en Hyattsville, Maryland, y le puso encima de la caja registradora una libreta forrada en tela verde, gastada en las esquinas.

—Esto es tuyo —dijo Yolanda—. Lo encontré cuando limpiaba el clóset de papá.

Eran las seis y media de la tarde de un martes de octubre. Afuera, en la avenida, los autobuses de la línea 83 pasaban cada quince minutos y el olor a pupusas recién hechas se mezclaba con el del pino artificial que alguien había colgado, adelantado, cerca de la caja. Rosalinda llevaba diecinueve años sirviendo mesas y luego, los últimos siete, siendo dueña del local que antes pertenecía a su comadre. Trabajaba de martes a domingo. Los lunes los tenía libres, y los lunes eran los días en que más extrañaba a Ramiro, su esposo, muerto hacía ocho meses de un infarto mientras arreglaba el carburador de su Chevrolet Silverado del 2003.

Abrió la libreta ahí mismo, entre el ruido de los platos y el televisor que transmitía un partido de fútbol salvadoreño que nadie miraba. Reconoció la letra de Ramiro, apretada y torcida hacia la izquierda porque era zurdo y siempre escribía con el codo pegado al cuerpo, como si tuviera que defender la hoja de alguien.

Era un diario. O algo parecido. Fechas sueltas, sin orden, escritas a lo largo de veintidós años.

La primera anotación que leyó decía: "Hoy Yoli se cayó de la bicicleta enfrente de la casa y en vez de llorar se rio. Le dije que era la niña más valiente de Langley Park. No sé si me creyó pero a mí se me quedó grabado."

Rosalinda cerró la libreta. Se le hizo un nudo que no tenía forma de garganta ni de pecho, sino de algo más raro: como si de pronto hubiera encontrado una puerta en una pared que llevaba treinta años pintando.

Esa noche no cerró el restaurante a las nueve, como siempre. Se quedó sentada en la última mesa, la del rincón junto a la ventana empañada, con un café ya frío, leyendo.

Ramiro había anotado, con su letra desordenada, los días exactos en que Yolanda aprendió a leer, el examen de matemáticas que reprobó en octavo grado, la primera vez que la niña dijo que quería ser enfermera. Pero también había otras cosas. Cosas que Rosalinda no sabía, o que había preferido no saber.

"Hoy discutí con Rosa enfrente de Yoli otra vez. Se lo prometí anoche. No lo cumplí. Ella se fue a su cuarto sin cenar."

"Perdí el trabajo en la construcción. No se lo dije a nadie. Salí como si fuera a trabajar y me quedé tres horas en el parqueo de la biblioteca de Riverdale porque no sabía cómo entrar a la casa y decirlo."

"Yoli me preguntó si la quería más que al trabajo. Le dije que sí. No sé si es cierto siempre, pero ese día sí lo fue."

Página tras página, Rosalinda encontró un hombre que ella creía conocer completo después de treinta y cuatro años de matrimonio, y que resultaba tener un cuarto entero que nunca le había mostrado. Un hombre que se equivocaba, que gritaba cuando no debía, que a veces desaparecía los domingos para tomar cerveza con sus compadres en vez de llevar a Yolanda al parque como había prometido. Pero también un hombre que anotaba, con la disciplina de quien reza el rosario, cada gesto de amor que le salía torpe pero real.

La última entrada estaba fechada quince días antes de morir.

"Yoli ya tiene veintiocho años y todavía me llama para contarme cómo le fue en el hospital. Eso quiere decir que algo hice bien. No fui el papá perfecto. Grité más de lo que debía y falté a cosas que no debí faltar. Pero si algún día lee esto, quiero que sepa que cada noche, antes de dormir, pensaba en si la había hecho sentir amada ese día. Casi siempre la respuesta era sí. Con eso me conformo."

Rosalinda llegó a su casa pasada la medianoche. Yolanda seguía despierta, sentada en la sala con la bata puesta, esperando.

—¿Ya la leíste? —preguntó.

—Toda.

—¿Y qué hago con eso, mami? —la voz de Yolanda se quebró apenas—. Yo pensé que papá nunca se dio cuenta de nada. Pensé que yo era la única que se acordaba de esas peleas.

Rosalinda se sentó junto a ella y puso la libreta entre las dos, sobre la mesa de centro, al lado de un jarrón con flores de plástico que llevaba ahí desde el funeral.

—Tu papá tenía una cuenta de ahorro a tu nombre —dijo Rosalinda—. La abrió cuando naciste. Nunca me dijo cuánto había ahí. El banco me llamó la semana pasada porque no saben qué hacer con ella. Son once mil doscientos dólares.

Yolanda se quedó mirando el sobre del banco que su madre sacó de la cartera, con el logo del PNC Bank y su nombre completo impreso: Yolanda Esperanza Muñoz.

—Yo no sabía que existía —dijo.

—Yo tampoco. La abrió y la fue llenando por veintidós años sin decirle a nadie. —Rosalinda pasó el pulgar por el filo de la libreta verde—. Tu papá no fue perfecto. Faltó cosas. Gritó cosas que no debía. Pero mira lo que hizo con lo que le quedaba de tiempo y de plata cada mes.

Al día siguiente, un lunes, Yolanda fue al PNC Bank de la avenida University en Hyattsville con la libreta verde metida en la cartera, como si necesitara la evidencia física para creer lo que estaba a punto de firmar. Cerró la cuenta de ahorro a su nombre y, siguiendo lo que decidieron entre las dos esa misma noche, transfirió la mitad del dinero —cinco mil seiscientos dólares— a una cuenta nueva que abrió para su propia hija de tres años, Camila. La otra mitad la dejó para pagar lo que faltaba del funeral, que Rosalinda todavía debía en cuotas a la funeraria de Riggs Road.

Firmó los papeles con el mismo bolígrafo azul que su padre usaba para anotar en la libreta —lo reconoció porque todavía tenía la marca de sus dientes en la tapa, la costumbre de morderlo cuando pensaba— y que había guardado sin darse cuenta de por qué.

—Once mil doscientos dólares en veintidós años —le dijo a la empleada del banco, casi para sí misma, mientras esperaba el recibo—. Eso es lo que ahorró un hombre que nunca ganó más de quince dólares la hora.

Esa noche, cuando acostó a Camila, Rosalinda se quedó un rato viendo a su nieta dormir. Sacó su teléfono, abrió la aplicación del banco, y confirmó que la transferencia ya estuviera reflejada. Después guardó la libreta verde en el cajón de su mesa de noche, no como quien guarda una reliquia, sino como quien guarda algo que todavía va a necesitar leer otra vez.

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La libreta verde de Rosalinda Muñoz