Marisol llevaba tres cuadras caminando por Bergenline Avenue cuando la sensación empezó, como una piedra que se le acomodaba justo debajo de las costillas. Faltaban dos calles para su edificio, en Union City, y el corazón se le iba adelantando al paso. No sabía por qué. No había pasado nada raro esa tarde. Solo esa opresión que le decía que algo, en algún lugar, estaba a punto de romperse.
—Con ese hombre vas a sufrir, mija —le había dicho su tía Cuca años atrás, cuando Marisol anunció que se casaba con Ramiro.
—Tía, ¿de dónde saca eso?
—Tiene los ojos duros. Yo sé lo que le digo.
Por más que Marisol intentó explicarle que no, que Ramiro era dulce, que la trataba como una reina, la tía Cuca no cambió de parecer. Pero Marisol tampoco iba a dejar pasar su felicidad por una corazonada de una señora de setenta y un años que veía demasiadas telenovelas. Estaba segura de que Ramiro era el hombre con el que iba a envejecer.
Se casaron en una iglesia de West New York, con arroz y con la música de un trío que su papá contrató por trescientos dólares. Para la luna de miel fueron a Cancún, ocho días, todo pagado por Ramiro, que trabajaba de supervisor en un almacén de Amazon en Carteret y ganaba bien. Al volver se instalaron en el apartamento que Marisol había heredado de su abuela, en la calle 48 con Bergenline: tres cuartos, piso de madera, y una ventana de la cocina que daba directo al letrado luminoso de una farmacia CVS que parpadeaba toda la noche.
Para demostrarle a su tía que estaba equivocada, Marisol se encargaba de contarle cada detalle feliz de su matrimonio.
—Tía, ¡Ramiro me compró un abrigo de piel sintética carísimo!
—¿Y eso qué tiene que ver con ser feliz? —refunfuñaba la tía, sacudiendo la cabeza.
—Solo quiere consentirme, tía. ¿Por qué no puede alegrarse conmigo?
—Tengo un mal presentimiento, y ya.
Los primeros dos años pasaron rápido. Ramiro ganaba lo suficiente para que a Marisol no le faltara nada: el alquiler no existía porque el apartamento era de ella, el Honda Civic estaba pagado, y todos los meses sobraba dinero para salir a comer pupusas los sábados y para que Marisol se hiciera las uñas cada quince días en el salón de la esquina. Ramiro repetía, casi como un mantra, sentado a la mesa con el plato de arroz con pollo:
—La mujer tiene que cuidar la casa y cocinar rico. El hombre tiene que traer el dinero.
Marisol asentía y se dedicaba, día tras día, a mantener el apartamento impecable y la cocina llena de olores buenos. Pero llegó un momento en que sintió que se ahogaba entre las cuatro paredes. Ella había estudiado diseño gráfico en el Hudson County Community College. No se había sacado el título para pasarse la vida limpiando la estufa.
—Ramiro, quiero buscar trabajo —soltó una noche, con el tenedor a medio camino del plato.
—¿Para qué? ¿Te falta algo?
—No es por el dinero.
—¿Entonces por qué es?
—Porque quiero hacer algo con mi carrera. Quiero sentirme útil, conocer gente, crear cosas.
Ramiro dejó el tenedor de golpe, tan fuerte que el plato tintineó. Fue la primera vez, en dos años, que le vio esa cara. Gritó, dio un golpe en la mesa, dijo cosas que después ella trató de olvidar, cosas feas sobre lo agradecida que debería estar. Marisol se quedó paralizada, sin entender qué había hecho tan grave. Solo había dicho que quería trabajar.
Esa noche algo se quebró entre ellos. Una grieta chiquita, casi invisible. Pero las grietas, si nadie las repara a tiempo, crecen.
Marisol, de todos modos, aceptó un puesto de diseñadora en una agencia de publicidad con oficinas en Weehawken, cerca del ferry. El sueldo no llegaba a lo que ganaba Ramiro, pero era suyo, ganado con sus propias manos. Ramiro, furioso, dejó de regalarle cualquier cosa: nada de flores, nada de ropa, nada de sorpresas. Pensaba que así ella iba a recapacitar. No fue así. Al año la ascendieron a directora de arte, y con ese sueldo Marisol se compró ropa nueva, le pagó a su tía Cuca el reemplazo de la caldera del apartamento, y siguió, entre reunión y reunión, ocupándose de la casa como podía.
No se dio cuenta de cuándo exactamente Ramiro empezó a mirarla como si fuera la vecina del piso de arriba y no su esposa. Llegaba de trabajar con la cara larga, se sentaba frente al televisor, apenas hablaba durante la cena.
—¿Todo bien con Ramiro? —le preguntaba la tía Cuca cada domingo, cuando Marisol iba a visitarla a Weehawken con una bolsa de pan dulce.
—Todo bien, tía.
Tal vez debió decir la verdad. Pero, ¿a quién le iba a servir esa verdad? A su tía menos que a nadie: tenía la presión alta y el cardiólogo del Hoboken University Medical Center le había prohibido los disgustos.
Un jueves de octubre, saliendo del apartamento de su tía rumbo al suyo, Marisol vio algo extraño en la acera de la 60 con Bergenline: una bolsa de Stop & Shop que no rodaba con el viento como cualquier bolsa, sino que corría, como si tuviera patas. Cuando la bolsa llegó justo hasta sus pies, Marisol la levantó con cuidado y encontró adentro un gatito, gris con una mancha blanca en la frente, temblando entero.
Lo miró y sintió algo que nunca había sentido: un cariño instantáneo, incontrolable, que le subió del estómago al pecho. Nunca había sido una persona de animales. Pero ahí estaba, con las manos ya acunando a esa bolita gris como si fuera lo más natural del mundo.
—Ramiro, mira lo que encontré en la calle —dijo esa noche, mostrándole el gatito envuelto en una toalla.
—¿Y eso para qué lo trajiste?
—¿Cómo que para qué?
—¡Para nada! ¿Qué necesidad tenemos de esto en la casa? Va a rayar los muebles, va a destrozar el sofá. Yo no quiero animales aquí.
—¿O sea que quieres que lo tire de vuelta a la calle?
—Exacto.
Marisol se quedó mirando a ese hombre y no reconoció ni un rastro del que la había enamorado en el Applebee's de la Ruta 3, siete años atrás. Primero no la dejaba trabajar, ahora ni un gato podía tener. Como si hubiera traído un elefante al apartamento.
—No. Micifuz se queda con nosotros. Mírale la cara, ¿cómo puedes ser tan insensible?
—¿Ya hasta nombre le pusiste? Ay, por favor.
La pelea fue inevitable, subió de tono como nunca antes. Ramiro le dijo que en esa casa mandaba él, que si el gato se quedaba, se iba a arrepentir. Marisol, con el gatito apretado contra el pecho, no cedió ni un centímetro, y esa noche durmió en el cuarto de huéspedes con la puerta cerrada con seguro.
Los días que siguieron fueron de un silencio espeso. Ramiro ni miraba al gato, hacía como si no existiera, esquivaba a Marisol por los pasillos del apartamento. Ella empezó a notar cosas raras: llegadas tarde sin explicación, el teléfono siempre boca abajo sobre la mesa, contestaba los mensajes encerrado en el baño. Una madrugada de noviembre, Marisol se despertó sola en la cama, fue a buscar agua a la cocina y encontró la puerta del apartamento entreabierta y a Micifuz maullando desesperado frente a la ventana abierta de par en par, con el frío de noviembre entrando de golpe.
Corrió al balcón, al pasillo, bajó las escaleras en piyama y descalza. Encontró al gato dos pisos más abajo, agazapado detrás de los contenedores de basura, temblando, con una pata lastimada. Lo cargó, subió corriendo, y cuando entró de nuevo al apartamento, Ramiro ya estaba parado en la sala, como si nunca se hubiera ido a ningún lado.
—¿Qué hiciste? —le preguntó Marisol, con la voz quebrada, sosteniendo al animal contra su bata.
—No sé de qué hablas.
—La ventana estaba abierta, Ramiro. Estamos en el sexto piso.
—Se habrá abierto sola.
Marisol no dijo nada más esa noche. Llevó al gato al veterinario de la avenida Kennedy al día siguiente —ciento ochenta dólares, la pata solo estaba torcida, no rota— y mientras esperaba en la sala de espera, con Micifuz en la jaula transportadora, marcó el número de una abogada de familia que una compañera de la agencia le había recomendado meses atrás, cuando Marisol todavía se reía de que algún día la fuera a necesitar.
La cita fue el martes siguiente, en una oficina chiquita sobre la avenida Bergenline, encima de una panadería dominicana. La abogada, una mujer de unos cincuenta años llamada Yolanda Reyes, escuchó todo sin interrumpir: el reclamo constante, los siete años de matrimonio, el sueldo de Ramiro, el apartamento heredado de la abuela que nunca había estado a nombre de los dos, la ventana abierta en noviembre.
—El apartamento es tuyo, Marisol. Está a tu nombre desde antes del matrimonio, en Nueva Jersey eso se queda como propiedad separada mientras no lo hayas puesto a nombre de los dos. ¿Lo pusiste?
—No. Nunca lo hice.
—Entonces no hay nada que discutir ahí. Lo que sí podemos hacer es documentar lo del gato, por si en algún momento hace falta, y empezar el proceso de separación cuanto antes. Tú decides el momento.
Marisol salió de esa oficina con una carpeta azul bajo el brazo y algo firme instalado en el pecho, algo que no había sentido en años: la certeza de que no tenía que pedirle permiso a nadie para lo que venía.
Esperó tres semanas. No por miedo, sino porque quería hacerlo bien. Guardó copias de las cuentas, del acta de la escritura del apartamento a nombre de su abuela y después a su nombre, sacó fotos de la pata vendada del gato, y un viernes de diciembre, cuando Ramiro llegó del trabajo, se encontró la mesa de la cocina puesta distinto: no había plato para él, había una carpeta azul, cerrada, con su nombre escrito en la pestaña.
—¿Qué es esto?
—Los papeles de la separación. Ya hablé con mi abogada. El apartamento es mío, siempre lo fue, tú lo sabes. Tienes hasta fin de mes para sacar tus cosas.
—Marisol, esto es una locura, por un gato…
—No es por el gato, Ramiro. El gato solo me hizo ver lo que ya sabía hace tiempo.
Ramiro se quedó parado en medio de la cocina, con el abrigo todavía puesto, mirando esa carpeta como si pudiera desaparecer si la miraba fijo el tiempo suficiente. No la tocó. Se fue esa misma noche a dormir a casa de un hermano en Kearny, y volvió cuatro días después con dos maletas y una caja de cartón, sin decir una palabra, mientras Micifuz lo observaba desde el respaldo del sofá, ya con la pata sana, dueño absoluto de su territorio.
La tía Cuca, cuando se enteró, no dijo "te lo dije". Solo le sirvió un café con leche bien caliente en su cocina de Weehawken y puso al gato en su regazo, y ahí se quedaron las dos, un domingo de enero, mirando cómo la nieve caía despacio sobre los techos de la avenida Bergenline.











