Los cuarenta minutos que Rosa se guardaba para ella en Whittier

Trabajo de recepcionista en la clínica de podología del doctor Nuñez, en Whittier, sobre Whittier Boulevard, a dos cuadras de la panadería La Flor de Michoacán. Llevo once años ahí, y créanme, uno aprende a leer a la gente por cómo entra a la sala de espera. Por eso me fijé en doña Rosa la primera vez que vino, hace cosa de ocho meses: entró con los hombros tan tensos que parecía que cargaba una mochila invisible, aunque solo traía su bolso de cuero café y una carpeta con radiografías.

Rosa tiene sesenta y seis años, y su esposo, don Ernesto, sesenta y nueve. Llevan cuarenta y un años casados —eso lo supe porque lo mencionó ella misma, medio en broma, cuando la enfermera le preguntó la fecha de nacimiento para el expediente—. Vinieron juntos esa primera cita, él con su gorra de los Dodgers y ella revisando el celular cada dos minutos, no por ansiedad, sino porque —según me contó después, esperando turno— tenía una llamada pendiente con su hija que vive en Bakersfield.

Ernesto tenía un juanete que ya no lo dejaba caminar bien, y venía cada tres semanas para que le revisaran el pie después de la cirugía. Rosa lo acompañaba siempre. Se sentaban en las mismas dos sillas, junto a la ventana que da al estacionamiento, y ahí fue donde empecé a notar algo raro: él hablaba de la temporada de los Dodgers, de un vecino que había puesto una alarma nueva, de lo cara que estaba la gasolina en el Arco de la esquina —cuatro dólares con noventa, decía, indignado, como si fuera personal—. Y ella, con la mirada fija en la pantalla del celular, respondía con monosílabos. "Ajá." "Sí, mijo." "Qué bueno."

Un miércoles de marzo, mientras Ernesto estaba adentro con el doctor, Rosa se quedó sola en la sala. Le ofrecí un café del dispensador —el malo, el que sabe a cartón, pero es lo que hay— y ella lo aceptó. Fue la primera vez que hablamos de algo que no fuera el seguro médico o el copago.

—¿Usted está casada? —me preguntó, de la nada.

Le dije que divorciada, hace seis años. Ella asintió despacio, como calculando algo, y dijo:

—Yo llevo cuarenta y un años. Y hace como un año que me acuesto antes que él. Cada vez más temprano.

No le pregunté más. En este trabajo uno aprende que si la gente quiere contar, cuenta sola. Y Rosa siguió, mirando el vaso de café:

—Empezó a las once. Ahora son las nueve y media. A veces las nueve. Él ni se da cuenta, sigue viendo su noticiero y sus partidos hasta la una de la mañana.

Le pregunté si dormía mal.

—No, si duermo bien. Lo que no aguanto es la sala. Nos sentamos ahí después de cenar y prendo la tele nada más para no oír el silencio. Él ve sus programas de política, sus repeticiones de béisbol, y yo me quedo ahí sentada como mueble, hasta que ya no puedo más y me voy al cuarto con mi libro.

Le comenté que tenían dos televisores en la casa —ella me lo había mencionado semanas antes, cuando hablamos del aire acondicionado que se les había descompuesto—. ¿Por qué no veía sus novelas en el otro cuarto?

—Porque entonces cada quien cena su plato y se mete a su cueva. Y yo no quiero eso tampoco. Quiero que hablemos. Pero hablar de qué, si ya nos sabemos todo. Once años de rutina y se nos acabaron las palabras.

Ese día se fue con Ernesto, del brazo, como siempre. Nadie hubiera dicho nada raro.

Las siguientes citas, algo cambió. Un martes de mayo llegaron discutiendo por el estacionamiento —los vi por la ventana, ella con las manos en la cintura, él con la gorra en la mano, gesticulando—. Cuando entraron, Ernesto pidió ir al baño y Rosa se sentó frente a mí, todavía con la respiración agitada.

—Se lo dije anoche. Que estoy cansada de cómo vivimos. No de él. De cómo vivimos.

Me contó que él se había puesto serio, después dolido, después enojado. Que le dijo que después de cuarenta y un años y de jubilarse, lo único que quería era paz, no más pleitos. Y que ella le respondió que paz no era lo mismo que estar solos en el mismo sofá.

Yo no soy quién para meterme en pleitos de matrimonio, y no lo hice. Solo le pasé la caja de pañuelos que tengo en el mostrador, por si acaso, aunque ella no lloró. Se quedó ahí, doblando y desdoblando un recibo de la farmacia CVS, hasta que Ernesto salió del baño y se sentó junto a ella sin decir nada. Los dos se quedaron viendo el aviso de vacunas contra la gripe pegado en la pared, como si fuera lo más interesante del mundo.

Pasaron como dos meses sin verlos —cambiaron la cita a los jueves, con otra enfermera—. Volví a coincidir con ellos en agosto, un jueves que cubrí el turno de la tarde. Y algo se notaba distinto, aunque no sabría explicar bien qué. Ernesto traía un mazo de cartas españolas en el bolsillo de la chamarra, medio arrugado, y cuando la enfermera lo llamó, le dijo a Rosa:

—¿Jugamos una mano cuando lleguemos? Antes de que se me olvide cómo repartir.

Ella se rio, una risa corta, de esas que a uno se le escapan sin querer, y le dijo que ya se le había olvidado a él solo, porque siempre hacía trampa contando mal las cartas. Se picaron un rato con eso, discutiendo si el siete valía más que el as, hasta que la enfermera tuvo que llamarlo dos veces.

Rosa se quedó otra vez en la sala. Le pregunté cómo iban las cosas, con cuidado, sin meterme mucho.

—Mejor. No perfecto, pero mejor. Apagamos la tele dos noches a la semana. A veces hablamos, a veces de plano no tenemos nada que decirnos y nos quedamos ahí, en silencio, pero es otro tipo de silencio. Y yo me metí a un club de lectura en la biblioteca de Whittier, los martes. Él sigue con sus partidos. Cada quien lo suyo, pero ya no todo el tiempo.

Le pregunté si seguía acostándose tan temprano.

—Anoche me quedé despierta hasta las once. Por gusto, no por obligación. Eso es lo que cambió.

Esa fue la última vez que hablamos de eso. Su cita de octubre me tocó a mí de nuevo cubrir recepción —ya para entonces don Ernesto casi no cojeaba, el pie había sanado bien—, y cuando entraron, venían discutiendo, pero de lo que iban a cenar: que si tacos de birria del puesto de la esquina o pupusas del salvadoreño que puso changarro nuevo en Washington Boulevard. Cosas normales. Cosas de pareja que ya no tiene tanto miedo del silencio.

Rosa se despidió de mí esa tarde con un gesto que no había visto antes: sacó del bolso una carpeta delgada, azul, y me la enseñó de pasada, como quien no quiere la cosa. Era la inscripción para un curso de cerámica en el centro comunitario, los sábados por la mañana. "Es para mí sola", me dijo. "Él va a pescar con su compadre esos días. Ya no nos da miedo separarnos un rato."

Guardó la carpeta, tomó del brazo a Ernesto, y salieron caminando hacia el estacionamiento, bajo ese sol de octubre que en Whittier todavía pega fuerte a media tarde. No sé si volveré a verlos —el doctor le dio de alta ese día—, pero me quedé con la carpeta azul en la cabeza un buen rato, mientras acomodaba los expedientes antes de cerrar.

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Los cuarenta minutos que Rosa se guardaba para ella en Whittier