Al principio ni me preocupé. Sombra siempre encontraba rincones imposibles: detrás del calentador, entre la lavadora y la pared, debajo del fregadero donde no cabía ni una mano. En San Francisco, con el calor de agosto pegado a las ventanas, la gata se volvía experta en desaparecer. La busqué en la despensa, debajo del sofá, en los clósets. Nada. Fue entonces cuando vi la ventana de la cocina abierta. Solo un hueco, lo suficiente para que pasara un animal flaco y curioso.
Vivo en el segundo piso de un complejo de apartamentos en la Mission. No es un barrio fácil. Pero la ventana abierta me golpeó como un puñetazo al estómago. Abajo no había gato, solo el asfalto caliente, mi bicicleta tirada junto a los botes de basura y el ruido de los camiones en la calle 24.
Esa noche llamé a mi hija Victoria. Le dije lo de la gata, lo de la ventana. Ella suspiró. "Mamá, los gatos siempre regresan". Fácil decirlo desde su departamento en Daly City, con su perro labrador y su alarma de seguridad. Yo colgué y caminé por el edificio con una linterna y una bolsa de croquetas. Nada. Solo las cucarachas del estacionamiento y el eco del pasillo.
Pasaron dos semanas. La gata seguía desaparecida. Mandé a hacer volantes en la papelería de la esquina: "Se busca gata. Tricolor, mancha negra en la oreja. Responde al nombre de Sombra". Los pegué en la lavandería, en el mercado, en la parada del camión. Nadie llamó.
Y entonces, una tarde, noté que la casilla de correo de la señora Estela Monroy, la vecina del departamento 1B, estaba a reventar. Tarjetas, sobres, folletos del supermercado, cuentas de la luz. Sobresalían por la rendija. Nunca le presté atención. Estela era una mujer callada, de unos setenta y tantos, que saludaba desde la puerta con su bata floreada y su café en la mano. A veces dejaba platitos con leche para los gatos callejeros del patio, incluida Sombra, que se colaba por la ventana de su cocina cuando quería. Le gustaba tejer. Una vez la vi en el patio, con un gancho y una bola de estambre, haciendo ratoncitos de lana para los gatos.
Pero yo no fui a tocar. Tenía turno en el restaurante. Llegaba cansada, con los pies hinchados. "Mañana la saludo", me decía. "Mañana le pregunto si ha visto a Sombra". Mañana se convirtió en una palabra sin peso.
La gata volvió un jueves a las cinco de la mañana. Escuché un arañazo suave en la puerta. Al abrir, ahí estaba. Flaca, sucia, con una pata hinchada y los ojos llorosos. Pero viva. Y entre los dientes traía algo pequeño y de colores: un ratón tejido de lana morada. Lo dejó caer a mis pies.
Lo levanté con la mano temblando. No olía a calle ni a bote de basura. Olía a humedad, a café viejo, a un departamento cerrado. A lana guardada en un cajón. Y entendí, sin necesidad de que nadie me lo dijera, que ese ratón lo había tejido Estela para completar una canasta de diez que yo misma le había visto tejer en el patio.
Bajé las escaleras sin cerrar bien la puerta. Toqué en el 1B. Golpeé con los nudillos. Silencio. La puerta se sentía fría. Demasiado fría para un edificio donde el pasillo hervía de calor. Llamé a la administradora. Llegaron los bomberos. La puerta cedió.
Dentro, Estela estaba recostada en su sillón reclinable, con una taza de café frío en la mesa y el control remoto en el piso. La televisión seguía encendida, en un canal de novelas mexicanas. En la ventana de la cocina, la mosquitera colgaba suelta de un lado, con espacio de sobra para que un gato entrara y saliera cuantas veces quisiera. En el borde de la ventana, una hilera de ratoncitos tejidos: nueve en total. El décimo estaba en mi mano.
La forense dijo que llevaba varios días muerta, quizás desde el fin de semana. Un derrame, probablemente mientras veía la televisión. Sombra había entrado por esa mosquitera rota mucho antes, se había quedado dormida en su regazo tantas tardes que ya era casi suya también. Después de la muerte, la gata siguió entrando y saliendo por el mismo hueco, día tras día, sin que nadie lo notara, alimentándose de lo que quedaba y de lo que cazaba afuera, hasta que algo —el silencio, el frío, el hambre de compañía— la hizo cargar el último ratón de lana y subir a buscarme.
Esa semana lloré más de lo que esperaba. No solo por Estela, sino por mí. Por los días que pasé frente a su puerta sin tocar. Por las veces que vi su casilla llena y pensé: "Luego le aviso". Por el "mañana" que se comió todo. Dejé de comprar café para mí sola y empecé a comprarlo de a dos bolsas, aunque no tuviera con quién compartirlo.
Cuando llegó la familia de Estela desde Sacramento, les entregué el ratón de lana. Les dije que su abuela lo tejió para mi gata, que la gata volvió con él. La nieta lo abrazó contra su pecho y me dijo: "Ella siempre hablaba de usted. Decía que un día iba a bajar a tomar café". No supe qué contestar. Solo le apreté la mano, como si eso pudiera devolverle algo.
A los tres días hice algo que no planeé. Fui al banco, cerré una cuenta de ahorros que tenía con mi ex marido, y con el dinero —cuatrocientos setenta y tres dólares— compré una bolsa de croquetas grande, latas de atún, suero para gatos y un paquete de diez cafés en grano. Puse el café en el altar de Estela, junto a su vela. Las croquetas las dejé en el patio, en un plato limpio, junto a una nota que decía: "Para los que no tienen quién les abra la puerta".
Victoria me llamó dos noches después. "Mamá, te vi en el patio. ¿Qué hiciste con el dinero?". Le dije la verdad. "Lo convertí en café y croquetas. Cuatrocientos setenta y tres dólares. Todo". Ella se quedó callada un momento. Luego soltó una risa corta. "Tú siempre fuiste así, mamá. Desde que yo era niña, recogías a todo el que se caía en la cuadra". No era un reproche. Era una rendición.
Ahora bajo cada jueves a las cinco de la mañana. Pongo café en la puerta del 1B. No toco. Solo dejo la taza y me siento en la escalera. A veces Sombra baja conmigo, cojeando un poco, y se queda con las patas delanteras estiradas hacia la puerta, como esperando que alguien la abra. Yo le rasco detrás de las orejas hasta que el vapor del café se enfría. No digo nada. Luego subo, me preparo para el turno y salgo a la calle.
La última vez que vi a la familia de Estela, me entregaron una caja. Dentro había una cobija tejida, un paquete de café de grano y una tarjeta que decía: "Gracias por el café. Vuelve cuando quieras". Pegué la tarjeta en la nevera con un imán de la Mission que compré esa misma tarde en la tienda de la esquina. La cobija la estrené esa noche, con Sombra dormida en mis piernas. La gata ronroneaba. Yo contaba los latidos de su cuerpo tibio hasta que me quedé dormida.











