Elena Villalpando tiene ochenta y nueve años y todavía huele el polvo cuando cierra los ojos. No el polvo de Oklahoma —eso lo conoce solo por las fotos que le enseñó su abuela— sino el polvo de otro desierto, el que cruzó su familia en 1954 cuando llegaron de Chihuahua a un pedazo de tierra seca cerca de Deming, Nuevo México, con la promesa de que ahí, del otro lado, todo iba a ser distinto.
No fue distinto. Fue peor, al principio.
Elena tenía siete años cuando su padre, Refugio Villalpando, firmó el arriendo de dieciséis acres a las afueras del pueblo. Le habían dicho que la tierra del valle de Mimbres daba algodón bueno. Lo que nadie le dijo fue que 1954 iba a ser el año en que el viento se llevara la capa fértil entera, como si Dios hubiera decidido repetir la lección que ya le había dado a Oklahoma veinte años antes. Las tormentas de tierra llegaban por las tardes, después del almuerzo, y oscurecían el cielo hasta que parecía que alguien había apagado el sol con la mano.
—Amárrate el paño, Elenita —le decía su madre, Consuelo, y le anudaba un pañuelo mojado en la nuca, cubriéndole la nariz y la boca—. Respira despacio.
Adentro de la casa de adobe de dos cuartos, respiraban con trapos húmedos sobre la cara porque el polvo se colaba por cada rendija, por debajo de la puerta, entre las tablas del techo. Por las mañanas, antes de ir a la escuela de un solo salón en la carretera 26, Elena ayudaba a su hermano mayor, Tomás, a sacudir montones de tierra fina de las cobijas. Parecía ceniza. Sabía a metal cuando se te metía en la boca.
Medio condado de Luna se estaba yendo para California ese año. Las familias cargaban lo que cabía en las camionetas y se iban a Bakersfield, a Fresno, siguiendo el rumor de trabajo en los campos de uva y de durazno. El dueño del rancho vecino, un hombre llamado Delfino Reyna, le ofreció a Refugio comprarle el ganado flaco que le quedaba —ocho cabezas, nada más piel y hueso— a precio de nada, con la excusa de que "para eso son los amigos, para ayudarse cuando ya no hay remedio". Refugio se negó. No porque no necesitara el dinero. Lo necesitaba con desesperación. Se negó porque sabía que si vendía el ganado, ya no había forma de quedarse otro invierno.
—Nos vamos a quedar —le dijo a Consuelo esa noche, con la lámpara de queroseno apenas alumbrando la mesa—. Aunque sea comiendo tierra.
Y casi lo hicieron.
Lo que salvó a la familia Villalpando no fue la suerte. Fue la terquedad organizada, el tipo de terquedad que se vuelve método. Refugio cavó una cueva de raíces —una bodega subterránea— casi dos metros más profunda de lo normal, forrada con piedra y lodo, para que el polvo no le echara a perder las papas ni el maíz que lograban salvar de la cosecha raquítica. Consuelo guardaba cada gota de agua de fregar los trastes en una lata de manteca Crisco vacía y con eso regaba un pedacito de tierra detrás de la casa, del tamaño de una cobija, donde mantenía vivos unos surcos de nopal y chile serrano. No era mucho. Era lo suficiente.
Tomás y Elena tapaban las ventanas con engrudo de harina y páginas viejas del periódico de Deming, capa sobre capa, hasta que la luz entraba amarillenta y espesa como si el sol mismo tuviera polvo encima. Cada mañana, antes de cualquier otra cosa, barrían la tierra acumulada dentro de la casa, incluso de encima de las cobijas donde habían dormido.
Comían lo que había. Conejo del desierto guisado con lo poco de chile que quedaba, cuando Tomás lograba cazar alguno con la resortera. Nopales en lata que Consuelo había puesto meses antes, cuando todavía había cosecha. Un plato de frijol que a veces alcanzaba y a veces no alcanzaba para los cuatro.
Elena recordaría, sesenta años después, sentada en la sala de su casa en Las Cruces con sus nietos alrededor, una noche en particular. El cielo se había puesto negro a las tres de la tarde, tan negro como si fuera medianoche, y los cuatro se metieron a la casa con los pañuelos mojados en la cara, escuchando cómo el viento golpeaba la puerta de adobe como si quisiera tumbarla. No había cenado esa noche. El frijol se había terminado dos días antes y el conejo no había aparecido.
Aun así, Consuelo puso los cuatro platos vacíos en la mesa, como cada noche, y les hizo tomarse de las manos.
—Señor, te damos gracias por este día —dijo, con la voz firme, sin que le temblara—. Por el techo que nos cubre y la familia que nos acompaña.
Elena, que tenía nueve años esa noche, se quedó mirando el plato vacío frente a ella, preguntándose si el mundo se estaba acabando allá afuera. Su madre no dejó que nadie se levantara de la mesa hasta que terminó la oración completa, con el mismo tono con que la hubiera dicho frente a un plato lleno de carne asada y arroz.
—Así aprendimos a no dejar que el hambre nos quitara la costumbre —le contó Elena a su nieta Marisol, ya de grande, con las manos quietas sobre un mantel bordado que había sido de Consuelo—. Mama decía que si dejábamos de dar gracias cuando no había nada, se nos iba a olvidar dar gracias cuando volviera a haber algo.
La tormenta de ese invierno no mató a la familia Villalpando. Mató el sembradío de algodón entero, mató a dos de las ocho cabezas de ganado, mató la ilusión de que 1955 iba a ser mejor sin más esfuerzo que esperar. Pero no los mató a ellos. Para la primavera siguiente, el pedacito de nopal y chile de Consuelo se había extendido a tres cobijas de tamaño. Refugio había cambiado la mitad del algodón por maíz, que aguantaba mejor la tierra suelta. Tomás, a los catorce años, ya sabía cómo leer el cielo de la tarde para saber si venía tormenta o solo viento.
Elena Villalpando de Ortega vivió hasta los ochenta y nueve años sin volver a tirar comida a la basura, ni un frijol. Guardaba el agua de lavar los trastes por costumbre, aunque tuviera aspersores automáticos en el jardín. Y cada Día de Acción de Gracias, antes de que alguien tocara el pavo, hacía que toda la familia —hijos, nietos, hasta los yernos que no entendían bien por qué— se tomara de las manos y esperara a que ella terminara de dar gracias, despacio, como si el plato pudiera estar vacío otra vez.
—Porque nunca se sabe —les decía, mirando la mesa llena—. Y porque mi mama me enseñó que se agradece igual, esté lleno o vacío el plato.












