La Que Nadie Debía Provocar

A Lexi la metieron en el bloque C un martes. Llegó esposada, con el uniforme naranja colgándole y la cabeza baja, pero no como quien tiene miedo. Como quien está contando los pasos hasta su celda. No hablaba. No preguntaba a qué hora era el recreo ni cuántos minutos daban para ducharse. Los primeros días las demás la mirábamos de reojo, tratando de sacarle algo, un gesto, una palabra, lo que fuera. Nada.

Lo que sí se le notaba era la tinta. Le subía por los brazos, le rodeaba el cuello y desaparecía bajo el cuello del uniforme. Dragones, flores, letras en los nudillos. En el comedor de la prisión del condado de Pima, en Tucson, esas cosas se respetan o se pagan caras.

Y en ese comedor mandaba Brenda.

Brenda llevaba cuatro años adentro. Medía casi uno ochenta y tenía unas manos que parecían palas de mecánico. Cobraba impuesto a las nuevas: la bandeja de comida, el turno de lavandería, los cigarrillos si tenías familia afuera que te mandara. Nadie discutía. A una muchacha de Nogales le partió la mandíbula un año antes por quedarse con el postre. Desde entonces, cuando Brenda se paraba frente a una mesa, las conversaciones se apagaban como si alguien hubiera cortado la luz.

La primera semana Lexi la esquivó sin esfuerzo. Se sentaba lejos, comía rápido y desaparecía. Pero el jueves de la segunda semana cometió un error: se quedó en el rincón del fondo, junto a la ventana que da al patio, y comió despacio. Llevaba el cabello recogido con una liga deshilachada y partía el pan con los dedos, tranquila.

Brenda la vio desde la fila de las bandejas. Primero entrecerró los ojos. Luego sonrió y caminó hacia ella con esa lentitud que usaba para que todas se enteraran de lo que iba a pasar. Las cucharas dejaron de raspar los platos. Una señora de la mesa de enfrente se levantó y se cambió de sitio.

—Dame tu comida —dijo Brenda.

Lexi no levantó la vista. Siguió cortando un pedazo de pollo.

—Dije que me la des.

—Pues pide otra bandeja —respondió Lexi—. Yo todavía no terminé.

Alguien a mi lado soltó el tenedor. Se oyó el golpe seco contra el metal de la mesa. Brenda se inclinó hacia delante, apoyando los nudillos en la mesa, y le acercó la cara.

—No me importa si no terminaste. Me la das o te la quito.

Lexi masticó, se limpió la boca con la servilleta de papel y la dejó sobre la bandeja. Solo entonces levantó los ojos. No dijo nada. Miró a Brenda con la calma de quien ya hizo ese cálculo muchas veces.

Brenda agarró la bandeja con las dos manos y la jaló con fuerza. El plato voló, el vaso de cartón se estrelló contra el piso y el arroz quedó regado entre las patas de las mesas. Un charco de salsa se deslizó hasta el zapato de Brenda, que ni lo miró.

—Párate —ordenó—. Y después te arrodillas y juntas lo que tiraste.

Lexi se quedó sentada.

—Te dije que te pares.

Nada.

Brenda la tomó del hombro y tiró. Fue como intentar mover un poste de acero. La muchacha no tenía el cuerpo de una peleadora callejera ni la espalda ancha de las que cargan bultos en la central de abastos, pero había algo en su postura, en la manera en que plantaba los pies en el piso, que la hacía inamovible. Brenda volvió a jalar, ahora con más fuerza, y Lexi giró el hombro, le atrapó la muñeca y se puso de pie en un solo movimiento.

El comedor entero se quedó sin aire.

Brenda lanzó un puñetazo directo a la cara. Lexi movió la cabeza apenas unos centímetros. El golpe pasó por encima de su oreja. Brenda soltó otro, y luego otro. Ninguno la tocó. Era como si la muchacha ya supiera por dónde iban a venir antes de que Brenda decidiera lanzarlos.

Entonces Brenda se le fue encima con todo el peso, queriendo aplastarla contra la mesa. Y Lexi, que hasta ese momento solo se había movido, por fin actuó. La tomó del brazo, giró la cadera, y el cuerpo de Brenda salió volando por encima de su hombro. Cayó de espaldas contra el piso de loseta. El sonido retumbó en las paredes.

Brenda se levantó como pudo, con la cara roja y la respiración rota. Se abalanzó otra vez. Otra vez terminó en el suelo, ahora con el labio partido y el uniforme manchado de salsa. Se quedó tirada, jadeando, con una mano apoyada en el piso.

—¿Quién eres? —preguntó.

Lexi se agachó, recogió su bandeja vacía y la puso sobre la mesa. No parecía agitada. Ni siquiera tenía el cabello suelto.

—Alguien con quien no debiste meterte —dijo.

Y se fue.

Esa noche, en la celda 14, yo estaba a dos literas de ella. La vi quitarse la camiseta para dormir. Tenía la espalda cubierta de cicatrices finas y, en el omóplato izquierdo, un tatuaje de un águila con las alas abiertas y las letras 3/5 debajo. Tercer Batallón, Quinta División de Marines. Después supe lo demás, por pedazos, por los rumores que corren en los pasillos y por una de las guardias que le tenía respeto: Lexi había estado sitio de Ramadi, dos turnos de servicio. Enseñaba defensa personal en la base antes de que la acusaran por algo que los periódicos de Tucson no contaban bien.

Brenda nunca más la tocó. Ni la comida, ni la ropa, ni la mirada. Una semana después, en el comedor, le dejó su postre en la mesa sin decir nada. Lexi lo miró, lo empujó de regreso al centro de la mesa y siguió comiendo. Brenda no volvió a intentarlo.

A las nuevas que llegaron ese invierno, Lexi empezó a sentarlas en la mesa del fondo, junto a la ventana. No les hablaba, no les cobraba, no les prometía nada. Solo se sentaba con ellas a comer. Y cuando alguien se les acercaba de más, Lexi levantaba la vista del plato, sin prisa, y el que venía de frente se acordaba de repente de que se le había olvidado algo en la cocina.

Eso sí lo hacía ella sola. Sin decirlo, sin pedir que se lo agradecieran. Yo la vi un viernes, cuando trajeron a una chavita de South Tucson, flaca, con la cara morada de miedo. Lexi le pasó su pan sin mirarla. La chavita quería darle las gracias y no le salía la voz. Lexi le señaló el plato con la barbilla.

—Cómetelo —le dijo—. Aquí adentro todo se paga. Y tú todavía no me debes nada.

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La Que Nadie Debía Provocar