Trabajo en el turno de noche del University Hospital de San Antonio desde hace once años, en la unidad de partos de alto riesgo. Esa madrugada de agosto me tocó preparar la sala para un caso que ya tenía a medio hospital con los pelos de punta: una mujer de veintinueve años embarazada de siete bebés. Siete contados y recontados en cada ultrasonido, con expediente en mano y un equipo de casi veinte personas asignado. Yo era una de las enfermeras auxiliares, encargada de las cunas.
Dispuse siete unidades térmicas, siete monitores miniatura, siete juegos de mantas con patitos amarillos que habíamos pedido urgente a un proveedor de Austin. Recuerdo que uno de los calefactores no encendía bien y tuve que darle un golpe seco con el puño para que arrancara. Olía a cloro y a gel antibacterial, el aire acondicionado sonaba como un motor cansado y allá afuera el estacionamiento hervía con 98 grados a las tres de la mañana.
La paciente se llamaba Carmen Saucedo. Su esposo, Manuel, un tipo grandote de manos callosas, se quedó en la sala de espera mordiendo una taza de café vacía. Cuando la trajeron en la camilla, ella iba pálida pero tranquila, con el cabello oscuro pegado a la frente y los dedos entrelazados sobre el vientre descomunal. El doctor Rodríguez, el jefe de neonatología, dio las últimas indicaciones mientras los anestesiólogos ajustaban las vías intravenosas. Todo estaba cronometrado.
Las contracciones avanzaron rápido. Me ubiqué cerca de la cabecera, atenta a las órdenes. El primer llanto reventó contra los azulejos del quirófano. Un varón de tres libras con nueve onzas. Lo pasé a la cuna térmica uno. El segundo y el tercero llegaron enseguida, casi sin espacio entre gemido y gemido. La señora Carmen apretaba la sábana, no gritaba, solo se concentraba en respirar. De cuando en cuando le decía a Manuel, que ya se había colado con bata y gorra: “¿Están bien? Dime que están bien”.
Al sexto bebé, el doctor Rodríguez —un hombre que nunca pierde la calma— empezó a aflojar los hombros. La tensión del quirófano bajó un par de grados. La voz del anestesista cantó los signos vitales. Y entonces llegó el séptimo.
Fue una niña. Lloró con una furia desproporcionada para su tamaño diminuto. La recibí en la tercera cuna y la rotulé con el brazalete número siete. Oí a alguien soltar una risita nerviosa. “Siete. Ya están los siete”. Una de mis compañeras dejó caer la pinza con la que contaba las gasas. Todo parecía encajar al fin: las semanas de reposo absoluto, el miedo, los informes que casi nadie se atrevía a firmar. Siete vidas en siete bandejas.
Yo estaba a punto de acercarme a la mesa de instrumentos para empezar el inventario posparto cuando el doctor Rodríguez se quedó congelado. Alzó la mano, como quien detiene un semáforo en medio del desierto.
—Esperen.
Nadie se movió. El monitor fetal seguía encendido, aunque ya no tenía sentido. Pero él volvió a mirar la pantalla del ultrasonido que habíamos dejado arrumbada junto al respirador. La enfermera de apoyo, una muchacha recién graduada de Laredo, se puso de puntillas.
—¿Qué pasa, doctor?
—Hay algo más. Dame el transductor.
Le pasaron el aparato. Rodríguez lo deslizó por el abdomen ya casi plano de Carmen. Vi sus nudillos blancos. El silencio era tan espeso que oías el compresor del aire acondicionado y el tictac del reloj en la pared. Entonces, un latido. Otro. Un ritmo minúsculo, escondido hasta entonces detrás de la masa de hermanos.
—Es un octavo —pronunció.
Carmen giró la cabeza hacia él, todavía aturdida. Recuerdo que en lugar de asustarse, soltó una carcajada corta, casi un hipo. “Ay, Dios mío, ¿otro? ¿Está seguro?”. Rodríguez asintió y pidió que reorganizáramos las cunas. Faltaba una. La improvisé con un moisés de reserva que guardábamos para traslados y le puse una manta extra, la última del paquete.
Lo que vino después fue distinto. El octavo bebé no peleaba. Salió callado, envuelto en una capa de líquido mezclado con vermis, y sus manitas apenas se estremecieron. No lloró de inmediato. La puntuación Apgar fue baja los primeros segundos, pero el equipo de reanimación actuó con una precisión que yo no había visto ni en los simulacros. Le frotaron la espalda, le aspiraron la vía, le dieron oxígeno. Yo contaba los segundos desde la cabecera, inmóvil.
Cuando por fin se oyó un chillido agudo, como el maullido de un gato recién nacido, Carmen rompió en llanto. No un llanto escandaloso, sino un hipo callado que le sacudía los hombros. Me pidió que le acercaran al niño. Lo sostuve un instante antes de entregárselo. Pesaba dos libras con seis onzas, el más pequeño de todos. En su brazalete provisional escribí “Octavio” con marcador azul, porque nadie había reservado ese nombre.
La señora Carmen lo apretó contra su pecho desnudo y le susurró algo que no alcancé a oír. Sus dedos temblaban, pero el bebé se aquietó. Vertebró un movimiento mínimo, como si reconociera el calor. Yo me quedé de pie al lado de la camilla, con los guantes todavía manchados, y sentí que el mundo entero cabía en esa palma.
A la mañana siguiente, en la sala de recuperación, la vi despachando algo en una tableta que le habíamos prestado de la oficina de trabajo social. Me pidió ayuda con el wifi porque la señal en el cuarto era pésima. Cuando me incliné, vi la pantalla: estaba terminando un pedido en línea a una joyería local. La página mostraba siete dijes de plata con nombres grabados: los había encargado la semana anterior, convencida de que su familia se cerraba en siete. Ahora añadía uno más. Octavio.
Introdujo los dígitos de su tarjeta con cuidado, la misma con la que Manuel pagaba el seguro. El cargo, ochenta y nueve dólares con cuarenta centavos, apareció en la pantalla antes de confirmar. Ella pulsó “Finalizar pedido” y luego se quedó un rato mirando el recibo virtual. Sonrió, se secó la mejilla con el dorso de la mano y me dijo: “Ahora sí están completos”.
Tres semanas después, cuando la familia recibió el alta, yo estaba en el pasillo empujando el carrito de los expedientes. La vi pasar con sus ocho criaturas en dos cuneros móviles, rodeada de enfermeras y de Manuel, que cargaba un bolso con los ositos de peluche que les había regalado la capellanía. Carmen llevaba al cuello un collar del que colgaban los ocho dijes, tintineantes. El más pequeño, el de Octavio, brillaba distinto, quizá porque el grabado era más fresco o porque la luz del pasillo le daba justo en el borde.
No hubo discursos ni moralejas. Solo una señora que se marchaba a casa con el doble de hijos que los que el hospital había calculado. Yo me quedé de pie junto al carrito, viéndolos irse por la puerta automática. Por un segundo el detector de metales emitió un pitido, alguien rió, y luego el cristal se cerró con un chasquido seco. Eran las diez y cuarto de la mañana, mi turno se había alargado casi tres horas, y afuera el termómetro del estacionamiento marcaba 103 grados. Pensé en que todavía no había pedido mi café. Caminé hacia la máquina del vestíbulo y marqué la tecla ocho, la que siempre se atasca, pero ese día funcionó a la primera.












