El gato del contenedor y la noticia que cambió todo en Paterson

Rubén llevaba quince años pidiéndole al cielo un hijo. Hasta nombre le había puesto, sin que nadie se lo pidiera: Mateo. Pero la vida, con su terquedad de siempre, le había dado tres hijas, una tras otra, como si el destino se riera un poco de él.

Su esposa, Carmen, no se dejaba ganar por la nostalgia.

—Mira qué bendición tenemos, tres niñas preciosas —le decía, y él sonreía, porque era verdad. Quería a sus hijas con locura. Pero cuando veía al vecino jugando fútbol con sus dos muchachos en el parquecito de la cuadra, en Paterson, Nueva Jersey, sentía ese pinchazo que no se atrevía a confesarle a nadie.

—No seas bobo, Rubén —le decía su compadre Héctor, tomándose una Modelo en el porche—. Tu Valentina le rompe la cara a cualquier muchachito en el dojo. Esa niña pelea mejor que todos los varones de la cuadra.

Y era cierto. Valentina, de once años, entrenaba taekwondo tres veces por semana y tenía un carácter de acero. Sus hermanas menores, las gemelas Camila y Sofía, de ocho años, no se quedaban atrás: eran un torbellino de energía las dos juntas.

Las tres niñas, eso sí, compartían un sueño: una mascota.

—Ni lo sueñen. Yo no aguanto un animal ladrando todo el día en esta casa —cortaba Rubén cada vez que sacaban el tema—. Un gato me destroza el sofá. Un hámster huele espantoso. Y ni hablar de un perico, con el ruido que hacen.

Las niñas se cruzaban de brazos, resignadas pero no convencidas.

—¡La familia de Isabella tiene dos perros y no pasa nada! —protestaba Valentina en voz baja, aunque sabía que su papá no iba a ceder.

—Ya se nos va a ocurrir algo —aseguraba Camila, que nunca se rendía tan fácil.

Faltaban dos días para el cumpleaños de Rubén, y las tres hermanas se habían encerrado en el cuarto de Valentina a discutir el regalo.

—¿Le compramos una loción? ¿Una máquina de afeitar? —propuso Sofía.

—¡Eso es aburridísimo! —protestó Valentina.

—Pues piensa tú algo mejor, ya que eres la sabionda. Nosotras le hacemos una tarjeta.

—Eso es cosa de preescolar. El regalo tiene que ser una sorpresa de verdad, algo que se recuerde para siempre. Así dice mamá.

Llevaban media hora discutiendo, al borde de los gritos, cuando sonó el teléfono de Valentina.

—Mija, ¿ya sacaron la basura? —preguntó Carmen desde el otro lado.

—Sí, mami, ya la sacamos toda —mintió Valentina sin pestañear—. ¿Ya vienes para la casa?

Al confirmar que su madre tardaría todavía un buen rato en llegar del turno en la clínica donde trabajaba, Valentina empezó a organizarse rápido.

—¡Vamos contigo! —dijeron las gemelas al unísono.

—¿Para qué van a venir las tres por una sola bolsa de basura? —protestó Valentina, con el ceño fruncido.

Pero cinco minutos después, las tres hermanas ya estaban bajando las escaleras del edificio de apartamentos, rumbo a los contenedores del estacionamiento.

—¿Oyen eso? Viene de allá, cerca del dumpster —dijo Sofía, bajando la voz.

Las tres se quedaron quietas. Un maullido lastimero salía del contenedor verde de basura.

—No puede ser que hayan metido un gato ahí dentro —dijo Valentina, insegura, acercándose.

Camila, sin pensarlo dos veces, empezó a sacar bolsas del contenedor con una determinación admirable. Las otras dos, haciendo muecas de asco, se unieron a la búsqueda. Como si supiera que la salvación estaba cerca, el animal soltó un maullido desesperado.

—Espero que no nos salte encima cuando lo saquemos. ¿Por qué no sale solo? ¿Estará atrapado? —resoplaba Valentina, medio metida dentro del contenedor.

Del otro lado, Camila y Sofía seguían revolviendo con toda su energía. Minutos después encontraron la respuesta: alguien había metido a un gato dentro de una bolsa de plástico bien cerrada y lo había tirado ahí como si fuera basura.

—Esta gente está loca. ¿A quién se le ocurre meter un gato vivo en una bolsa y botarlo? —se indignaba Valentina mientras desataba el nudo del plástico, de donde salió un gato naranja temblando de miedo.

—¡Qué lindo y qué cariñoso! ¿Cómo pudieron abandonarlo así, pobrecito? —dijo Sofía, acunándolo contra sus brazos.

El gato se trepó de inmediato a los brazos de la niña, apretándose contra ella, aún temblando.

—¿Qué rayos están haciendo aquí, muchachitas del demonio? ¡Regaron toda la basura por el pasillo! ¡Esto se lo voy a contar a sus papás, créanme! ¡Vean a qué hora andan de traviesas sin que los adultos estén en casa! —gritó la señora Dolores desde la entrada del edificio, con esa voz que se escuchaba hasta el tercer piso.

Discutir con la vecina era perder el tiempo. Y venía caminando rápido para su edad.

—¡Corran! —ordenó Valentina.

Las tres hermanas salieron disparadas hacia el elevador, mientras los gritos de la señora Dolores retumbaban en el pasillo.

—Uf, creo que la esquivamos —resopló Camila, cerrando de un golpe la puerta del apartamento.

—Ya verán que nos acusa. Se acuerdan cuando rompimos la ventana del lobby, que esa misma tarde le fue con el cuento a papá —recordó Valentina, resignada.

Mientras tanto, Rubén venía manejando de regreso del taller mecánico donde trabajaba, con buen ánimo. Se acercaba el fin de semana, se acercaba su cumpleaños, y a él le encantaba esa fecha desde niño.

En el semáforo de la esquina, antes de llegar a su calle, una mujer se asomó a la ventanilla de su camioneta.

—Una sorpresa inesperada te espera, mi amor. Vas a reír, vas a estar feliz —le dijo rápido, tocándole el brazo, y se fue caminando sin esperar respuesta.

«Qué cosa más rara, ya ni las que leen la suerte piden propina como antes», pensó Rubén, sonriendo para sí mismo, sin darle mayor importancia, y siguió manejando hacia su casa.

En el apartamento, la discusión seguía encendida.

—¿Y mamá qué le va a regalar a papá? ¿Averiguaron algo? —preguntó Valentina, pero las gemelas solo se encogieron de hombros.

—Le pregunté, pero dijo que es sorpresa. Que lo sabremos cuando llegue el momento —contó Camila.

Eso era extraño. Carmen siempre planeaba el regalo del cumpleaños de Rubén junto con las niñas.

—Yo la vi metiendo algo en un sobre de regalo. ¿Será el viaje a Miami del que hablaban hace meses? —dijo Sofía, pensativa.

—Puede ser. Pero nuestra sorpresa tampoco se queda corta. Papá no se la va a olvidar nunca —rió Valentina.

—Lo importante es que no lo descubra antes de tiempo —se llevó un dedo a los labios Camila.

Sonó el timbre y las tres corrieron a abrir. Eran sus padres.

—Qué raro que estén tan calladitas hoy. A ver, confiesen qué hicieron esta vez —dijo Carmen, mirando fijo a sus hijas.

Pero las tres juraron que todo estaba en orden.

—¡Hasta sacamos la basura! —reportó Valentina con orgullo.

—Qué bien. ¿Y por qué el baño está tan mojado? —preguntó la madre, acercándose al lavamanos.

Las niñas se miraron de reojo.

—Perdón, mami, estaba lavando una camiseta. La ensucié un poco —dijo Sofía, con la vista clavada en el piso.

—¡No hay día sin aventura en esta casa! —se rió Rubén, de muy buen humor.

Las niñas se fueron rápido a dormir, sin que nadie tuviera que insistirles dos veces.

—Mira que están cooperando hoy. Seguro me están preparando algo —sonrió Rubén, dándole un beso a su esposa.

—Más bien parece la calma antes de la tormenta —dijo Carmen, dudosa. Conocía demasiado bien a sus hijas.

Ya se habían ido a la cama cuando desde el cuarto de Valentina se escuchó un ruido raro.

—Me pareció oír un maullido —murmuró Rubén, medio dormido.

Cuando entraron al cuarto, Valentina estaba sentada junto a Camila.

—Tuve una pesadilla, pero ya está todo bien. ¿Puedo dormir con Vale? —dijo la niña, bajando la voz.

—Claro que sí, mi amor. ¿Seguro que no necesitan nada? —preguntó Carmen.

Las hermanas dijeron que sí con la cabeza, y el resto de la noche pasó sin sobresaltos.

A las puertas de su cumpleaños, Rubén durmió mal. Soñó con una gitana de pelo rojizo que lo miraba con ojos verdes brillantes y maullaba. Finalmente abrió los ojos y se quedó paralizado. Directamente sobre él había un bulto naranja que lo observaba fijamente.

—Miau —lo saludó la criatura.

—¡Aaaah! —el grito se le escapó a Rubén sin poder evitarlo.

Carmen se incorporó de un salto, intentando entender qué pasaba.

—¿Qué… qué es esto? —tartamudeó el cumpleañero, con los ojos clavados en el gato naranja que ya intentaba acomodarse entre sus pies.

Carmen parpadeaba sin entender nada.

—¡Papi! ¡Ya viste nuestra sorpresa! —entró Valentina a la habitación, haciendo un esfuerzo por sonar animada. Detrás venían las gemelas.

—¡Feliz cumpleaños, papito! Decidimos darte un regalo que nunca se te va a olvidar. Te presentamos a Churro. Es un gato tranquilo, bueno y bien educado. Ya lleva dos días viviendo con nosotras y ni cuenta se dieron. Los sillones están intactos y las paredes también —se atropellaban Camila y Sofía contándolo todo al mismo tiempo.

Carmen se rió al ver a Rubén boquiabierto, sin palabras.

—No te preocupes tanto, papá. Mami te va a dar ahora un sobre con un viaje, y van a descansar bien lejos de nosotras un fin de semana. Nosotras nos arreglamos solitas —soltó Valentina de golpe.

—¿Qué viaje? Esperen, niñas —Carmen miró a sus hijas con sorpresa.

—¿Pero no era eso lo que había en el sobre? Yo misma te vi guardándolo, mami —intervino Sofía en defensa de su hermana.

Carmen se rió, nerviosa.

—Parece que en esta casa no se puede guardar ningún secreto —dijo finalmente.

—Bueno, ¿y ahora qué hago yo con este animal? —preguntó Rubén, desconcertado, mirando al gato que ronroneaba tranquilo junto a sus pies.

Las niñas se miraron entre ellas.

—Mira, papá, esto pasó sin querer. Fuimos a sacar la basura y encontramos al gato metido en una bolsa, dentro del contenedor. Y después apareció la señora Dolores, la del tercer piso, gritando como loca. Tú ya sabes cómo es ella —empezó Valentina.

—Salimos corriendo a toda velocidad para la casa —agregó Camila, muy seria.

—Y así fue como terminó viviendo con nosotras. No íbamos a tirarlo de vuelta a la basura, ¿verdad? Lo bañamos y lo arreglamos bien. Es muy tranquilo y paciente —dijo Sofía, con los ojos llenos de lágrimas.

Rubén soltó un suspiro largo. En su memoria resonaron, sin saber por qué, las palabras de aquella mujer en el semáforo sobre la sorpresa inesperada.

—Vaya… el regalo sí que salió como ella prometió —murmuró, mirando a toda la banda reunida frente a él.

—Mi amor, puede ser que las niñas tengan razón. Da pena este gatito, con todo lo que debe haber pasado. Y se ve tan manso y cariñoso —intervino Carmen en defensa de sus hijas.

Rubén soltó otro suspiro, pensándolo.

—Hasta nos puede cazar ratones. ¡Seguro que sí! —soltó Camila su argumento definitivo.

—Pero nunca hemos tenido ratones en este apartamento —respondió Rubén, mirando a su alrededor, resignado.

—Nunca se sabe, yo escuché algo raro detrás de la pared el otro día —apoyó Sofía a su hermana.

—Está bien, bandidas. Vamos a ver cómo se portan de aquí en adelante. Y por supuesto, también vamos a ver cómo se porta Churro —se rió Rubén.

—¿Y por qué le pusieron Churro? —quiso saber Carmen.

—Deberías oírlo ronronear cuando le rascas la panza, suena igualito a cuando se fríe un churro —sonrieron las tres hermanas a la vez.

—Bueno, ¿y qué era entonces lo que había en ese sobre? —insistió Sofía.

Carmen se puso algo colorada. Luego fue hasta su clóset y sacó una cajita, de donde saltaba un sobre.

—No puede ser —dijo Rubén con la voz quebrada, revisando el contenido del sobre.

No pudo contener las lágrimas.

Era un resultado de laboratorio de una clínica de Paterson, con una ecografía adjunta: Carmen estaba embarazada, y esta vez, según el médico, todo indicaba que venía un varón.

Esa noche, acostadas en la oscuridad del cuarto, las gemelas seguían dándole vueltas al día.

—Claro que lo del hermanito es maravilloso. Pero yo creo que Churro también le dejó una marca a papá para siempre —dijo Sofía, casi sin voz.

—Churro es un traidor. Dos días durmiendo con nosotras, y hoy mismo se mudó con mamá y papá —se quejó Camila, haciendo pucheros.

—Ay, ya, no exageres. Al final es el gato de papá —se rió Sofía.

Rubén estaba acostado, feliz, escuchando el ronroneo de Churro acurrucado contra su costado.

—Qué sonido tan tranquilo. ¿Por qué no habíamos tenido un gato antes? No lo entiendo —dijo, bajito, abrazando a su esposa.

—Disfruta el silencio ahora, porque en unos meses se va a acabar la tranquilidad en esta casa —se rió Carmen.

—¿Sabes qué? Todavía no me lo creo, que al fin vamos a tener un hijo. Gracias, mi amor, este es el mejor regalo que me han dado en la vida —sonrió Rubén, cerrando los ojos, lleno de felicidad.

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