Pinky volvía todos los días al refugio. Pensé que no nos quería, pero solo no podía dejar a su amigo

Ana, San Antonio, Texas.

Hace un mes, en una mañana de noviembre, cuando el aire ya olía a hojas mojadas por las primeras lluvias, fuimos al refugio del condado de Bexar. Sofía acababa de cumplir siete años y desde hacía medio año pedía un perro. Eligió a Pinky: un chucho tembloroso del tamaño de una cartera, con una oreja negra y unos ojos color miel que miraban como si siempre estuviera pidiendo perdón por existir. Tenía en el cuello un pedazo de mecate deshilachado, como si alguien lo hubiera amarrado alguna vez junto a las vías del tren.

La adopción no tardó ni una hora. Llené el formulario, mostré mi identificación y pagué cuarenta y cinco dólares de cuota al refugio. Yolanda, la voluntaria de trenzas y un piercing en la ceja, me entregó la correa y me dijo: "Es un perrito muy sensible. Dele tiempo".

Los primeros tres días Pinky se quedó echado en la esquina de la sala, sin ni siquiera voltear a ver los platos de comida. Miguel decía, medio en broma, que el perro estaba deprimido. Sofía le llevaba sus peluches y él solo hundía el hocico contra la puerta. A mí se me hacía un nudo en la garganta.

Después, de repente, cambió. Empezó a comer, a mover la cola, a dormir en el sofá. Sofía lo dibujaba todos los días con gis en la banqueta frente a nuestro dúplex en el West Side. La vecina, doña Lupe, nos decía: "Hasta que por fin tienen perro, qué bueno". Todo iba bien. Hasta el jueves.

El jueves por la mañana, cuando Miguel salió a comprar pan dulce a la panadería de la esquina sobre la Culebra, la puerta no quedó bien cerrada. Pinky salió disparado como torpedo. Durante una hora recorrimos el barrio buscándolo: Sofía llorando, yo con las llaves apretadas en la mano, Miguel en bicicleta. Al fin llamó un vecino del edificio de al lado: "Aquí está, parado frente al refugio, una bolita gris chiquita".

Fui por él, lo llevé a casa. Pensé que había sido pura casualidad. Pero al día siguiente, en cuanto Sofía llegó de la escuela y abrió la puerta de la cerca, Pinky volvió a escaparse. Otra vez al refugio sobre la Zarzamora. Otra vez esperando frente a la entrada.

La tercera vez, apenas oyó el clic del cerrojo, ya se había ido. En la barra de la cocina quedó una taza de café a medio tomar que yo había preparado a las siete. No me dio tiempo de terminarla porque Pinky ya se estaba escapando otra vez. Decidí seguirlo.

Me puse una chamarra vieja impermeable, me metí las llaves en la bolsa y salí tras él. A propósito dejé la puerta de la cerca sin cerrar bien. Miguel solo levantó una ceja desde la laptop, no dijo nada.

Pinky no corría a lo loco. Llevaba una ruta conocida: cruzó el patio trasero donde el gato pelirrojo del vecino se calentaba junto al bote de basura, luego siguió la barda cubierta de enredadera. Al llegar cerca del puente sobre el río San Antonio se detuvo, miró a los lados y cruzó la calle. Yo, agachada detrás de un arbusto, con los tenis mojados de rocío, lo seguía como detective de telenovela mala.

Al llegar al refugio no se detuvo en la entrada principal. Se fue por un lado, donde en la malla ciclónica había un hoyo del tamaño de mi puño, y se metió al terreno. Me colé detrás de él, rezando para que nadie me viera.

Pasó el área de los corrales, una fila de casetas verdes, y se detuvo en la última jaula. De adentro salió corriendo otro perro, un poco más grande, de patas más largas y hocico más claro. Se brincaban encima, se lamían la cara, chillaban de felicidad. Después se enroscaron juntos sobre un montón de paja y se quedaron dormidos, hocico contra hocico.

Me quedé paralizada. Me fijé que el otro perro tenía en el cuello un pedazo de mecate deshilachado idéntico al que traía Pinky cuando lo encontraron. No era casualidad.

Volví a casa y le conté todo a Miguel. Al día siguiente fuimos los dos al refugio.

Yolanda nos recibió con una sonrisa. Cuando le conté la historia, suspiró y nos llevó hasta esa jaula. El otro perro, resultó, se llamaba Max y había llegado al refugio el mismo día que Pinky. Los encontraron juntos, amarrados a un poste cerca de las vías del tren, por el lado de South Flores.

—Eran inseparables —dijo Yolanda, rascando a Max detrás de la oreja—. Cuando se llevaron a Pinky en adopción, Max dejó de comer. Aullaba todas las noches. Los veterinarios pensaban que tenía depresión. Y ahora… —señaló los dos hocicos pegados, llenos de añoranza— ahora Pinky viene a verlo todos los días.

Miguel miraba a Max apretando la mandíbula. Sofía en ese momento estaba en la escuela, pero yo ya sabía lo que diría. Ella simplemente lo habría cargado en brazos.

—¿Y nosotros… —empecé— lo podríamos adoptar también?

Yolanda levantó una ceja. —Claro que sí, pero ya saben, doble responsabilidad. Y doble cuota.

Ese mismo día llené otro formulario. Mostré mi identificación, un comprobante de ingresos. Miguel sacó de la cartera cuarenta y cinco dólares, lo mismo que habíamos pagado por Pinky. Firmé el contrato de adopción. Esta vez para Max.

Cuando Max salió de la jaula por primera vez, se quedó parado en el umbral, como si no lo creyera. Después vio a Pinky esperándolo junto a la malla y salió corriendo sin más. Los dos empezaron a saludarse como locos, a rodar en el lodo, a ladrar de alegría.

Volví a casa con los dos perros de la correa. A pie, cruzando el puente, con el viento soplando desde el río y una bolsa de plástico con accesorios para perro en la mano. En lugar de un ramo de flores o una caja de chocolates, llevaba a mi lado dos bolitas de pelo temblorosas y el corazón lleno de un alivio extraño.

Cuando abrí la puerta del departamento, Sofía gritó: "¡Mami, dos perritos!", y se sentó en el piso mientras ellos le lamían la cara. Miguel se quedó parado en el umbral de la cocina con la misma taza de café a medio tomar que seguía en la barra, viéndonos con una cara que decía: "Ahí tienes, vieja, ahora son dos".

En la noche se acostaron juntos en una sola camita, enroscados en un nudo apretado. Pinky apoyó el hocico sobre el lomo de Max. Max suspiraba mientras dormía. En todo el departamento flotaba el olor a pelo mojado de perro y al pan dulce que Sofía había horneado conmigo esa tarde.

Sofía se sentó junto a la camita, se envolvió en una cobija y me susurró: —Mami, ya nunca más van a estar solos, ¿verdad?

No contesté de inmediato. Me serví lo que quedaba del café frío que seguía en la taza desde la mañana, me senté en el piso junto a mi hija, y me quedé viendo cómo los dos hocicos subían y bajaban al mismo ritmo de la respiración.

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Pinky volvía todos los días al refugio. Pensé que no nos quería, pero solo no podía dejar a su amigo