El Pan Dulce de los Viernes

— Mi hijita, mañana vas y le pides el divorcio a Mario.

Alejandra ni siquiera terminó de servir el café. Dejó la jarra de Oxxo sobre la mesa y se quedó mirando a doña Olga, que acababa de entrar como si el apartamento de Echo Park fuera una extensión de su sala.

Doña Olga se acomodó en el sofá floreado, puso su bolsa de mercado sobre las piernas y esbozó una sonrisa de esas que siempre llegan antes que el golpe. Afuera, el ruido del Sunset Boulevard se mezclaba con la cumbia del vecino de arriba. Adentro, el silencio pesaba más.

La suegra paseó la vista por la habitación con esa costumbre de valuar muebles ajenos: la mesa de centro que Ale había restaurado en el taller de Echo Park Avenue, las plantas en macetas de barro, el altar chiquito con la foto de la abuela y la veladora del Santo Niño de Atocha.

—Ay, doña Olga —Ale soltó un suspiro y se apoyó contra la barra de la cocina—. Vengo del turno de doce horas en el hospital y usted me recibe con esto. ¿Siquiera lo practicó antes de venir?

—No te hagas la chistosa, muchacha. Te hablo en serio. Mario necesita una mujer de verdad. Alguien que lo apoye. Tú nomás estorbas.

—Qué interesante. ¿Y Mario ya sabe que necesita otra mujer? ¿O es sorpresa de cumpleaños?

La señora tensó la mandíbula. No soportaba que le respondieran. Sus otras hijas se callaban, Mario siempre asentía, pero esta nuera… esta muchacha chaparrita y terca siempre encontraba por dónde devolverle la palabra.

—Tú tienes dinero. Tu abuelo vendió el terreno de Jalisco y te dejó todo a ti. Eso lo sabemos todos. ¿Y tú? Ni para ayudarle a mi hija Sara con lo de la tienda. ¿Qué clase de esposa eres si no ayudas a la familia de tu marido?

Doña Olga marcó la palabra «familia» como quien clava un cuchillo en la mesa.

—Doña Olga, separemos las cosas —Ale se sirvió café frío del vaso de ayer, le dio un trago y lo puso junto al calendario de la Virgen de Guadalupe—. Una cosa es que yo no le haya soltado plata a Sara, y otra muy distinta es el divorcio de Mario. Ahora mismo está usted mezclando los frijoles con el arroz con leche.

—¡No me salgas con tus cosas! Eres una interesada. Mi hijo sufre contigo. Estos últimos meses han sido puros pleitos. ¡Lo estás secando!

Alejandra conocía bien esos pleitos. Mario llevaba meses llegando del taller mecánico con las uñas negras de grasa y los ojos cargados de algo que no era cansancio. Peleaban por cualquier cosa: porque la salsa estaba aguada, porque la toalla del baño doblaba mal, porque ella respiraba muy fuerte cuando dormía.

—Doña Olga, su hijo lleva tres meses comportándose como si yo le debiera algo personal. Yo no lo estoy secando. Lo que pasa es que él no se aguanta a sí mismo y me tiene a mí enfrente. Es distinto.

—¡Porque no eres la mujer que él necesita!

—¿Y cuál necesita? ¿Usted ya hizo audiciones? ¿Tiene los currículums en esa bolsa del mercado, junto con el pan dulce?

A doña Olga se le subió el rojo al cuello. Se levantó del sofá, caminó hasta la ventana que daba al estacionamiento y se giró como quien va a dictar sentencia.

—¿Tú crees que esto es chiste? Soy su madre. Veo a mi hijo infeliz. Y si tanto dices que no lo quieres, pues vete. Pide el divorcio. Haz algo decente por una vez.

Ale dejó el vaso sobre la mesa. El ruido del vidrio contra la madera sonó más fuerte de lo que esperaba. El vecino dejó de poner cumbia justo en ese momento. Todo el apartamento se quedó en silencio.

—Ahí se equivocó, doña Olga. Usted decidió que yo no quiero a su hijo. Pero sí lo quiero. El problema no es ese. El problema es que Mario no se quiere ni a él mismo desde hace meses, y yo soy el punching bag más cercano. Y usted, en vez de hablar con él, viene aquí a separarnos como quien parte un pan en la iglesia.

—¡Él es hombre! ¡Para un hombre es difícil! ¡Y tú ahí sentada con el dinero de tu abuelo sin mover un dedo para ayudar!

—El dinero de mi abuelo es un regalo que él me hizo a mí. No a Sara. No a usted. Ni siquiera a Mario. A mí. Y no tengo por qué darle explicaciones a nadie. Pero si tanto le interesa saber: lo tengo guardado para lo que venga. Para cuando tengamos hijos. Para sus nietos, ya que estamos.

Doña Olga se quedó callada un instante. Un solo instante. Alejandro escuchó el claxon de un camión allá abajo, en la Sunset. El olor a frijoles recalentados subía desde el apartamento de la señora Chuy.

—¡Si no tienes hijos! ¡Y así como eres, ni vas a tener! —la señora levantó la voz y dio un paso al frente—. Seca, interesada, egoísta… ¡Mi hijo merece una mujer de verdad, no una muchachita con ínfulas de santa!

—¿Ínfulas de santa? —Ale se soltó riendo, una risa breve y seca—. Doña Olga, yo lo único que quiero es que Mario vuelva a ser el hombre con el que me casé. Ese que llegaba los viernes con pan dulce del mercado y me decía "mi chaparrita, ya llegué". Ahora llega y ni me mira. Y usted, en vez de preguntarse por qué, viene a echarme la culpa. Cómodo, ¿no?

—No me hables así. Una nuera decente ya hubiera dejado todo en orden y se hubiera ido sin hacer ruido.

—¿Dejar todo en orden? ¿Como quién? ¿Como la mamá de usted, que según cuentan se fue de su casa sin avisar y dejó seis hijos? No, doña Olga. Yo las cosas las hago o no las hago. Pero no a escondidas.

Doña Olga apretó la bolsa del mercado contra el pecho. Las venas del cuello se le marcaron. El altar de la abuela tembló ligeramente cuando pasó un camión de basura por la calle.

—Te vas a arrepentir. Mario ya tomó una decisión. Yo nomás vine a avisarte. Pero si quieres guerra, guerra vas a tener.

Salió del apartamento sin cerrar la puerta. El pasillo quedó oliendo a su perfume de gardenias y a rabia. Alejandra se quedó sentada varios minutos, mirando el altarcito, la veladora que aún temblaba, el café frío.

Agarró el teléfono. Buscó el número de Mario. Se quedó con el dedo sobre la pantalla, sin apretar.

Justo en ese instante vibró. Un mensaje de él:

«Tenemos que hablar. Voy para allá a las siete.»

Ale miró la hora: las seis y cuarenta. Apagó la pantalla, se sirvió más café frío y se sentó a esperar. Afuera, la luz del atardecer teñía los edificios de rosa y naranja. Alguien volvió a poner cumbia. La misma canción de siempre: «Yo no soy celoso, pero…».

A las siete en punto sonó el timbre.

Mario entró sin saludar. Olía a gasolina y a cigarro, cosa rara en él. Se paró junto a la mesa de centro y no se sentó. No miró el altar. No miró las plantas. No la miró a ella.

—Ale, tenemos que hablar.

—Tu mamá ya me puso al día —dijo ella sin levantarse—. Viene a decirme que te devuelva el anillo, ¿verdad?

Mario se pasó la mano por la nuca. El gesto de siempre cuando algo le dolía y no quería mostrarlo.

—No es por mi mamá. Soy yo. Ya no puedo con esto.

—¿Con qué, Mario? ¿Con el taller? ¿Con la presión de que Sara pidió dinero y no se lo di? ¿Con qué cosa no puedes?

—¡Contigo, Ale! —soltó él de golpe, y la voz le tembló—. Todos los días es lo mismo. Llego y me miras como si hubiera hecho algo malo. Como si no fuera suficiente.

—Yo no te miro así. Tú llegas así. Y yo nomás estoy aquí parada, aguantando.

—Pues no aguantes.

La frase quedó flotando. Ale se levantó del sofá. Caminó hasta la barra de la cocina, agarró el vaso de café, lo vació en el fregadero.

—Tu mamá dice que necesitas una mujer de verdad. ¿Eso es lo que viniste a decirme?

Mario apretó los puños dentro de las bolsas de la chamarra.

—Mi mamá habla de más. Pero algo tiene razón. Tú tienes tu dinero, tus planes, tu vida muy clara. Yo no encajo.

—Mario, el dinero de mi abuelo es para nosotros. Para los hijos que algún día queríamos tener. O ya ni sé si quieres.

—¿Hijos? —soltó una risa amarga—. Llevamos dos años intentando, Ale. Dos años. Y cada mes que pasa es un fracaso. Y mi mamá preguntando cuándo le vas a dar nietos. Y yo sin saber qué decir.

Alejandra sintió el golpe en el pecho. Eso no estaba en el guion. Eso no se lo había dicho nunca.

—¿Por qué nunca me contaste que tu mamá te presionaba con eso?

—Porque es mi pedo, no el tuyo. Pero ya no puedo separar las cosas. Llego a la casa y veo el cuarto vacío que íbamos a pintar de amarillo. Y siento que todo es mi culpa. Que no te merezco. Que mejor sería dejarte ir para que encuentres a alguien que sí pueda.

Ale respiró hondo. La veladora del Santo Niño parpadeó. Afuera, un perro ladró en el estacionamiento.

—Mario, siéntate.

Él dudó. Pero se sentó. En el sofá floreado, justo donde había estado su madre una hora antes. Ale se puso enfrente, en cuclillas, y le agarró las manos manchadas de grasa. Las mismas manos que le dieron pan dulce tantos viernes.

—¿Tú me quieres? ¿Así, de verdad?

—Claro que te quiero, chaparrita. Pero…

—No hay "pero". Si me quieres, entonces esto se arregla. Pero con una condición.

—¿Cuál?

—Tu mamá no vuelve a entrar a esta casa sin tocar el timbre y sin ser invitada. Y tú vas a ir conmigo a ver a alguien que nos ayude con lo de los hijos. Un doctor, un terapeuta, lo que sea. Pero juntos. Y a tu mamá le dices que Sara se busque su propio dinero. El de mi abuelo es para nosotros.

Mario la miró. Por primera vez en meses, la miró de verdad. Vio sus ojeras de doce horas de turno. Sus dedos delgados apretándole las manos. El altar chiquito detrás de ella. Las plantas que tanto cuidaba.

—¿Y qué le digo a mi mamá?

—Dile que te casaste conmigo, no con ella. Y dile que el pan dulce de los viernes va a volver. Pero cuando ella aprenda a llegar con un "buenas tardes" antes que con una sentencia.

Mario se soltó una risa. Chiquita, pero risa al fin. Afuera, la cumbia cambió de canción. Ahora sonaba algo más viejo, de los Tigres del Norte.

—Va —dijo él—. Hablo con mi mamá mañana mismo.

—No —Ale se levantó y fue a la cocina—. Vas a hablar con ella ahora. Yo pongo el café.

Agarró el teléfono, marcó ella misma el número de doña Olga y le pasó el aparato a Mario. La señora contestó al segundo ring, como si hubiera estado esperando junto al teléfono de su casa en Boyle Heights.

—¿Bueno? ¿Mario? ¿Ya le dijiste?

Mario miró a Ale. Ella le devolvió la mirada con una ceja levantada, batiendo el café nuevo en la estufa.

—Mamá —dijo él, y la voz le salió más firme de lo que esperaba—. No me voy a divorciar. Y mañana no venga. Mejor le hablo el fin de semana.

Del auricular salió un torrente de palabras atropelladas. «Desgraciada», «te tiene embrujado», «vas a terminar solo». Mario aguantó unos segundos y colgó. Se quedó mirando el teléfono como si fuera un animal raro.

—Ya está. Se puso furiosa.

—Es su especialidad —Ale puso dos tazas sobre la mesa, junto al azúcar y un pan dulce que había sobrado del jueves—. Se le va a pasar. O no. Pero ya no va a entrar aquí como si fuera su casa.

—Dice que me vas a dejar sin nada.

—Lo único que te voy a dejar sin nada es la panza si no te comes este pan.

Mario agarró el pan dulce y le dio una mordida. El azúcar se le quedó en los dedos. Afuera, el cielo se puso morado oscuro. La veladora del Santo Niño seguía temblando, pero la llama ya no se apagaba.

Pasaron tres semanas. Doña Olga no llamó. Sara tampoco. Mario fue con Ale a la clínica comunitaria de la Sunset, donde una doctora joven y bajita les explicó las opciones. Salieron tomados de la mano, con un sobre de papeles y una cita para análisis.

El viernes siguiente, Ale llegó del hospital a las siete. Abrió la puerta y olió pan dulce. Mario estaba en la cocina, con una bolsa del mercado en la mesa y dos velitas encendidas junto al altar de la abuela.

—Llegó el pan, chaparrita —dijo él, sin voltearse, batiendo algo en la estufa.

—Ya vi —Ale dejó el bolso en el sofá y se acercó—. ¿Y las velitas?

—Pa' la abuela. Pa' que nos eche la bendición.

Ale se quedó callada. El olor a chocolate caliente se mezclaba con el de las gardenias que alguien había puesto en el pasillo. Allá afuera, la cumbia volvió a sonar, bajita, como todos los viernes.

Mario se giró con una taza humeante en cada mano. Se la tendió.

—Mamá mandó un recado con la tía Lucha. Dice que quiere venir a disculparse.

—¿Y tú qué le dijiste?

—Que se espere. Que primero ceno con mi esposa.

Ale sonrió sin darse cuenta. Agarró la taza caliente. Dio un sorbo. Afuera, un gato cruzó el estacionamiento. Adentro, la veladora tembló un instante y se quedó quieta.

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