La primera vez que vi a Marco Figueroa, pensé: por fin alguien normal. Nos presentó mi vecina Liliana en una barbacoa de cumpleaños, nada de apps, nada de perfiles con fotos de hace diez años. Yo tenía cuarenta y tres, él cuarenta y ocho, y los dos llevábamos puesta esa coraza con la que uno llega a esa edad: ya no esperamos fuegos artificiales, solo queremos ver quién tenemos enfrente sin tanto rodeo.
La primera cita fue un café rápido en el Westfield de Montgomery Mall, en Bethesda. Veinte minutos, nada memorable, pero agradable. Él no sacó el tema de "qué buscas realmente" ni intentó impresionarme con el reloj. La segunda fue en un bar de vinos en Silver Spring, cena ligera, charla tranquila. Me contó de su trabajo en una aseguradora, mencionó de paso su divorcio, sin una sola palabra fea sobre su exesposa. Lo tomé como buena señal. Un hombre maduro, pensé, que no quedó atrapado en el resentimiento.
Para la tercera cita me invitó a su casa, un townhouse en Rockville, cerca de la línea Red del metro. Cenar algo, ver una película. Acepté sin pensarlo dos veces. A los cuarenta y tres ya no se construyen fantasías: quieres conocer a la persona rápido, sin juegos de meses.
Su casa era sencilla. Limpia, sin lujos. Un sofá gris, un librero con más DVDs que libros, una cocina con lo justo a la vista. Él abrió una botella de Malbec argentino —dijo que era su favorito desde un viaje a Mendoza— y yo acomodé el queso y las galletas en un plato. Todo iba bien. Hasta que empezó a hablar.
—¿Tú cocinas seguido en casa? —me preguntó como de paso, entre la primera y la segunda copa.
—Casi nunca entre semana. Salgo tarde del trabajo, pido algo o caliento lo que haya. Los fines de semana, si tengo ganas, hago algo. ¿Por qué?
Levantó las cejas. No con crítica, pero con esa sorpresa leve de quien escuchó algo raro.
—Es que… bueno, las mujeres suelen disfrutar cocinar, ¿no? Mi ex trabajaba hasta las siete de la noche y aun así la casa siempre estaba impecable, la cena lista. Hacía tamales los domingos. Nunca se quejaba.
Dejé la galleta a medio camino del plato. No la terminé de untar con queso.
Siguió hablando, tranquilo, casi con ternura en la voz, de lo organizada que era ella, de cómo encontraba tiempo para todo sin esfuerzo aparente. "Lo hacía sin drama. Le gustaba", dijo.
—¿O sea que para ti es importante que una mujer cocine? —le pregunté directamente.
—No es que sea importante. Es que es natural, ¿no crees? Ustedes crean el ambiente de la casa. El hombre trabaja, llega cansado, y ahí está todo calientito, huele bien. Es lindo para los dos.
Empujé el plato de queso un poco hacia el centro de la mesa, lejos de mí, y supe que la cita había terminado. Lo que vino después fue solo cortesía hasta despedirnos.
No discutí. No me puse a explicarle que cocinar es una habilidad, no un instinto de género. Me quedé ahí, con la copa de Malbec entre las manos sin bebérmela, y cada minuto se volvía más claro: él no me veía como una mujer con quien construir algo. Me evaluaba como candidata para un puesto vacante.
Reemplazo de exesposa. Requisitos: cocina, limpia, no se queja, crea ambiente hogareño. Experiencia: deseable. Horario: tiempo completo, sin días libres.
Marco no era mal tipo. No gritaba, no insultaba, ni siquiera era arrogante. Era amable, hasta sincero. Pero en sus palabras yo no era una persona. Era una función. Un paquete de opciones útiles: ¿Sabe cocinar? ¿Mantiene el orden? ¿No hace drama? ¿No pide mucha atención?
Y lo peor: ni siquiera notaba que algo andaba mal ahí. Para él esa era la norma. Su ex, en sus relatos, no era una persona con cansancio y emociones propias. Era un modelo de referencia. Una máquina que funcionaba sin fallas: cocinaba a tiempo, limpiaba a tiempo, complacía a tiempo. Y él buscaba una nueva versión de ese mismo modelo. Solo que más joven y sin los "errores de sistema" de los resentimientos acumulados.
Terminé mi copa de un trago, le agradecí por la noche y le dije que ya me tenía que ir. Él se encogió de hombros, como diciendo "bueno, así son las cosas", y no insistió en que me quedara.
No volví a saber de Marco después de esa noche. Hace unas semanas volví a cruzarme con Liliana, la vecina que nos presentó. Me contó, medio en broma, que Marco sigue saliendo con mujeres por una app y que a todas les cuenta lo mismo de su ex. Me reí, sin rencor ni curiosidad por saber más. Lo único que pensé fue que en Rockville, en ese townhouse cerca del metro, debe seguir sirviendo Malbec argentino, esperando que alguien finalmente llene la vacante.
Ese fin de semana pedí comida tailandesa, dejé los platos en el fregadero hasta el día siguiente y me fui a correr al Rock Creek Park sin culpa ninguna.
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