La máquina Singer que nadie quiso quedarse

Trabajo como técnica de rayos X en el Hospital Regional de McAllen, Texas, desde hace catorce años, y uno aprende a reconocer el miedo de verdad cuando lo ve entrar por la puerta de urgencias. No es el miedo al dolor. Es otro, más viejo, que se nota en la forma en que la gente aprieta las manos cuando cree que nadie la observa.

Esa tarde de martes me tocaba el turno de dos a diez, el peor de todos porque coincide con la hora en que los abuelos se resbalan regando el jardín y los adolescentes chocan la bicicleta volviendo de la escuela. A las cuatro y veinte trajeron a una señora de unos sesenta y seis años, con la muñeca torcida en un ángulo que no engaña a nadie y un golpe en la cadera que nos obligó a pedir placas de cadera además del brazo. Se llamaba Rosario. Venía sola, sin nadie que le sostuviera el bolso ni le dijera una palabra amable, y eso en esta sala es más raro de lo que la gente cree.

La acompañé yo misma hasta la camilla de observación porque la silla de ruedas no entraba bien por el pasillo donde estaban reparando el piso, y mientras le ajustaba el cabestrillo provisional me contó, sin que yo le preguntara nada, que se había caído bajando las escaleras del porche de su casa, en la colonia Las Milpas, cerca de la Expressway 83. Dijo que llevaba casi un año sin hablar con su hermana. Lo dijo así, de la nada, como quien necesita soltarlo antes de que entre el médico.

Yo no soy de las que se meten donde no las llaman. Tengo mi propia vida complicada, una hija en la universidad en Edinburg que me llama solo cuando necesita dinero para libros, y ese día además me tocaba salir a recoger a mi nieto de la guardería a las seis, así que llevaba el reloj puesto en la cabeza todo el turno. Pero algo me hizo quedarme unos minutos de más acomodándole la almohada.

Rosario me explicó que la pelea había sido por una máquina de coser, una Singer vieja que había sido de su madre. Que su hermana Dolores la quería para ella, que ella la quería para su propia hija, y que de ahí habían salido reproches de treinta años guardados en un cajón. Me pareció una tontería, lo voy a admitir, pero también he visto suficientes familias en esta sala para saber que casi nunca es la máquina de coser. Es lo que la máquina representa: quién cuidó más a la madre, quién llamó menos, quién se sintió siempre la segunda.

Un sobrino llamado Ernesto —ella lo nombró varias veces, con alivio, como quien nombra al único que sí responde el teléfono— estaba trabajando esa semana en Austin y no podía llegar hasta la noche. Así que Rosario se quedó esperando sola los resultados de las placas, con la bata del hospital mal atada por detrás y el teléfono celular agarrado con la mano buena, sin marcar ningún número.

A eso de las cinco y cuarto, cuando volví con los resultados preliminares para el médico de guardia, la encontré llorando. No lloraba por el dolor; el dolor ya se lo habían controlado con lo que le dieron en triage. Lloraba mirando el teléfono. Me dijo, casi disculpándose: "Si algo me pasa de verdad, mi hermana ni se entera a tiempo."

Le sostuve el vaso de agua con hielo mientras bebía por la pajilla porque con el cabestrillo no podía sola, y fue entonces cuando le pregunté, nada más para que dejara de dar vueltas al teléfono entre los dedos, si quería que yo misma llamara a esa hermana. Dijo que no, que tenía que ser ella. Marcó.

No escuché toda la conversación —tenía que seguir con otros pacientes, una señal de 102 grados de fiebre en la cama tres me reclamaba—, pero alcancé a oír el principio: "Dolores, soy yo. Estoy en el hospital, nada grave, pero…" Y después la voz se le quebró y no pudo seguir.

Volví como media hora después a tomarle la presión de rutina. Dolores ya estaba ahí.

Era una mujer más baja que Rosario, con el pelo recién pintado de un rubio que no le quedaba del todo, y entró directo a la cortina sin preguntar en recepción, cosa que normalmente nos toca frenar, pero esa vez no dije nada. Se quedó parada un segundo en la entrada, con la cartera todavía colgada del hombro, y antes de que Rosario pudiera decir una palabra ya se había tapado la cara con la mano. Rosario soltó, entre las lágrimas de las dos: "Pero no llores, mujer, que no me voy a morir todavía." Y las dos se rieron con esa risa que sale mezclada con el llanto, que en esta sala la conocemos bien porque significa que el susto ya pasó.

Me quedé fingiendo revisar el monitor un poco más de tiempo del necesario. No es que quisiera espiar; es que en catorce años de este trabajo uno aprende a disfrutar los pocos momentos donde el drama termina bien, porque la mayoría no terminan así.

Dolores le acercó una silla y se sentó sin soltarle la mano buena. Hablaron bajito. Yo solo capté retazos: algo de "orgullo", algo de "mamá nunca quiso que esto pasara", algo de la máquina de coser que ya nadie usaba. En un momento Rosario le preguntó directamente qué iban a hacer con la Singer, y Dolores contestó que se la quedara quien quisiera, que a ella ya no le importaba. Les dio tanta risa esa respuesta que la enfermera de turno asomó la cabeza para ver si todo estaba bien.

Ernesto llegó pasadas las ocho, cuando yo ya estaba cerrando mi turno. Se paró en la puerta de la sala, miró a su mamá y a su tía sentadas juntas, la Singer convertida en chiste entre las dos, y no dijo nada. Solo se quedó ahí un segundo, con las llaves del carro todavía en la mano, antes de entrar.

A Rosario le dieron el alta con el brazo enyesado y una cita de seguimiento en ortopedia para la semana siguiente. Dolores la ayudó a ponerse el suéter porque el yeso no dejaba meter bien el brazo por la manga, y discutieron —otra vez, pero de las discusiones de siempre, las que no duelen— porque Rosario insistía en caminar sola hasta la salida y Dolores no la dejaba.

Yo entregué turno a las diez y me fui a buscar a mi nieto, que ya se había quedado dormido en la guardería esperándome, con la cara llena de las migajas de la merienda. Mientras maneje por la Ware Road pensé en la máquina de coser esa, en cómo algo tan chico puede guardar a dos hermanas lejos casi un año, y en cómo a veces hace falta una fractura de muñeca para que alguien marque un número que llevaba guardado todo ese tiempo sin usar.

No sé qué pasó después entre ellas. No volví a ver a Rosario por el hospital, lo cual en este trabajo siempre es buena señal. Pero sí me quedó una cosa clara, de las que uno se lleva a casa sin querer: nadie en esa sala habló de perdón ni de lecciones de vida. Solo vi a una mujer marcando un número, a otra mujer tapándose la cara en la puerta, y a las dos riéndose después de una máquina de coser que, por lo que escuché, terminó encima de una mesa en el porche de alguien, con una planta de albahaca puesta encima, sin que nadie volviera a tocarla jamás.

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La máquina Singer que nadie quiso quedarse