Un sábado sin permiso

A los 62 años empecé a desayunar sola en un diner de mi barrio todos los sábados, y el día en que mi esposo decidió acompañarme sin avisarme descubrí que no quería que viniera.

Me llamo Marisol, tengo 62 años y vivo en Union City, Nueva Jersey, a un paso del puente George Washington. Llevo treinta y cinco años casada con Ramón. Nuestros dos hijos ya viven por su cuenta —uno en Fort Lee, la otra en Jersey City— y desde que se fueron la casa se quedó rara, con ese silencio que antes llenaban las mochilas tiradas en la entrada y el olor a arroz con habichuelas que ya no se hace para cuatro. Ramón y yo nos llevamos bien. Vamos juntos al supermercado los jueves, caminamos por el malecón de Hoboken cuando hace buen tiempo, y los domingos casi siempre hay sancocho en casa de mi cuñada.

No estaba huyendo de mi marido cuando empecé con lo del desayuno. Fue casi de casualidad. Un sábado él tenía cita con el dentista bien temprano, y yo salí a comprar café molido a la bodega de la esquina. Pasé frente a un diner pequeño, de esos con manteles de hule a cuadros y el letrero de neón medio fundido que dice OPEN las veinticuatro horas aunque cierra a las tres de la tarde. Entré sin pensarlo mucho. Pedí un café con leche y unos huevos con tostadas francesas. Me senté junto a la ventana, desde donde se veía la parada del autobús 128 y un señor mayor que le tiraba pan a las palomas todos los sábados a esa hora, sin falta, como si fuera su turno de trabajo. Me quedé casi una hora. Hojeé un periódico gratuito que alguien había dejado en la mesa de al lado, vi pasar gente, no hablé con nadie. Me gustó muchísimo.

El sábado siguiente volví. Y volví el otro. Se me hizo costumbre: me arreglaba un poco, agarraba la cartera y salía como a las nueve. La mesera, Yolanda, ya sabía que era café con leche y huevos revueltos, sin preguntar. A veces llevaba un libro. Otras veces solo miraba el celular o me quedaba pensando en nada. Cuando se lo conté a Ramón, se rió. "Mira a la señora con su desayuno de lujo." No me molestó. Durante meses ese rato fue solo mío.

Hasta que un sábado, mientras me ponía la chaqueta, Ramón dijo: "Espérame, que voy contigo." Mi primera reacción fue preguntarle por qué. Se sorprendió. "Para desayunar contigo, ¿qué tiene de raro?" No tenía ninguna excusa razonable para decirle que no. Fuimos. Habló todo el camino sobre el tráfico en la ruta 1&9. En el diner escogió otra mesa porque dijo que la mía quedaba muy cerca de la puerta y entraba corriente. Llamó a Yolanda para pedir antes de que ella se acercara sola. Después me estuvo mostrando videos en el celular y comentando quién entraba y quién salía. No hizo nada malo. Pero yo no disfruté ese rato para nada.

La semana siguiente dijo que iba a ir de nuevo. Le dije que prefería ir sola. Se puso serio. "¿Te molesta estar conmigo?" Traté de explicarle que no tenía nada que ver con eso. Que justo porque vivíamos juntos, comíamos juntos y hacíamos tantas cosas juntos, esas mañanas me gustaban precisamente porque no tenía que hablar, ni organizar nada, ni acomodarme a nadie. Ramón no lo entendía. "Puedes estar sola en la casa." No era lo mismo. En la casa siempre había algo: la lavadora pitando, una llamada de mi hermana, la cama por tender, el corillo de la vecina del segundo piso tocando la puerta para pedir prestado el detergente. En el diner yo no era la esposa de Ramón ni la mamá de nadie ni la persona que tenía que aprovechar el tiempo. Solo estaba desayunando.

Durante unos días hubo una distancia rarísima entre nosotros por culpa de unos huevos revueltos. Ramón pensaba que mi necesidad de estar sola significaba que estaba cansada de él. A mí me daba rabia sentir que hasta una hora a la semana tenía que convertirse en actividad de pareja. Una noche le pregunté si quería que yo fuera con él y sus amigos a jugar dominó los viernes en el sótano de Néstor. Se rió. "Tú ni sabes jugar dominó." "No importa. Voy, me siento al lado y te hablo mientras juegas." Ahí entendió un poco mejor. Me dijo que nunca había pensado en esas noches de dominó como un tiempo "sin mí". Eran simplemente algo suyo. Ahí estaba exactamente la diferencia. Los hombres de su generación casi siempre tuvieron sus espacios propios sin necesidad de explicarlos: el bar, el juego de pelota, el taller, los panas. Yo había encontrado el mío a los 62 años, y era una mesita junto a una ventana con vista a una parada de guagua.

Desde entonces vuelvo a ir sola. A veces Ramón me acompaña, pero ahora me lo pregunta antes. Y a veces le digo que sí. Lo curioso es que cuando puedo elegir, disfruto mucho más su compañía.

El mes pasado, el día de nuestro aniversario, le dije que quería llevarlo "a mi diner". Yolanda nos sirvió dos cafés y Ramón se sentó exactamente en mi mesa de siempre, la de la ventana. Antes de empezar a hablar me preguntó: "¿Hoy sí puedo venir de verdad?" Nos reímos los dos. Pero esa pregunta me pareció bonita. Porque después de tantos años juntos, todavía podemos aprender que querer compartir la vida no significa tener que compartir cada rincón de ella.

¿Ustedes creen que es normal que en una pareja cada quien guarde sus propias costumbres para estar completamente solo, o que cuando uno prefiere hacer algo sin su pareja es porque algo empieza a faltar en la relación?

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